Metrópoli

Un estudio sobre los hogares capitalinos reveló que las desigualdades van más allá del ingreso económico; como lo puede ser la salud mental, la seguridad alimentaria, el acceso a tecnología, las condiciones laborales y la falta de tiempo libre también influyen en la calidad de vida y profundizan las brechas entre distintos sectores de la población

Bienestar en la Ciudad de México: cuando las desigualdades se acumulan

bienestar en la Ciudad de México
Bienestar y desigualdad en Ciudad de México

En la Ciudad de México conviven dos realidades que rara vez se piensan juntas. Por un lado, es una ciudad con una amplia oferta de hospitales, escuelas, transporte, infraestructura y actividades culturales; por otro, miles de hogares enfrentan dificultades que les impiden alcanzar un mayor bienestar. Tener acceso a lo que ofrece una gran ciudad, por sí solo, no garantiza tener bienestar.

Una investigación reciente, “The architecture of social well-being: The interactions between objective and subjective indicators”, publicada en la revista Wellbeing, Space and Society, ayuda a entender esta aparente contradicción. El estudio analizó hogares de las 16 alcaldías de la Ciudad de México y los agrupó en cuatro niveles de bienestar: bajo, medio, alto y muy alto.

Aunque la mayoría de los hogares se encuentra en los niveles alto y muy alto, las diferencias entre los grupos muestran algo importante: el bienestar no depende únicamente de cuánto dinero se tiene o de contar con determinados servicios. También intervienen la salud mental, la satisfacción con la vida, la seguridad, las condiciones del entorno, el tiempo libre y las oportunidades de participar en actividades culturales.

Durante décadas, buena parte de las políticas públicas han puesto especial atención en el ingreso y en la cobertura de necesidades básicas. Ambos siguen siendo fundamentales, pero los resultados muestran que no son suficientes para explicar cómo viven las personas. El bienestar se construye a partir de la combinación de las condiciones materiales, emocionales y comunitarias.

Las desigualdades se acumulan

El empleo, las condiciones de la vivienda y la educación se encuentran entre los aspectos que más contribuyen al bienestar. Sin embargo, las oportunidades para acceder a ellos no se distribuyen de la misma manera entre todos los hogares.

Las diferencias son especialmente claras cuando se observan los extremos. Los hogares con menor bienestar enfrentan mayores dificultades económicas y un acceso más limitado a servicios básicos y seguridad social. La brecha es particularmente fuerte en la alimentación, mientras que en los hogares con mayor bienestar la seguridad alimentaria está ampliamente presente, entre los de menor bienestar las dificultades para disponer de alimentos suficientes adquieren mucha mayor relevancia.

Esto permite observar un fenómeno más amplio: las carencias rara vez aparecen solas. Un hogar con dificultades económicas también puede enfrentar problemas de alimentación, menor acceso a servicios, condiciones laborales desfavorables o dificultades relacionadas con la salud.

La salud mental también forma parte de la desigualdad

Uno de los hallazgos relevantes es que la salud mental no debe entenderse únicamente como un asunto individual. Los problemas de depresión y ansiedad se presentan con mayor fuerza entre los hogares con menores niveles de bienestar. Esto resulta importante porque obliga a mirar la salud mental desde una perspectiva más amplia. Las preocupaciones económicas, la inseguridad alimentaria, las condiciones de la vivienda y otras dificultades de la vida cotidiana pueden coexisten con los problemas de salud mental y afectan en mayor medida a los hogares de más bajo bienestar. Por ello, atender la depresión y la ansiedad requiere considerar también las condiciones sociales en las que viven las personas.

Algo parecido ocurre con la tecnología. Tener internet y dispositivos para conectarse se ha convertido en una herramienta cotidiana para estudiar, trabajar, realizar trámites o comunicarse. Sin embargo, los hogares con menor bienestar tienen menos acceso a estos recursos, lo que puede ampliar las desigualdades existentes.

El tiempo libre, un bien escaso

Uno de los datos que más llama la atención es el relacionado con el tiempo libre. Solo 2.28% de los hogares alcanza la condición considerada adecuada en este indicador. Dicho de otra manera, para una enorme mayoría de los hogares el tiempo disponible para descansar, convivir o realizar actividades personales es muy limitado.

Detrás de esta falta de tiempo se encuentran las largas jornadas laborales, los traslados y el trabajo no remunerado, como limpiar, cocinar o cuidar a niñas y niños, personas adultas mayores o familiares que necesitan atención, sobre todo para las mujeres quienes han sido históricamente quienes lo han realizado.

Esta situación se relaciona también con otra desigualdad menos visible: el acceso a la vida cultural. Menos de la mitad de los hogares participa en actividades culturales. Aunque la Ciudad de México cuenta con una amplia oferta de museos, exposiciones, conciertos y otras actividades (muchas de ellas gratuitas), disponer de una oferta cultural no significa necesariamente poder aprovecharla. La falta de tiempo, el trabajo no remunerado, los costos de traslado, entre otros, pueden convertirse en barreras importantes.

Vivir con una sensación de inseguridad

La seguridad muestra con claridad por qué el bienestar de una ciudad no puede medirse solamente a partir de sus recursos materiales. Cerca de seis de cada diez hogares presentan una percepción desfavorable de la seguridad en su entorno.

Además, el estudio distingue entre haber sido víctima de un delito y la percepción de inseguridad. No son exactamente lo mismo. Una persona puede no haber sufrido directamente un delito y, aun así, sentir miedo al caminar por su colonia o utilizar determinados espacios públicos.

Esto importa porque la percepción de inseguridad también modifica la manera en que se vive la ciudad: puede limitar el uso de parques y calles, reducir la convivencia y afectar la relación de las personas con su comunidad.

Repensar el bienestar como política pública

El bienestar social depende de muchas cosas que están conectadas entre sí. Los hogares con menor bienestar no enfrentan una sola desventaja. En ellos pueden acumularse dificultades relacionadas con el empleo, alimentación, salud mental, acceso a servicios y tecnología, tiempo libre, cultura y seguridad. Una carencia puede reforzar a otra y hacer más difícil mejorar las condiciones de vida.

Entender el bienestar de esta manera también cambia la forma de pensar las políticas públicas. Generar empleos con prestaciones y garantizar servicios básicos continúa siendo indispensable, pero no es suficiente. También se requiere atender la salud mental, mejorar las condiciones de los entornos urbanos, facilitar el acceso a actividades culturales y recreativas y fortalecer las relaciones y la confianza dentro de las comunidades.

Una ciudad puede ofrecer hospitales, escuelas, transporte, parques y actividades culturales. El verdadero reto es conseguir que esas oportunidades se traduzcan en una vida mejor para todos sus habitantes.

Análisis de especialistas de la Universidad Iberoamericana son presentados a nuestros lectores cada 15 días en un espacio que coordina el Departamento de Economía de la Universidad Iberoamericanas, Ciudad de México.

Comentarios: pablo.cotler@ibero.mx

El autor es profesor del Departamento de Ciencias Sociales y Políticas e investigador del Instituto de Investigaciones para el Desarrollo con Equidad de la Universidad Iberoamericana.

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