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“El arte como trinchera de resistencia y desobediencia”

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Vivimos en una época donde casi todo parece medirse por su utilidad económica, porque la política se concentra en administrar crisis, la economía dicta el ritmo de la vida cotidiana y el mercado pretende asignar un precio a cualquier expresión humana. En este contexto, al arte suele considerarsele actividad secundaria, bella pero prescindible. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario, cuando una sociedad se encuentra atravesada por la aceleración, la desigualdad y la deshumanización, la creación artística deja de ser un lujo para convertirse en una necesidad.

El arte constituye una forma de resistencia que protege la libertad interior y nos permite imaginar realidades distintas a las que el presente considera inevitables.

Comprender esta fuerza exige abandonar la idea de que la cultura es neutral, esto desde la tradición crítica de Karl Marx y desarrollada por pensadores como Louis Althusser, el arte forma parte de la superestructura de la sociedad: ese conjunto de instituciones, discursos y prácticas donde se producen y reproducen las formas de pensar, sentir y comprender el mundo. En ese espacio no solo se reflejan las diferencias de clase, sino también las relaciones de poder que sostienen las desigualdades de género, las jerarquías raciales y las herencias coloniales. Por ello, el mercado cultural intenta transformar las obras en mercancías, reduciendo su potencia crítica al valor que pueden alcanzar en una galería, una plataforma digital o una subasta.

Sin embargo, la historia demuestra que el arte nunca ha sido completamente domesticado, su capacidad transformadora reside precisamente en que abre un espacio donde es posible cuestionar aquello que parece natural e inmutable. Theodor Adorno, en su Teoría estética, sostenía que el arte no modifica directamente las estructuras materiales de la sociedad, pero sí cumple una función profundamente política; mantener viva la posibilidad de imaginar un mundo diferente. Cada obra auténtica rompe, aunque sea por un instante, con la lógica dominante y nos recuerda que la realidad siempre puede ser de otro modo. En ese sentido, el arte funciona como un laboratorio de imaginación social, donde nacen nuevas sensibilidades, formas de convivencia y maneras de comprender la libertad.

Dentro de este horizonte, la literatura ocupa un lugar privilegiado, esta dimensión espiritual desmiente la conocida tesis de Hegel sobre la “muerte del arte”, aunque el filósofo sostenía que el arte había dejado de ser la forma suprema mediante la cual el espíritu alcanzaba la verdad, la experiencia contemporánea demuestra que la creación artística continúa siendo un espacio privilegiado para expresar aquello que ninguna teoría ni ningún cálculo pueden agotar. La literatura sigue recordándonos que la verdad también se manifiesta en la sensibilidad, la memoria y la comunidad.

En particular, leer o escribir un poema constituye un acto de resistencia frente a una cultura que exige productividad constante, velocidad y consumo permanente. La poesía desacelera el tiempo, devuelve espesor al silencio y permite que la palabra recupere su capacidad de encuentro. Su fuerza política no depende de que hable explícitamente sobre revoluciones o injusticias, sino de que crea una experiencia distinta del mundo. Cada poema interrumpe el lenguaje instrumental y abre un espacio para la contemplación, la empatía y el reconocimiento del otro. Allí donde el mercado reduce a las personas a consumidores, la poesía las devuelve a su condición de seres capaces de sentir, imaginar y compartir una experiencia común.

Hoy, además, el arte enfrenta un nuevo escenario marcado por la inteligencia artificial, la biotecnología y la estética algorítmica. La autoría ya no pertenece exclusivamente al individuo, sino que comienza a compartirse con sistemas capaces de producir imágenes, textos y sonidos. Este desafío obliga a replantear qué entendemos por creatividad, humanidad y conocimiento. Lejos de significar el fin del arte, esta transformación abre nuevas preguntas éticas sobre nuestra relación con la tecnología, la naturaleza y los límites de lo humano.

Precisamente por ello, el arte adquiere una responsabilidad aún mayor. Debe convertirse en un espacio donde la innovación tecnológica dialogue con la dignidad humana y donde la imaginación contribuya a reconstruir los vínculos entre las personas, las comunidades y el mundo natural. Más que un objeto de consumo, el arte sigue siendo una trinchera del espíritu, donde un lugar desde el cual resistir la uniformidad, defender la pluralidad de las experiencias humanas e imaginar formas más libres, justas y solidarias de habitar el mundo.

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