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Los latinoamericanos se declaran más felices de lo que sus cifras permitirían pronosticar, tomando en cuenta su ingreso, su esperanza de vida y sus niveles de corrupción, debido a que se valora reír, disfrutar y expresar la alegría más que rumiar lo negativo, entre otros factores, pero nada justifica la pobreza ni libera a los gobiernos de su deber

El enigma de la sonrisa latinoamericana: por qué el crecimiento económico no dicta nuestra felicidad

. (Crisanta Espinosa Aguilar)

Imagine dos escenarios. En el primero, es un vecindario parecido al de San Pedro Garza García en Nuevo Leon, las casas son bonitas, las calles seguras y los sueldos generosos. En el segundo, el poblado de Tlacolula de Matamoros (ciudad Yagul), Oaxaca el dinero escasea, los servicios fallan y el futuro económico es incierto, es una ciudad “dormitorio”. Ahora pregunte a sus habitantes qué tan satisfechos están con la vida. La respuesta lógica parecería obvia pero la realidad la contradice.

Año tras año, los habitantes del segundo vecindario, que se parece mucho a buena parte de América Latina, reportan niveles de felicidad iguales o superiores a los del primero, que recuerda a la próspera Europa Occidental. Los científicos sociales bautizaron este fenómeno con un nombre que reconoce su rareza: la paradoja latinoamericana de la felicidad.

El dinero no es la vida es tan solo vanidad

Durante casi todo el siglo XX, economistas y políticos compartieron una certeza: más producción material significaba más bienestar. El Producto Interno Bruto (PIB), ese número que mide cuánta riqueza genera un país, funcionaba como termómetro de la felicidad colectiva. Más PIB, gente más feliz. Punto.

Sin embargo, en 1974, el economista Richard Easterlin rompió esa ecuación. Revisó décadas de datos y encontró algo desconcertante. Dentro de un mismo país, los ricos suelen declararse más felices que los pobres, eso es cierto. Pero cuando una nación entera se enriquece con los años, la felicidad promedio de su gente no sube al mismo ritmo. A veces no sube en absoluto. Multiplicar la riqueza de un país no multiplica la satisfacción de quienes lo habitan.

¿Por qué? La psicología y la sociología ofrecen dos respuestas. La primera es la adaptación: nos acostumbramos rápido a lo que ganamos. Compramos el coche soñado y, en cuestión de meses, ya queremos otro mejor. Las aspiraciones crecen tan rápido como los ingresos, y la satisfacción se queda atrás. La segunda es la comparación. Nuestro cerebro no mide cuánto tenemos, sino cuánto tenemos frente a los demás. Si todos en la oficina reciben el mismo aumento, nadie se siente más rico. La escalera completa subió, pero cada uno se ubica en el mismo escalón.

El PIB, además, es un indicador ciego. Suma transacciones, pero ignora la calidad del tiempo libre, la salud mental, el aire que respiramos y el valor de una sobremesa con la familia.

Costa Rica le gana a Suiza

Aquí entra América Latina. Los Informes Mundiales de la Felicidad de 2025 y 2026 confirman lo que los modelos económicos no logran explicar: los latinoamericanos se declaran más felices de lo que sus cifras permitirían pronosticar. Tomando en cuenta su ingreso, su esperanza de vida y sus niveles de corrupción, la región reporta alrededor de medio punto más de felicidad del esperado en una escala del cero al diez.

Mientras tanto, Europa Occidental va en sentido contrario. Con sueldos altos y estados de bienestar envidiables, pero ha visto caer la satisfacción de sus ciudadanos en la última década, sobre todo entre los jóvenes. En 2026, Costa Rica trepó al cuarto lugar mundial, la posición más alta que ha alcanzado un país de la región, por encima de varias potencias económicas. México también suele aparecer en los primeros puestos.

Para la economía ortodoxa, esto es una anomalía sin explicación. Para la ciencia del bienestar subjetivo, es una confirmación: la vida no se mide solo en cuentas bancarias.

