
El destino quiso que el décimo aniversario del referéndum del Brexit coincidiera con la renuncia del primer ministro británico, el laborista Keir Starmer, quien se convirtió de esta manera en el séptimo mandatario fagocitado por el agujero negro que supuso la decisión de los británicos de divorciarse de la Unión Europea; una medida que, lejos de hacer al país más próspero, lo ha empobrecido y ha restado ocho puntos al PIB.
Al mismo tiempo que un Starmer casi al borde de las lágrimas anunciaba su dimisión como primer ministro (tan solo dos años después de ganar de forma aplastante tras los caóticos gobiernos conservadores de la era Brexit), el exalcalde de Mánchester, Andy Burnham, viajaba en tren a Londres para tomar posesión de su escaño en la Cámara de los Comunes del Parlamento de Westminster.
De hecho, todo indica que Starmer estaba esperando que Burnham jurase como diputado —condición indispensable para ser primer ministro— para dimitir, luego de perder la confianza de los jerarcas del histórico partido, nerviosos ante el avance imparable de la extrema derecha de la mano del populista xenófobo Nigel Farage.
Burnham se convirtió en diputado tras ganar el pasado 18 de junio el escaño por la circunscripción de Makerfield, en el área del Gran Mánchester, después de que un colega lo dejara vacante justamente para que él pudiera optar a este y, en caso de ganarlo, desafiar el liderazgo laborista; que es exactamente lo que anunció que hará tras la renuncia cantada de Starmer.
Su llegada al número 10 de Downing Street, residencia de los primeros ministros británicos, es un camino sin obstáculos, ya que no aparecen rivales en el horizonte que puedan competir con él en popularidad. Por lo tanto, solo necesita seguir el trámite y que al menos 81 diputados del partido lo ratifiquen como nuevo premier británico en otoño, probablemente en septiembre..
¿Qué tiene Burnham que no tuvo Starmer?
Básicamente carisma, presencia y un discurso convincente y claro. En un sistema tan parlamentario como el británico, la sociedad busca como punto de referencia una figura que sobresalga, como el legendario Winston Churchill, cuya llegada al poder en sustitución del pusilánime Neville Chamberlain fue clave para salvar a la isla y a Europa del nazismo.
Otra cosa es que acaben muriendo de éxito, como les ocurrió a Margaret Thatcher, Tony Blair o Boris Johnson. Ese podría ser el destino de los dos hombres que emergen como favoritos para liderar el país y cuyas carreras despegaron gracias a su carisma: el laborista Andy Burnham y el ultranacionalista Nigel Farage. Mientras tanto, por primera vez en la historia de la democracia británica, un líder tory estará fuera de la competición tras el desplome de la que fuera la formación que más veces ha gobernado: el Partido Conservador.
De haberse aferrado Starmer al poder o de no haber emergido la figura de Burnham (el político más popular del país, según las últimas encuestas, el Reino Unido estaría en peligro real de sucumbir a la ola populista y xenófoba de Farage, uno de los casos más paradójicos de éxito en la política británica reciente, ya que fue responsable del Brexit, del que ahora se arrepienten muchos británicos, y al mismo tiempo está en condiciones de ganar las elecciones.
¿Qué hizo tan mal Starmer?
Su pecado original fue creer que su gran victoria en las elecciones de 2024 se debió a sus méritos propios, cuando la realidad es que fue un voto de castigo por el fiasco de los gobiernos conservadores, como el de Liz Truss, que pasará a la historia como el más corto: 45 días (tras empezar con mal pie su mandato, el diario Daily Star llegó a poner una transmisión en vivo para ver qué duraba más, si ella o una lechuga del mercado en el refrigerador; ganó la lechuga).
Confiado en su popularidad, Starmer traicionó al votante de izquierdas con medidas propias de los conservadores, como eliminar los subsidios de combustible para el invierno a millones de pensionistas o recortar las ayudas por discapacidad; medidas que generaron una enorme indignación y fueron vistas como crueles e innecesarias.
Luego llegaron los escándalos de corrupción similares a los que los laboristas denunciaban de los conservadores, como aceptar costosos regalos de donantes ricos, o la dura represión contra los manifestantes propalestinos, a los que se llegó a acusar de “terroristas”. Pero la gota que colmó el vaso fue la decisión de Starmer de nombrar como embajador en Washington al “zorro laborista” Peter Mandelson, haciendo caso omiso a sus asesores, quienes le advirtieron de sus lazos con el depredador sexual Jeffrey Epstein.
A medida que la economía británica se estancaba y los servicios públicos no mostraban mejoras tangibles, el partido de Farage, Reform UK, comenzó a dispararse en las encuestas, llegando a superar al laborismo en intención de voto. Ante el temor real de perder sus escaños en las próximas elecciones generales, los propios parlamentarios laboristas empezaron a exigir la destitución de Starmer, provocando una oleada de dimisiones en su gabinete que volvieron insostenible su continuidad.
Reform UK no paraba de ganar elecciones locales con su promesa de “sacar a patadas” a los inmigrantes y gracias al apoyo impagable de Elon Musk para difundir sus bulos en X, Burnham quiso ponerse a prueba. Se presentó al escaño en la Cámara de los Comunes que quedó vacante en el distrito de Makerfield, ubicado en lo que los ingleses denominan “The North”, la región urbana más poblada de Inglaterra, que incluye ciudades como Mánchester, Liverpool, Leeds y Sheffield.
El 18 de junio de 2026, todos los ojos estaban puestos en esa localidad, conscientes de que se definía en gran parte el futuro del país. Burnham arrasó y confirmó su condición de único político capaz de frenar en seco el avance ultra. A partir de entonces, solo faltaba que el premier Starmer pusiera fecha a su renuncia.
Pero, ¿qué hizo Burnham para convertirse en el hombre del momento?
Paso al “rey del Norte”
Antes de su regreso este jueves al Parlamento de Westminster —donde ya fue ministro de Sanidad bajo el gobierno de Gordon Brown—, Burnham fue el primer alcalde electo del Gran Mánchester, un cargo en el que se mantuvo durante nueve años gracias a que ganó tres veces consecutivas con altísimos niveles de aprobación popular.
De su gestión de la segunda área metropolitana del país (tres millones de habitantes en una decena de ciudades en torno a Mánchester) destacan la implementación de un transporte público integrado y bajo control local que revolucionó la movilidad en el norte de Inglaterra, así como su lucha encarnizada para exigir ayudas económicas que compensaran el confinamiento por la COVID-19, lo que disparó su popularidad.
Pero el apodo de “King of the North” se lo ganó el futuro premier británico por lo que ya se conoce como “manchesterización”: su filosofía política que busca que las grandes ciudades y regiones tengan más autonomía de la “burbuja londinense”, especialmente en temas muy sensibles para el electorado como la vivienda y el transporte. Además, defiende la intervención estatal en empresas de servicios públicos en crisis que necesitan reformas profundas, como el sistema de salud pública (NHS).
Esto es, en resumen, lo que propone Burnham: implementar a nivel nacional su exitosa fórmula de Mánchester y tener argumentos sólidos para derrotar en las urnas al populismo y a la demagogia xenófoba de Farage.