
Muchos tenemos en la familia a una abuela que creció entre nueve o diez hermanos, en casas donde la mesa nunca alcanzaba y los primos se contaban por docenas. Durante buena parte del siglo pasado eso era lo normal. El gran temor del mundo era la sobrepoblación: ciudades desbordadas, escuelas saturadas y recursos que no iban a alcanzar para tanta gente.
Hoy la preocupación dio un giro de 180°, casi sin que lo notáramos.
Recientemente el INEGI dio a conocer los resultados de la Encuesta Intercensal 2025, y el dato es contundente. En 2024 la tasa global de fecundidad en México fue de 1.2 hijos por mujer, cuando en 2019 era de 1.9. Jalisco está justo en el promedio nacional y la Ciudad de México ya anda en 0.8. Para que una generación alcance a reemplazar a la anterior se necesitan alrededor de 2.1.
Estamos lejos de esa cifra, y llegamos aquí mucho más rápido de lo que esperaban los propios demógrafos.
Tener o no tener hijos es de las decisiones más personales que existen. Pero cuando millones de personas toman las mismas decisiones, las consecuencias dejan de ser “privadas”.
Y entonces me pregunto: ¿qué pasa cuando un país deja de tener hijos?
Lo primero es entender que los niños de hoy son los trabajadores de mañana. Serán quienes abran negocios, ejerzan profesiones, paguen impuestos y coticen al Seguro Social. Y lo harán en un país con cada vez más adultos mayores que necesitarán pensiones, atención médica y cuidados durante más años.
Según las proyecciones del CONAPO, la población mexicana dejará de crecer alrededor de 2052, cuando ronde los 147 millones de habitantes. A partir de entonces comenzará a disminuir. Con una fecundidad que cae más rápido de lo proyectado, esa fecha bien podría adelantarse.
Entonces, ¿quién va a sostener al México de 2050?
Pero antes de preocuparnos por quién va a pagar las pensiones dentro de 30 años, creo que deberíamos hacernos otra pregunta: ¿cómo esperamos que las nuevas generaciones tengan hijos cuando muchas apenas pueden mantenerse a sí mismas?
Hoy comprar una casa se ha convertido en una aspiración cada vez más lejana. Los terrenos cuestan cantidades que para muchos jóvenes resultan inalcanzables, las rentas absorben buena parte de los ingresos y basta ir al súper para darse cuenta de lo mucho que cuesta llenar un refrigerador. A eso hay que sumarle las jornadas laborales, la falta de guarderías y el costo que todavía representa la maternidad para el desarrollo profesional de muchas mujeres.
Y a todo esto habría que sumarle algo de lo que casi no hablamos cuando discutimos por qué las nuevas generaciones están teniendo menos hijos: la inseguridad.
Me pregunto cuántas personas, si hoy les preguntáramos si quieren traer un hijo al mundo para que crezca en México, responderían que prefieren no hacerlo. No tengo una encuesta que lo demuestre, pero tampoco me sorprendería que fueran muchas.
Porque formar una familia no solamente implica preguntarse si vamos a tener dinero para mantenerla, sino también en qué condiciones van a crecer nuestros hijos. En un país donde salir a la calle, regresar a casa o simplemente vivir con tranquilidad se ha convertido en una preocupación cotidiana para tantas familias, es difícil pensar que ese temor no influya también en las decisiones sobre el futuro.
Y luego nos sorprende que cada vez más parejas prefieran tener un perro antes que un hijo.
No lo digo como una crítica. Al contrario. Me parece una consecuencia bastante comprensible de la realidad que estamos viviendo. Un perro también implica gastos y responsabilidades, por supuesto, pero criar a un hijo representa un compromiso económico, emocional y de tiempo de una dimensión completamente distinta.
Hay quienes simplemente no desean tener hijos, y están en todo su derecho. Pero también hay personas que sí quisieran formar una familia y terminan posponiendo esa decisión año tras año porque nunca llega el momento en que sienten tener las condiciones necesarias.
Y eso debería preocuparnos tanto como las cifras de natalidad.
El artículo 4° constitucional reconoce el derecho de toda persona a decidir de manera libre, responsable e informada sobre el número y espaciamiento de sus hijos. Pero no es solo la decisión al aire, es preguntarnos qué tan libre puede ser esa decisión cuando las condiciones económicas terminan tomándola por nosotros.
Porque una cosa es elegir no tener hijos y otra muy distinta es renunciar a tenerlos porque simplemente no alcanza.
Mientras tanto, las consecuencias del envejecimiento poblacional comenzarán a sentirse en distintos ámbitos. Podríamos tener escuelas con menos alumnos, hospitales con una demanda creciente de atención geriátrica y familias donde una sola hija o hijo tenga que hacerse cargo del cuidado de sus padres.
También está el problema de las pensiones. México ya enfrenta enormes retos para garantizar ingresos dignos durante la vejez. Los sistemas de retiro, los programas sociales y los servicios de salud necesitarán recursos suficientes para atender a una población cada vez más envejecida. Y aunque la productividad, la formalidad laboral y los salarios también influyen, resulta difícil ignorar lo que ocurrirá si disminuye la proporción de personas en edad de trabajar.
El tema de los cuidados tampoco puede quedarse fuera. Hoy gran parte de esa responsabilidad sigue recayendo en las familias y, particularmente, en las mujeres. Seguimos sin contar con un Sistema Nacional de Cuidados que responda integralmente a una realidad que, lejos de desaparecer, será cada vez más común.
No estoy diciendo que la disminución de la natalidad deba entenderse como una tragedia. Que las mujeres puedan estudiar, trabajar y decidir libremente sobre su maternidad es un avance que no deberíamos cuestionar nunca, al contrario. Pero tampoco considero que la solución sea convencer a las personas de tener hijos que probablemente no desean.
Lo que sí me parece contradictorio es que nos preocupe tanto que estén naciendo menos niños, mientras seguimos sin resolver muchas de las condiciones que hacen cada vez más difícil criarlos.
No podemos exigirle a una generación que garantice el futuro demográfico de un país cuando ese mismo país no siempre le ofrece las condiciones para construir su propio futuro.
Desde Derecho en Perspectiva sostengo que tener hijos debe seguir siendo una decisión libre, nunca una obligación social ni una respuesta a las necesidades económicas del Estado. Pero si realmente nos preocupa que México esté dejando de tenerlos, quizá deberíamos empezar por cuestionarnos qué estamos haciendo para que quienes sí desean formar una familia puedan hacerlo.
Porque antes de preguntarnos por qué las nuevas generaciones ya no tienen hijos, deberíamos reflexionar qué clase de país les estamos dejando para criarlos.