Mi celular engordó, estaba inflado. Su pantalla se botó como si hubiera dado el botonazo. Así nomás, de un día para otro. Quizá fue un proceso del que no me percaté, la verdad no lo sé. Yo intuí lo que le ocurrió: se le acabó el tiempo de vida a la pila. Se murió y era un cadáver hinchado a punto de reventar. Le urgía una necropsia.
Mi celular es viejo, lo compré hace cinco o seis años. Había adquirido otro más nuevo y este sólo lo usaba como grabadora para las entrevistas y ruedas de prensa a las que voy. Muy útil para mí, por eso la importancia de traerlo del Mictlán de los aparatos tecnológicos. No me quedaba de otra, tenía que ir a una plaza de tecnología para buscar un Caronte que me hiciera el paro de traerlo a la vida.
Me hice el ánimo para emprender la travesía al Centro Histórico de Guadalajara, iba en búsqueda de alguien que fuera lo suficientemente hábil para revivir el celular, pero no sólo eso, iba con varias esperanzas en el trayecto: que no me saliera muy caro, que fuera lo más rápido posible su reparación y que encontrara a alguien que me inspirara confianza, porque uno escucha muchas historias en mal sentido de lo que ocurre en las plazas de la tecnología.
Caminé por López Cotilla. Cuando se cruza la calle Donato Guerra se nota de inmediato que se entra a territorio dominado por la tecnología, pero en un sentido más de importación china. Empiezan los locales que exhiben en su entrada gadgets baratos y de moda, chucherías como bocinas con luces LED, sets de luces para selfies, cables para cargar la pila del celular, los cuadritos para los cables, adaptadores de algo, audífonos, fundas para celular y muchas cosas más, todo custodiado por empleados que repiten una interminable cantaleta: “pásele, ¿qué anda buscando?”.
Mientras más se acerca uno al epicentro de las plazas de la tecnología más ruido hay. Las voces se van encimando, una sobre otra: “pásele, ¿qué anda buscando?”, las dicen jóvenes que no rebasan los 25 años, todos con la misma pinta: pantalones de mezclilla más ceñidos que corsé victoriano, piercings, tatuados y con cachuchas.
Todos están a pie de calle, aunque no el local para el que trabajan, ese es su valor, deben encontrar clientes y convencerlos de que ellos tienen lo que están buscando para dirigirlos al interior de la plaza.
Su anzuelo es la frase que repiten mecánicamente cada que pasa alguien, como si se activara por sensor. La dicen con una mirada ajena del momento, sin mirar a los ojos sino al horizonte, inerte, pero todo cambia si en algún instante te detienes o bajas la velocidad de tus pasos; se activa el modo alerta: sube el volumen de su verborrea y te agregan un adjetivo: ¿qué anda buscando, jefe, güero, joven, amigo, primo? Así, me abordaron tres de ellos.
– Reparación de celular – les dije.
– ¿Qué le pasó? ¿Qué modelo? ¿Qué tiene? – dijeron al mismo tiempo, no supe quién dijo qué.
– Está inflado – respondí y lo saqué de mi bolsa para que vieran el cadáver.
A uno de ellos de plano no le importó mi problema y se fue de inmediato detrás de otra persona que iba pasando – Pásele, ¿qué anda buscando? –. Mientras los otros dos se quedaron para ganar mi atención y mi dinero.
– Es la pila, jefe. Acá se la cambiamos bara – me dijo uno y le comencé a preguntar sobre el costo y tiempo de reparación; el otro muchacho al ver que me dirigí a su compañero entendió que perdió la batalla y se retiró con dignidad a seguir buscando clientes.
Me llevó por los pasillos de la plaza de la tecnología. Son estrechos como los propios locales, que habitan en ella. Uno tras de otro y otro y otro, exhibiendo en aparadores con luz muy brillante la mercancía premium para celulares, principalmente, pero también para computadoras. Hay mucho brillo, colores vibrantes, luz, mucha luz, celulares nuevos o al menos así parecen, cámaras fotográficas, de video, para computadora, laptops, muchos gadgets nuevos. El barroco y rococó de la fayuca y la tecnología.
En el camino había más buscadores de clientes – Pásele, ¿qué anda buscando? – e incluso había mujeres haciendo la chamba. Una de ellas hasta se atrevió a romper mi espacio personal y me tocó el hombro con tal de ganar mi atención – Ahorita no, gracias – le dije.
Subimos al segundo piso y la cosa fue totalmente distinta. Había menos luz, pero eso sí, se mantenía la estrechez de pasillos y locales, algunos incluso estaban cerrados. Los que estaban abiertos también exhibían mercancía, pero a diferencia de los de abajo, eran computadoras y celulares destripados, cables colgados y en el ambiente había un aroma a cautín. El primer piso es la forma y en el segundo es el fondo.
– Güey, un cambio de pila – le dijo el muchacho que me abordó en la calle al técnico en reparación de celulares, mi Caronte.
– Ahorita te atiende – se dirigió a mí y regresó su mirada inerte. Me dejó en el local para volver a la calle para continuar con su rutina merolica.
Con un vistazo rápido al local y al técnico que me iba atender tuve para confiar en su chamba. El puesto no se veía como yonque de celulares, ni él como alguien que fuera a robar las contraseñas que guardo en mi teléfono o robarle sus piezas originales para reemplazarlas por otras baratas.
– La pila te sale en 330 pesos y en 10 minutos te lo tengo – me dijo.
– ¿330? – le pregunté con sorpresa porque creía que saldría más caro y para asegurarme de que había escuchado bien.
– Te lo dejo en 320 y tienes garantía por dos meses – me respondió como si mi pregunta la hubiese hecho para regatear – ¡Uta! Qué ofertón – pensé, pero lo cierto es que sí me ganó su propuesta.
Ante semejante descuento acepté, no podía negarme. Su trabajo lo hizo en el tiempo prometido y me regresó el celular con la misma forma que tenía de fábrica. Le agradecí y tomé camino a la salida de la plaza, pero sucumbí a sus encantos, sobre todo porque salió más barata la reparación de lo que había pensado. Caminé por los pasillos y compré tres fundas para mis celulares, innecesarias, pero bonitas y baratas.
Salí contento de la plaza de la tecnología, sobre todo porque recuperé una herramienta de trabajo, gracias al Caronte que habita entre cautín y tripas de computadora.