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El error de la vieja política: cuando se pierde la empatía

El error de la vieja política: cuando se pierde la empatía

Hay políticos que conocen perfectamente el camino hacia una elección, pero hace años olvidaron el camino hacia la gente.

Ese es, quizá, uno de los grandes fracasos de la vieja política: convertir a los ciudadanos en cifras, padrones, encuestas y votos potenciales. Durante las campañas aparecen los abrazos, las sonrisas, las camionetas, las fotografías y las promesas. Todo parece urgente. Todo parece importante.

Hasta que pasan las elecciones. Entonces, curiosamente, desaparecen las prisas, se apagan los teléfonos y las puertas vuelven a cerrarse. Las colonias dejan de visitarse, los municipios alejados quedan fuera del mapa y las comunidades que ayer eran prioridad vuelven a esperar.

La vieja política tiene una costumbre peligrosa: acordarse de la gente cuando necesita de ella. Y la ciudadanía ya se dio cuenta.

Durante años se confundió la cercanía electoral con la cercanía humana. Se recorría una colonia, se estrechaban algunas manos, se tomaban fotografías, se publicaban en redes sociales y parecía que el trabajo estaba hecho. Como si conocer una comunidad significara caminar unos minutos por sus calles.

Pero gobernar, legislar o representar no consiste en aparecer para la fotografía. Consiste en entender lo que existe detrás de ella.

Una madre que teme por sus hijos no necesita otro discurso sobre seguridad; necesita respuestas. El comerciante que apenas sobrevive no necesita que le hablen de crecimiento económico; necesita condiciones para trabajar. El productor del campo no necesita una promesa más durante una campaña; necesita agua, infraestructura, apoyos y certidumbre.

La política de escritorio conoce los números. La política de territorio conoce las historias. Y ahí está la diferencia.

El problema no es la falta de discursos. Discursos sobran. Lo que falta, muchas veces, es escuchar.

Tenemos políticos capaces de hablar durante una hora, pero incapaces de escuchar durante diez minutos. Saben responder entrevistas, pero no necesariamente responderle a la gente. Saben ganar elecciones, pero no siempre saben conservar la confianza de quienes los llevaron al poder.

La ciudadanía no está pidiendo políticos perfectos. Está pidiendo políticos que no sean indiferentes. Que escuchen. Que respondan. Que gestionen. Que cumplan. Y, sobre todo, que regresen cuando ya no necesitan el voto.

Porque cualquiera puede aparecer cuando hay urnas. La verdadera prueba de un político comienza cuando ya no hay elecciones.

El país, entrará en una nueva etapa política rumbo a 2027. Vendrán las alianzas, los nombres, las encuestas, las negociaciones y, como siempre, la disputa por las candidaturas.

Pero antes de preguntar quién será candidato, habría que preguntar algo más importante: ¿quién está construyendo confianza y quién solamente está construyendo candidatura?

Porque son cosas muy distintas. Una candidatura puede negociarse en una mesa. La confianza no. La confianza se construye caminando, escuchando, resolviendo y regresando. Se construye cuando el ciudadano sabe que puede levantar el teléfono y encontrar una respuesta, incluso cuando no hay campaña, cámaras ni reflectores. Y se destruye cuando la gente descubre que solamente fue importante durante unos meses.

La nueva política no puede ser la vieja política con nuevas redes sociales. No basta con modernizar la imagen, cambiar el discurso o llenar Facebook e Instagram de fotografías.

Una publicación no sustituye una presencia. Un discurso no sustituye una solución. Y una promesa no sustituye un resultado.

Porque detrás de cada encuesta hay una persona. Detrás de cada porcentaje hay una familia. Detrás de cada voto hay una historia. Y detrás de cada comunidad hay problemas que no desaparecen porque terminó una campaña.

Por eso, el verdadero reto rumbo a 2027 no será solamente descubrir quién tiene más posibilidades de ganar. Será identificar quién tiene la capacidad de escuchar antes de pedir que lo escuchen.

La vieja política preguntaba: “¿Cuántos votos tenemos?” La política que viene debería comenzar preguntando: “¿A cuántas personas estamos escuchando?” Porque hay algo que ningún estratega electoral puede maquillar para siempre: la memoria de la gente.

La ciudadanía recuerda quién llegó, quién se fue y quién nunca regresó. Recuerda quién prometió, quién cumplió, quién dio la cara y quién solamente apareció en la fotografía.

Por eso, cuidado con quienes ya están pensando en 2027 mientras la gente todavía espera respuestas de 2026.Las elecciones se ganan en las urnas, pero la confianza se pierde mucho antes. Y cuando la política pierde la empatía, pierde algo todavía más grave: pierde el sentido de representar.

Porque gobernar no es administrar votos. Representar no es coleccionar cargos. Y hacer política no es aparecer cada tres años para pedirle el voto a la gente. La política comienza mucho antes de una boleta y se demuestra mucho después de una elección.

El verdadero político no es el que sabe llegar cuando necesita el voto. Es el que sabe quedarse cuando la gente necesita respuestas. Porque al final, los ciudadanos podrán olvidar un discurso, una fotografía o una promesa. Lo que difícilmente olvidarán es quién estuvo cuando más lo necesitaban.

Y esa será, quizá, la diferencia entre la vieja política que pide votos y la nueva política que merece la confianza de la gente.

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