Cronomicón

Cuento de la Sogem

Campanero

Más allá de la medianoche, la madre superiora camina con rapidez y determinación; el eco de sus pasos resuena contra las paredes de madera negra del pasillo principal del convento mientras avanza hacia la puerta principal. Hace frío, las monjas apenas asoman la cabeza por las puertas de sus celdas envueltas en cobijas y curiosidad.

Ella viste su hábito negro bajo el abrigo del mismo color. Quien quiera que llamando a la puerta rompe la santa paz del convento a esta hora, debe esperar a que ella se vista apropiadamente. Su investidura como máxima autoridad del convento y que es reconocida en el pueblo le obliga a mantener el decoro y, por lo tanto, exigir respeto al recinto.

El agente de la Guardia Civil golpea con insistencia la puerta al tiempo que jala una y otra vez el cordel, haciendo repicar la campana. La abadesa, en su acostumbrado tono de mando, ordena a sus hermanas que regresen a sus celdas, les recuerda que el chismorreo no es propio de personas de Dios.

Abre la mirilla con cautela y pregunta:

—¿Quién interrumpe la serenidad de este lugar?

—Madre Covadonga, me apena interrumpir su sueño y el de las hermanas, pero es necesario que me acompañe. El campanero ha asesinado al obispo y exige hablar con usted. La turba pide ejecución inmediata en el garrote vil, el juez busca aclarar los hechos.

Sor Covadonga avisa a la madre auxiliar, sale del convento y camina junto al agente por las calles apenas iluminadas del pueblo. Su turbación es máxima, aprieta con fuerza el Rosario que lleva en la mano derecha, la angustia le cierra la garganta, pero lo disimula caminando con pasos firmes y decididos.

Cuento de la Sogem

Al llegar a la casa consistorial, sede del ayuntamiento y de la Guardia Civil, el oficial que la acompaña le guía hacia el sótano. El olor a humedad y a falta de higiene le llena la nariz al iniciar el descenso. Baja los escalones con cuidado de no resbalar en la piedra irregular. Al fondo de la escalera, al llegar a las celdas, levanta la vista y al tiempo ahoga un grito: el campanero yace en el suelo, golpeado y ensangrentado; los otros presos con los que comparte calabozo, le han propinado una golpiza por su delito. El prisionero levanta la cabeza, dirige la vista hacia la recién llegada y con voz débil, clara, le dice:

—Madre, tenía que hacerlo, no hubiera podido vivir así un día más. Pida por la salvación de mi alma.

—Perdón, hijo mío, perdón. Responde ella, mientras lo ve morir.

Poco después, la madre superiora se acerca a catedral en donde, frente al altar, yace en velatorio el cuerpo sin vida del obispo entre cuatro cirios que iluminan la penumbra y en donde ella puede descargar su alma del odio hacia él, sin decir una palabra que pudiera alterar a las mujeres piadosas que rezan rosarios y letanías sin descanso.

Una hora más tarde, ya casi al alba, la Madre Superiora camina sola de regreso al convento, con el alma rota por la muerte de su propio hijo, ese retoño, producto de las agresiones impuras que el obispo le infligió en su juventud, cuando ella era apenas una novicia y que la madre superiora en turno prefirió ocultar tras las rejas de la clausura monacal y el voto de silencio. Ese hijo suyo, que le fue arrebatado al nacer y a quien el mismo obispo mantuvo encerrado y vigilado durante más de treinta años.

Ahora ella deberá cargar su pena en silencio para siempre, con la certera angustia de que ya nadie más conoce su secreto.

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