Columnistas Jalisco

Ecos del Agua, Los navegantes podían calcularla midiendo la altura de determinados astros sobre el horizonte

Cartografiar el vacío

Cartografiar el vacío

Durante siglos, navegar hacia el horizonte significaba adentrarse en un espacio sin caminos. El océano no tenía fronteras visibles ni puntos de referencia permanentes y, una vez que la costa desaparecía, los navegantes quedaban rodeados por una superficie aparentemente infinita. Saber dónde estaban podía significar la diferencia entre llegar a destino o perderse durante semanas. Sin embargo, mucho antes de los satélites y los sistemas de posicionamiento, el cielo ya ofrecía una forma de orientarse.

La clave estaba en la latitud, la distancia angular al norte o al sur del ecuador. Los navegantes podían calcularla midiendo la altura de determinados astros sobre el horizonte. En el hemisferio norte, la Estrella Polar era especialmente útil: debido a su cercanía al eje de rotación terrestre, su altura sobre el horizonte se aproxima a la latitud del observador. Cuanto más al norte navegaba un barco, más alta parecía la estrella.

Instrumentos como el astrolabio y, posteriormente, el sextante permitieron convertir estas observaciones en medidas precisas. El sextante utiliza espejos para superponer la imagen de un astro con el horizonte y determinar el ángulo entre ambos. Así, el cielo dejó de ser únicamente una referencia para navegar y se convirtió en una especie de sistema de coordenadas.

Pero encontrar la latitud era solo la mitad del problema. La longitud, que indica la posición hacia el este o el oeste, resultaba mucho más difícil de determinar. Para calcularla era necesario comparar la hora local con una hora de referencia. Como la Tierra gira 360 grados en 24 horas, cada hora de diferencia equivale aproximadamente a 15 grados de longitud.

El problema era conservar esa hora de referencia durante una travesía. Los relojes de la época podían desviarse por los cambios de temperatura, el movimiento del barco y otros factores. Incluso un pequeño error podía convertirse en una gran distancia. El desarrollo de cronómetros marinos cada vez más precisos, especialmente los de John Harrison en el siglo XVIII, permitió resolver este obstáculo. El tiempo podía convertirse en una coordenada.

Pero saber dónde estaba el barco no significaba conocer qué había debajo de él.

Durante mucho tiempo, los mapas oceánicos mostraban principalmente las costas y algunas rutas conocidas. El fondo marino permanecía oculto. Para medir su profundidad se utilizaban métodos como la sonda de plomada, que consistía en hacer descender un peso hasta tocar el fondo y medir la longitud de la cuerda. Era un procedimiento lento y poco práctico para las enormes extensiones del océano.

El sonido transformó esta relación con las profundidades. Los sistemas de sonar envían ondas acústicas hacia el fondo y miden cuánto tardan en regresar después de reflejarse. Como se conoce la velocidad aproximada del sonido en el agua, ese tiempo permite calcular la profundidad. Más tarde, el sonar multihaz permitió realizar muchas mediciones simultáneamente y reconstruir grandes áreas del relieve submarino.

Así comenzaron a aparecer en los mapas montañas, cañones, volcanes y dorsales que habían permanecido invisibles durante siglos.

La tecnología llegó incluso más lejos. Los satélites pueden estudiar el océano sin observar directamente su fondo. Las grandes estructuras submarinas producen pequeñas variaciones en el campo gravitatorio y, con ellas, diminutas alteraciones en la altura de la superficie marina. Los satélites pueden detectar estas diferencias y utilizarlas para obtener información sobre el relieve que se encuentra debajo.

Hoy, el GPS permite determinar una posición mediante señales enviadas desde satélites, mientras que la cartografía moderna combina sonar, satélites, vehículos autónomos y enormes cantidades de datos para reconstruir el paisaje oculto bajo el agua.

Sin embargo, el mapa todavía está incompleto. Gran parte del fondo oceánico continúa sin ser cartografiada con el mismo detalle que las superficies terrestres. Bajo kilómetros de agua existen montañas, volcanes, cañones y llanuras que aún no conocemos con precisión.

Durante siglos, aprendimos a mirar las estrellas para descubrir dónde estábamos. Después aprendimos a medir el tiempo, a escuchar el fondo del océano y, finalmente, a observar el mar desde el espacio. Cada avance convirtió una parte de lo desconocido en coordenadas, líneas y profundidad.

Pero cartografiar el océano nunca ha sido solamente dibujar un mapa. Ha sido aprender a leer un mundo que no puede verse a simple vista. Y mientras sigamos descubriendo nuevas formas bajo la superficie, el lugar donde termina el mapa seguirá siendo también el comienzo de lo desconocido.

Tendencias