
La patada que dio Donald Trump el 3 de enero al tablero mundial (justo en la casilla que le corresponde a Venezuela) hizo saltar por los aires todas las piezas y aún es prematuro saber cómo quedará el nuevo orden que surja de la entrada en vigor de la Doctrina Donroe.
Sabemos, porque el presidente republicano no se cansa de repetirlo, que el secuestro de Nicolás Maduro y la expropiación del petróleo venezolano forma parte de su estrategia para que Estados Unidos sea más temido que nunca y nadie se atreva a desafiar su condición de superpotencia hegemónica. Para ello, está dispuesto a usará todo su poderío económico (a través de aranceles) y militar, por encima de cualquier ley o tratado internacional, para arrebatar riquezas y territorios a otros países, o someterlos a su voluntad.
Pero no todos sus compatriotas están convencidos de que pueda lograr su objetivo por la fuerza bruta; al contrario, muchos auguran que la historia demuestra lo contrario, empezando por quien acuñó la expresión “Trampa de Tucídides”: el politólogo Graham T. Allison.
En un artículo periodístico para el Financial Times, publicado en 2012, Allison acuñó el concepto “Trampa de Tucídides” para describir la decisión de una potencia dominante de recurrir a la guerra cuando se siente amenazada por una potencia emergente, y cómo esta decisión puede ser su perdición.
Para ello, Allison se basó en la obra de la Grecia clásica “Historia de la Guerra del Peloponeso”, en la que su autor, Tucídides, postuló que “fue el ascenso de Atenas y el temor que esto infundió en Esparta lo que hizo que esta creyera inevitable la guerra”. Esta trampa en la que cayeron los espartanos, hace más de 2,400 años, los llevó finalmente a su derrota en el campo de batalla y a la pérdida de su hegemonía.
Allison ahondó en este concepto en su libro Destined for War: Can America and China Escape Thucydides’s Trap?, que sostiene que “(la potencia ascendente) China y (la potencia dominante) Estados Unidos están en curso de colisión para la guerra”, tras implantarse en gran parte de la sociedad estadounidense el temor (fundado o no) de que el país había caída en una espiral de decadencia, empujado por adversarios que le habían perdido el respeto.
No es casualidad que el politólogo escribiera su libro en mayo de 2017, cuatro meses después de la llegada de Trump a la Casa Blanca, gracias a su lema “Hagamos grande a Estados Unidos otra vez”.
¿Trump cayó en la trampa, caerá China?
La evidencia de que Trump es consciente de que Estados Unidos empezó su declive y de que China es la potencia emergente que desafía la hegemonía del imperio americano es que, nada más llegar al poder, cayó en la “trampa de Tucídides”, declarando la guerra comercial a China.
Con lo que no contaba el republicano era con el contraataque de Xi Jinping, mediante aranceles recíprocos y boicot a la venta de tierras raras a EU. Esta derrota llevó al estadounidense a buscar la vía militar, no directamente, sino a través del “secuestro” de su mayor aliado político en América Latina, Nicolás Maduro, y la “expropiación” del petróleo venezolano, del que China es el principal comprador.
La intervención armada de Estados Unidos en Venezuela, con la que inauguró el año 2026 y resucitó en pleno siglo XXI la Doctrina Donroe, es la manera más brutal de Washington para advertir a Pekín que América Latina le “pertenece” a Estados Unidos y que deje de merodear en su “patio trasero”.
A priori, la dura advertencia a Pekín parece haber surtido efecto, como quedó patente en la tibia reacción del presidente Xi Jinping.
En su primera declaración pública tras la ofensiva estadounidense contra su mayor aliado en América Latina, el líder chino ni siquiera incluyó una mención directa al agresor o una condena explícita: “Las grandes potencias deben respetar el camino de desarrollo elegido por otros países; el unilateralismo hegemónico socava severamente el orden internacional”.
Pero la estrategia podría muy bien ser otra: no caer en la trampa de Tucídides.
Objetivo: Taiwán
China bien podría haber mostrado moderación ante Estados Unidos por varios factores, todos ellos de enorme calado.
El primero, porque deja en evidencia que el “malo malísimo” de esta película es Estados Unidos (la potencia dominante: Esparta), que se comporta como un gánster en la escena internacional, con el prestigio y su imagen por los suelos; mientras que, por otro lado, China (la potencia emergente: Atenas) refuerza su papel de líder de la diplomacia global y un socio comercial del que todos se pueden fiar.
El segundo factor, porque la no intervención de China en el patio trasero de Estados Unidos le sirve de salvoconducto para exigir lo mismo a Estados Unidos, cuando llegue el día en que Xi cumpla su vieja amenaza de “no renunciar a recuperar Taiwán aunque sea mediante el uso de las armas”.
El tercero, porque una eventual invasión de Taiwán (y la no intervención de Estados Unidos, de igual manera que China no intervino en Venezuela, o EU no está interviniendo en Ucrania tras la invasión rusa), supondría que el reacomodo de las fichas en el nuevo orden confirmaría un mundo tripolar, con todo el continente americano (¿incluida Groenlandia?) y Oriente Medio bajo la órbita de Washington; Asia para los chinos; y Europa del Este y las exrepúblicas soviéticas para la Rusia del nuevo zar Putin.
En medio de los tres bloques quedaría, como una especie de no alineados, Europa occidental, resignada a plegarse ante Washington o a buscar un mínimo de independencia militar construyendo a marchas forzadas una nueva OTAN, ya sin el paraguas de EU.
Y finalmente completaría esta ecuación un cuarto y último factor que surge como la gran pregunta del futuro: ¿Sería posible que se mantuviera este nuevo orden tripolar por mucho tiempo, con o sin nueva guerra fría, o acabaría surgiendo una potencia hegemónica ganadora?
Es la tecnología, estúpido
La respuesta está en el aire, pero todos los datos indican que el ganador sería China, por sus propios méritos y por la estrategia elegida por Trump, que está llamada a ser uno de los mayores errores de la historia contemporánea: su apuesta trágica por la economía fósil, cuando el mundo exige ponerse del lado de la historia en el combate al cambio climático.
Los ejemplos abundan, pero me centro en el más reciente: mientras Trump y sus halcones planeaban el secuestro de Maduro y el robo de su petróleo, para mantener en funcionamiento su industria obsoleta, China anunciaba al mundo su último hito tecnológico: logró por primera vez que un vehículo alcanzara 700 km/h en apenas dos segundos, en pruebas de levitación magnética.
Cualquiera que haya viajado o visto en las redes las obras faraónicas de ingeniería o la impresionante red de trenes de alta velocidad en China, por no hablar de su supremacía en computación cuántica y generación de energía renovable, podría llegar a la conclusión de que el país que va a volver a ser grande de nuevo no es Estados Unidos, es China.