
Hay al menos tres elementos fundamentales que comparten los que líderes de los cuatros cárteles de la droga más poderosos que ha habido: Pablo Escobar (Medellín), los hermanos Miguel y Gilberto Rodríguez Orejuela (Cali), Joaquín El Chapo Guzmán (Sinaloa) y Nemesio Oseguera El Mencho (Cártel Jalisco Nueva Generación). Todos ellos fueron en su momento los criminales del narcotráfico más buscados del mundo y todos ellos cayeron gracias a la colaboración que recibieron los gobiernos colombiano y mexicano de Estados Unidos, pero también todos crearon un imperio criminal gracias a las armas de guerra que ordenaron comprar sin problemas en las armerías estadounidenses.
Si se mantuviera en México el mismo patrón ocurrido en Colombia en los años 90 —desaparición de los cárteles de Medellín y Cali—, estaríamos ante un proceso de desintegración inevitable y la caída final de los cárteles de Sinaloa y CJNG, los más poderosos del país.
De hecho, la historia de los cárteles colombianos y mexicanos está estrechamente ligada desde los años 70, pero hubo un elemento diferenciador que acabó con la hegemonía de Colombia y cedió a México el cetro mundial del tráfico de drogas desde hace tres décadas.
Auge y caída de los cárteles de Guadalajara y Medellín
El cártel de Guadalajara, la primera gran organización del narcotráfico moderno en el mundo, fue fundado a finales de los años 70 por Miguel Ángel Félix Gallardo (El Padrino), Rafael Caro Quintero y Ernesto Fonseca Carrillo (Don Neto), quienes organizaron el primer grupo criminal mexicano dedicado a la logística y distribución de marihuana y amapola al creciente mercado de Estados Unidos.
Casi en paralelo surgió el cártel de Medellín y la primera alianza internacional con el cártel de Guadalajara para el tráfico de marihuana hacia EU.
Fue el líder del grupo criminal colombiano, Pablo Escobar, el primero que vio el enorme potencial que tenía el tráfico de cocaína, mucho más adictiva y relativamente fácil de cultivar y elaborar en laboratorios clandestinos.
Para cuando el cártel de Guadalajara se subió al tráfico de la cocaína, el de Medellín ya tenía la hegemonía, por lo que, en vez de enfrentarse a los sudamericanos, los mexicanos prefirieron unirse y compartir el lucrativo negocio ilícito para introducir toneladas de cocaína en las grandes ciudades de Estados Unidos, en colaboración con las mafias locales.
En los 90, Escobar ya era el criminal más buscado y uno de los hombres más ricos del mundo, dinero que le sirvió para convertirse, primero, en una especie de Robin Hood tropical, que construía escuelas y hospitales en barrios populares; llegando a ser elegido congresista; y luego degeneró en un terrorista indiscriminado, quien no dudó en poner bombas en un avión (vuelo 203 de Avianca, con 107 muertos), en edificios públicos (un coche bomba destruyó la sede del Departamento Administrativo de Seguridad en Bogotá, dejando más de 60 muertos) o en plena calle, hasta sumar más de 600 atentados entre 1984 y 1993, con más de 400 muertos.
Esta sanguinaria huida hacia adelante de Escobar, que incluyó el secuestro y asesinato de la hija del expresidente Julio César Turbay o el magnicidio del candidato presidencial Luis Carlos Galán, respondía a una obsesión que literalmente lo aterrorizaba: ser extraditado a Estados Unidos.
El terror surtió efecto. El presidente César Gaviria le prometió no extraditarlo a cambio de que se entregara y pasara su condena en una cárcel para él solo, con cancha de fútbol, discoteca y recibidor de visitas. En 1992, tras descubrirse que Escobar continuaba ordenando asesinatos y manejando su negocio desde su celda dorada, Gaviria ordenó trasladarlo a una cárcel común. Escobar escapó antes de ser movido, lo que dio inicio a la cacería que culminó con su muerte en diciembre de 1993.
Pero su muerte, acorralado en un techo, no habría ocurrido sin un cambio de paradigma en la guerra del Estado colombiano contra el narcotráfico: a Gaviria dejó de temblarle el pulso (como a sus antecesores) y autorizó la intervención de Estados Unidos en la guerra del Estado colombiano contra el terror del narcotráfico.
Agentes de la DEA y otras agencias estadounidenses entrenaron a agentes de la Policía colombiana en técnicas de seguimiento y operaciones urbanas, en un nuevo cuerpo antinarco llamado Bloque de Búsqueda. Además, proporcionaron a sus pares colombianos equipos avanzados de rastreo e interceptación de llamadas, lo que permitió localizar a Escobar en Medellín, el 2 de diciembre de 1993.