La verdadera riqueza tiene nombre y apellido

¿Qué tiene la región que a Europa le falta? La respuesta de los investigadores es directa: vínculos. Para el latinoamericano, la familia, los amigos cercanos y la comunidad no son adornos de la vida. Son el centro, si no pregúntenles a los coreanos que nos visitan en el mundial. Funcionan como un colchón que amortigua los golpes de la economía y la fragilidad de las instituciones.

Un dato lo resume con elegancia. El Informe Mundial de la Felicidad 2025 reveló que América Latina liderea el planeta en una costumbre simple: comer acompañado. El latinoamericano promedio comparte unas nueve comidas a la semana con otras personas. La ciencia hoy reconoce esos encuentros como un pilar de la salud emocional. En muchos países ricos, el individualismo vació esas mesas y disparó una epidemia de soledad en hogares de una sola persona, adultos mayores sin hijos.

Eso explica una figura que la estadística clásica no contempla: el pobre satisfecho, como el de Ciudad Yagul, Oaxaca. Personas cuyos ingresos están por debajo de la línea de pobreza, pero que reportan una vida satisfactoria porque no sufren la peor de las pobrezas, la de no tener a nadie, viven en una comunidad y tienen sus casas del Infonavit. En comparación con el no pobre e insatisfecho, como el de Garza García que viven con la angustia de pagar sus deudas y la necesidad constante de mostrar un mayor nivel de consumo.

Sonreír como costumbre

. (Rodolfo Angulo)

A la red familiar se suman rasgos culturales que inclinan la balanza. Los psicólogos hablan de una emocionalidad asimétrica: en la cultura latinoamericana se valora reír, disfrutar y expresar la alegría más que rumiar lo negativo. Encuestas en México muestran, además, niveles altísimos de orgullo personal, autoestima y optimismo, una armadura frente a las crisis.

Hay otro mecanismo, más incómodo de admitir. En sociedades marcadas por la desigualdad, mucha gente se compara hacia abajo, con quienes están peor, y ajusta sus expectativas a lo posible. Esa adaptación suaviza la frustración que la injusticia debería provocar.

El buen vivir

En lo profundo de las comunidades originarias late un paradigma que desafía nuestra obsesión por el crecimiento material: el buen vivir. Como un valor intrínseco del tejido cultural en lugares como los Raramuri de Chihuahua “quienes han ganado presencia internacional en maratones”, este principio nos recuerda que la prosperidad no reside en la acumulación, sino en la acción colectiva y el destino compartido. Para las cosmovisiones indígenas, el bienestar y la salud no son triunfos individuales, sino un delicado equilibrio que integra armónicamente los ámbitos físico, espiritual, social y el entorno natural. En esta visión milenaria, el ser humano no compite ni domina, sino que coexiste con la naturaleza y su comunidad, ofreciéndole a las sociedades modernas una lección vital y urgente sobre el verdadero significado de una buena vida.

Cuidado con romantizar

Nada de esto justifica la pobreza ni libera a los gobiernos de su deber. El Nobel Amartya Sen lo advirtió con su crítica del esclavo feliz: alguien puede acostumbrarse a la miseria y decirse satisfecho, pero el Estado sigue obligado a ampliar sus libertades reales. Las fallas en salud, educación y seguridad de la región son verdaderas y frenan el desarrollo de millones.

La lección es otra. El PIB es una herramienta, no el destino de la humanidad. La paradoja latinoamericana demuestra que la buena vida nace de algo que ningún banco central imprime: el cariño, el tiempo compartido y el sentido de pertenencia. El gran reto del siglo XXI no es solo hacer países más ricos, sino diseñar trabajos, ciudades y políticas que dejen espacio para lo que de verdad nos sostiene: el sentido de comunidad y buen vivir.

Análisis de especialistas del Programa Universitario de Estudios del Desarrollo, PUED-UNAM, son presentados a nuestros lectores cada 15 días en un espacio que coordina Enrique Provencio.

Comentarios: pued@unam.mx

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