
En uno de los costados del Palacio de Bellas Artes, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, el sonido del organillo forma parte del ambiente cotidiano para turistas, trabajadores y visitantes. Detrás de esa música tradicional se encuentra Francisco Arellano, un organillero que desde hace casi dos décadas se dedica a este oficio que, aunque emblemático, también implica largas jornadas de trabajo y diversos sacrificios.
Francisco Arellano explicó que lleva aproximadamente 17 o 18 años trabajando como organillero. Su llegada a este oficio ocurrió gracias a un amigo de la escuela que lo invitó a conocer cómo funcionaba este trabajo. Con el tiempo aprendió a manejar el instrumento y a adaptarse a la dinámica de trabajar en la vía pública.
Colocado a un costado de Bellas Artes, Francisco pasa varias horas al día tocando su organillo para quienes caminan por el Centro Histórico. Para muchos turistas, la música del organillo representa una de las tradiciones más reconocibles de la capital mexicana, pero para quienes la ejercen también representa una actividad demandante.
El propio Francisco señala que la gente suele pensar que el trabajo es sencillo, pero en realidad implica esfuerzo físico, largas horas de pie y el peso del instrumento, que debe trasladar todos los días.
En promedio, explicó que puede llegar a obtener entre 400 y 500 pesos diarios, dependiendo de la cantidad de personas que pasen por la zona y del turismo que haya en el momento. Sin embargo, no todo ese dinero es ganancia directa, ya que una parte debe destinarse a gastos relacionados con el instrumento.
Además de lo que obtiene en la calle, Francisco tiene que cubrir pagos destinados al mantenimiento del organillo y al lugar donde se guarda el instrumento, lo que reduce aún más el ingreso que recibe por esta actividad.
Debido a estas condiciones, el organillero cuenta también con un segundo empleo para complementar sus ingresos. Actualmente trabaja en la Distribuidora de Dulces Gómez, ubicada en Eje Central Lázaro Cárdenas 1179, colonia Nueva Industrial Vallejo, en la alcaldía Gustavo A. Madero.
En ese lugar gana aproximadamente 2,500 pesos a la semana, ingreso que utiliza para cubrir gastos personales y apoyar su economía diaria. Aun así, el trabajo como organillero continúa siendo parte importante de su vida.
Francisco comentó que existe una unión de organilleros que ayuda a gestionar algunos permisos y trámites para poder trabajar en diferentes zonas de la ciudad o participar en eventos especiales. Aunque no se trata de un sindicato formal, sí funciona como una organización que coordina a quienes se dedican a este oficio.
Sobre el futuro de esta actividad, Francisco considera que el organillo forma parte de las tradiciones que identifican a la Ciudad de México. Incluso mencionó que existen gestiones para que este oficio tenga mayor reconocimiento cultural y patrimonial.
También cree que eventos internacionales, como el Mundial de Futbol de 2026, podrían generar más visitantes en la ciudad, lo que posiblemente aumentaría la presencia de turistas en lugares como el Centro Histórico.
“Depende mucho del turismo y de la zona”, señaló al explicar que los ingresos pueden variar considerablemente de un día a otro.
Su jornada comienza generalmente entre las 10 y las 11 de la mañana, horario en el que llega al Centro para instalarse y comenzar a tocar su organillo. Dependiendo del día, puede permanecer varias horas en el lugar esperando la cooperación voluntaria de quienes disfrutan de la música.
Aunque no tiene hijos, Francisco explicó que comparte su vida con un perro y un gato, a quienes considera parte de su familia.
Mientras el sonido del organillo sigue resonando en los alrededores de Bellas Artes, la historia de Francisco Arellano refleja la realidad de muchos trabajadores de oficios tradicionales en la capital: personas que mantienen viva una tradición cultural, al mismo tiempo que enfrentan jornadas largas y la necesidad de tener más de un empleo para salir adelante.