La caída del cártel de Medellín ocurrió cuatro años después de la del cártel de Guadalajara (1989) con el arresto de sus sus líderes, tras la tortura y muerte del agente de la DEA Kiki Camarena. Pero, a diferencia de la disuelta organización criminal mexicana, que se fragmentó en los cárteles de Sinaloa, Juárez y Tijuana, Escobar fue tan dominante y su poder tan absoluto que no dejó heredero y el poderoso cártel de Medellín se desintegró. El control de la droga en Colombia lo ocupó una organización rival, pero menor: el cártel de Cali.
Auge y caída de los cárteles de Cali y Sinaloa
Los hermanos Miguel y Gilberto Rodríguez Orejuela aprendieron la lección tras la muerte violenta de Escobar y aprendieron que no tenían fuerzas para combatir al mismo tiempo al Estado colombiano y a la DEA.
La estrategia para engrandecer su negocio fue, por un lado, recurrir a la vieja fórmula del soborno y corrupción de autoridades, e internacionalizar el negocio, profundizando sus redes con los tres nuevos cárteles surgidos de la caída del cártel de Guadalajara, pero dando prioridad al que demostró más habilidad para introducir cocaína en EU: el cártel de Sinaloa.
El acuerdo consistía en que Cali enviaba la cocaína hasta Centroamérica o México, y Sinaloa se encargaba de cruzarla por la frontera y distribuirla en EU. De esta manera, conscientes o no, los hermanos Rodríguez Orejuela cedieron el control del narcotráfico a México, que se convirtió en el puente natural entre el mercado emisor y el consumidor.
Tras el abrupto fin del cártel de Cali en 1995, cuando fueron capturados Miguel (extraditado a EU en 2005, donde cumple una condena de 30 años de cárcel) y Gilberto (extraditado en 2004 a EU, donde murió en la cárcel), los cuatro líderes del cártel de Sinaloa, Joaquín El Chapo Guzmán, Héctor El Güero Palma, Ismael El Mayo Zambada y Juan José El Azul Esparragoza, se convirtieron a finales de los 90 en los narcos más poderosos y buscados por la DEA.
Al igual que ocurrió con el cártel de Medellín, el vacío de poder que dejó la organización criminal de Cali fue ocupado por otros narcos que operaban desde el Valle del Cauca, el cártel del Norte del Valle, pero para entonces la hegemonía global la ostentaba el cártel de Sinaloa en México, sin rival en la primera década y media del siglo XXI y precursor de la introducción masiva de una nueva droga, mucho más adictiva, letal y lucrativa que la cocaína y la heroína: el fentanilo.
De todos los cárteles mexicanos, el de Sinaloa fue el que mejor resistió la guerra contra el narco que declaró Felipe Calderón, en 2006. Pero, el 9 de enero de 2017, un día antes de que Donald Trump asumiera la presidencia de EU, El Chapo fue extraditado por el gobierno de Enrique Peña Nieto.
La suerte del capo más poderoso del mundo, protagonista además de entradas en la cárcel mexicanas y espectaculares escapadas, selló el declive inexorable del cártel de Sinaloa, envuelto en una guerra entre las dos principales facciones: los chapitos y los mayitos.
Auge y ¿caída? del CJNG
El declive imparable del cártel de Sinaloa abrió la puerta a un nuevo modelo de grupo criminal: el Cártel Jalisco Nueva Generación, escisión de un casi desaparecido cártel del Milenio y cuyo ascenso fue meteórico en la última década por dos factores: el poder concentrado casi de manera absoluta en una sola persona, Nemesio Oseguera Cervantes, El Mencho, y la transformación del cártel bajo su mando en un verdadero ejército paramilitar, más que en un simple negocio clandestino.
Gracias a sus poderosas armas de guerra —compradas y traficadas sin problemas en Estados Unidos, pese a los intentos del gobierno mexicano de declarar ilegal este negocio de las armerías fronterizas— y gracias a la política de “abrazos y no balazos” del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, el CJNG floreció e impuso su terror y su desafío al Estado.
Sin embargo, el regreso al poder de Trump y su amenaza de intervenir militarmente en México, tras declarar organizaciones terroristas a los cárteles y denunciar que el país está controlado por el crimen organizado y no por el gobierno de Claudia Sheinbaum, la presión y la línea más dura en Seguridad de Omar García Harfuch acabó con el espectacular golpe que acabó con la vida de El Mencho.
El golpe recuerda al de la caída de Escobar y deja abierta una conclusión —se acabaron los “abrazos”— y dos incógnitas: ¿Estamos ante el comienzo de una nueva guerra del Estado mexicano contra el crimen organizado? y ¿Contentará esta nueva estrategia el ánimo intervencionista de Trump?