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La nueva líder espiritual fue nombrada en una ceremonia que destacó por su diversidad religiosa y por el peso creciente de las mujeres dentro de la comunión

Sarah Mullally, primera mujer al frente de la Iglesia anglicana

Iglesia Anglicana La comunidad coronó a Sarah Mullally como su nueva líder espiritual, en una ceremonia que destacó por su diversidad religiosa y por el peso creciente de las mujeres dentro de la comunión.

La coronación de Sarah Mullally en la catedral de Canterbury en Inglaterra, marcó un momento inédito para la Iglesia anglicana, pues por primera vez una mujer asumió el liderazgo de una comunidad con más de 95 millones de creyentes en 165 países.

El acto transformó por completo el ambiente del pueblo medieval de Canterbury, aunque no atrajo una gran atención mediática pese a la presencia de los príncipes de Gales.

A sus 63 años, Mullally recibió el báculo de mando en una ceremonia cargada de tradición, cantos africanos en swahili y bemba, plegarias en urdu y la lectura del evangelio en español a cargo de una obispa mexicana.

La nueva primada se mostró emocionada en varios momentos, mientras quedaba en evidencia el creciente protagonismo de las dignatarias anglicanas desde que la ordenación femenina fue aprobada hace apenas doce años.

Iglesia anglicana vive momentos de tensión

Fundada en 1534 como ruptura de Roma, la iglesia anglicana hoy tiene a la mayoría de sus fieles en África y Asia, mientras que en Reino Unido solo un millón de personas son practicantes regulares.

En ese contexto creció un bloque conservador, especialmente en África, rechaza la ordenación de mujeres y el matrimonio igualitario.

Este grupo, encabezado por el arzobispo ruandés Laurent Mbanda, se autoproclamó en octubre como “Comunión Anglicana Global”, asegurando ser el único representante legítimo de la fe.

La ceremonia culminó entre aplausos, especialmente de mujeres que celebraron el momento histórico. Mullally, quien desarrolló gran parte de su vida profesional como enfermera antes de su ordenación, dijo verse como un instrumento guiado por la voluntad de Dios, comparando su labor con la disposición de la Virgen María en el pasaje del evangelio de San Lucas.

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