
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, atrasó su viaje a China porque quería llegar presumiendo de su rápida victoria sobre el régimen iraní y de que había logrado “para el mundo” eliminar para siempre la amenaza nuclear de Irán. Fracasó.
El magnate republicano se encuentra ya en Pekín para su esperadísimo encuentro con el líder Xi Jinping con la guerra de Irán sin terminar, pese a haber vaciado una parte considerable de sus arsenales de misiles, y con el mundo preguntándose con enojo cómo pudo caer Trump en la trampa que le puso el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, quien lo convenció de que Teherán estaba “a días” de atacar las bases militares de EU en Oriente Medio, y también estaba a punto de lograr el arma atómica.
La consecuencia de otro más de sus errores estratégicos es que los precios del petróleo están por las nubes, al igual que el precio del combustible en Estados Unidos, con el consiguiente malestar de los estadounidenses que cada día agarran el coche, vuelan a otras ciudades o esperan que los productos que compran en los supermercados no suban de precio.
Trump llega a Pekín empequeñecido, humillado por no haber podido reabrir el estrecho de Ormuz, pese a sus amenazas apocalípticas de que iba a “acabar con la civilización persa”, y poco menos que con el rabo entre las patas, tras admitir con la boca chica que necesita de las tierras raras que posee China y contrariado con el fallo de los jueces del Supremo (tres de los cuales elegidos personalmente por él), que lo obligan a devolver miles de millones de dólares en aranceles cobrados ilegalmente.
El fantasma de la inflación vuelve a revolotear sobre Estados Unidos y alcanzó el 3.8% en abril, lo que hará muy difícil que su nuevo hombre en la Reserva Federal, Kevin Warsh, pueda darle el gusto de bajar las tasas de interés, como ansía para relanzar la economía.
Con las encuestas de popularidad en mínimos y anunciando un severo castigo contra los republicanos en las elecciones de medio término en noviembre, Trump necesita desesperadamente revertir la situación y para ello espera que Xi se apiade de él y convenza a sus aliados iraníes de que presenten un plan de paz mínimamente aceptable para Washington, de modo que puedan ambos acordar el levantamiento rápido del bloqueo militar en Ormuz y el precio del petróleo se desplome con la misma velocidad con la que se disparó.
Con la sartén por el mango
El as con el que cuenta Trump es que, si hay un país al que le interesa que se reabra el estrecho de Ormuz, es China. El 55% de todo el petróleo que consume el gigante asiático procede de los seis países productores del golfo Pérsico: Arabia Saudí, Kuwait, Irak, Emiratos Árabes Unidos, Qatar y, por supuesto, Irán.
Sin embargo, China está resistiendo mejor de lo que parece al cierre de Ormuz, ya que, a diferencia de Estados Unidos, Pekín no se ha peleado con el mundo ni impone aranceles arbitrariamente. Básicamente, China le compra petróleo a Brasil (gracias a que son socios del grupo BRICS), a Kazajistán (mediante un oleoducto) y, sobre todo, a Rusia, país con el que mantiene una alianza estratégica.
Además, la segunda potencia económica del mundo ya ha comprobado que no es tan fiero el bisonte americano como lo pintan. Trump llega rodeado de algunos de sus hijos y de magnates tecnológicos, incluyendo a Elon Musk (Tesla/SpaceX), Tim Cook (Apple), Jensen Huang (Nvidia) y Larry Fink (BlackRock), con el objetivo de impresionar a sus anfitriones.
Sin embargo, en estos tres días de visita de alto nivel de EU a China —la primera en casi una década; fue el propio Trump el último presidente en visitar la capital china en 2017— puede que los que se lleven una sorpresa sean Trump y su comitiva, cuando vean el impresionante avance tecnológico chino en computación cuántica, trenes magnéticos e inteligencia artificial.
Asimismo, China se ha tenido que poner las pilas en la creación de semiconductores, tras los diferentes vetos de Washington a compartir alta tecnología. Incluso en este campo, EU ha tenido que ceder, ya que las mayores reservas de materiales raros necesarios para esta tecnología puntera las tiene China.
La eterna cuestión de Taiwán
Con todas las cartas sobre la mesa, la gran pregunta es qué pedirá un empoderado Xi a un encogido Trump para que Pekín se ofrezca a ayudarle a tranquilizar el avispero del golfo Pérsico, luego de la patada que le dieron Trump y Netanyahu el 28 de febrero.
Todos los caminos y todas las respuestas llevan a un mismo punto: Taiwán.
Trump sabe que Xi no descansará nunca hasta que haya conseguido cumplir la ambición que le daría al presidente chino gloria eterna: la recuperación de la isla, de su provincia rebelde. Lo ha dicho varias veces y con más fuerza: “Recuperaremos Taiwán, aunque sea recurriendo a las armas”.
Aunque a Trump no le preocupa precisamente la democracia y no tendría inconveniente en entregar la isla a la China comunista, sabe que pasaría a la historia por lo contrario que Xi, como el presidente traidor estadounidense que cedió a las presiones de los “enemigos” de Extremo Oriente. Sabe también que el voto de la comunidad china (y asiática) es cada vez más importante y sabe, por último, que cuenta con un fuerte rechazo entre los congresistas republicanos.
Pese a todo, Xi podría sacarle a Trump un acuerdo para no responder militarmente ante una futura anexión, si el líder chino se compromete a su vez a no persuadir a los taiwaneses sin recurrir a la fuerza bruta.