La inteligencia emocional determina nuestro éxito en la vida
Daniel Goleman
.

Somos un pueblo que se mueve por emociones. Ciertamente, hay quien se hunde en las negativas, pero, en lo general, tenemos una especial vocación por la alegría y preferimos estar instalados en ella, tanto que nos desbordamos cuando tenemos la oportunidad de vibrarla.
En ese ánimo, nos da por cantar, bailar, pachanguear, noviar, departir con los cuates, y eso define una esencia muy nuestra.
Lo traigo a colación por la manera en que vivimos el Mundial de futbol, acariciando una ilusión, desbordando pasión por nuestro equipo y dejando de lado todas las angustias que nos bajonean.
La fuerza de la pasión colectiva
Durante 24 días, el evento capturó las narrativas, los tiempos y la forma de vibrar nuestra mexicanidad. Vivimos una magia contagiosa, difícil de explicar, pero capaz de soslayar nuestros pesares ante el hechizo del entusiasmo colectivo, sintiendo sin regateos una gran emoción.
En esos días, millones de corazones latieron al mismo ritmo; compartimos ilusiones, acariciamos la esperanza y nos asumimos como uno solo, orgullosos y empoderados. Nos reconocimos hermanos, nos abrazamos sin conocernos. El futbol fue catalizador de nuestras emociones, un crisol que nos fundió sin importar credos, filias o sesgos. Solo mexicanidad. Y vibrar eso tiene un valor imperecedero; nos deja muchas lecciones de resiliencia.
Felicito a todo aquel que decidió ser intensamente feliz, dándose la oportunidad de soñar, de desear, de cantar nuestro himno o el Cielito Lindo a pecho abierto, volando en alegría y superando por unos días las penurias. Fue una magnífica decisión porque, esencialmente, vivimos como sentimos, no como pensamos.
La magia irrepetible del futbol
¿Por qué no? La vida no solo consiste en sobrevivir entre hieles; a veces ofrece espléndidas oportunidades para ser felices. ¿Qué más da que sea mediante espejismos o a través del trabajo de deportistas con los que nos identificamos? ¿Por qué no?
El futbol tiene la magia de hechizar al mundo. Es el evento más visto del planeta; despierta emociones y alegrías que, desde el principio, sabemos evolucionarán en relativas frustraciones para todos los países, menos para el ganador. Pero esa es precisamente su magia: producir alegrías e historias intemporales de deportistas privilegiados por el desarrollo de habilidades que admiramos de manera imperecedera.
Esa alegría desbordada invisibilizó los enojos por los altos precios en los estadios, las transmisiones televisivas privadas, las malas prácticas de la vida en sociedad que padecemos y las tragedias causadas por festejos extremos.
Una identidad que se fortalece
Prevaleció la síntesis de nuestra forma de ser: desenfadada, resiliente frente a la adversidad y divertida. Disfrutamos ser un pueblo sencillo, noble, cábula, amigable, bonachón y hospitalario; una sociedad cercana que refrendó una tradición construida desde nuestro mestizaje.
El equipo que nos representó nos hizo soñar. Fue mejor que Inglaterra en muchos aspectos, excepto en el marcador final. Fue una ironía y una lástima a la vez, pero lo valioso es que durante 24 días nos avivaron sentimientos de empoderamiento, fe, confianza, unidad e identidad nacional. Y eso tiene un valor incuantificable.
A todos quienes participaron en ese esfuerzo, nuestra gratitud por la felicidad que nos hicieron sentir. México tenía mucho tiempo sin vibrar alegrías tan intensas e ilusiones tan unificadas como estas.
Más allá del resultado
Pasada la emoción de esta temporada futbolera, tendremos ocasión para reflexionar: ¿qué pasó con nuestra vida pública durante estos días de fiesta y euforia? También sobre las decisiones colectivas, como votar más por emociones que por razones. Pero eso será mañana; por ahora, se impone la empatía de ver feliz a casi todo nuestro pueblo, y eso contagia.
Despido estas líneas sintiendo intensamente la buena vibra de mexicanizar la convivencia, de haber compartido la alegría de mexicanos de todas las edades, enfiestados, eufóricos, ilusionados y envueltos en una misma identidad nacional.
Sinceramente, creo que fue muy padre mientras duró y que el equipo mexicano está entre los 12 mejores del mundo.
Por ahora, prefiero quedarme con lo bueno de esta espléndida experiencia, en lugar de concentrarme en la amargura de la descalificación. La felicidad compartida, la unidad nacional y la emoción colectiva son triunfos que también cuentan.