
La mujer considerada la última paciente de poliomielitis en Estados Unidos que seguía utilizando un pulmón de acero para poder respirar, falleció el pasado 26 de junio en Oklahoma a los 78 años. Lillard contrajo poliomielitis cuando apenas tenía cinco años, un año antes de que comenzara la aplicación masiva de la vacuna contra la enfermedad en Estados Unidos. La infección derivó en secuelas con las que tuvo que lidiar de por vida, paralizando la movilidad de todo su cuerpo, así como los músculos responsables de la respiración, por lo que dependió de un pulmón de acero durante más de siete décadas.
De acuerdo con su hermana, los médicos le habían dicho que difícilmente viviría más allá de los 20 años. Sin embargo, Martha desafió todos los pronósticos: estudió, aprendió a cocinar, escribió poemas y canciones, realizó trabajo voluntario en favor del rescate de animales e incluso encontró al amor de su vida a través de internet, con quien contrajo matrimonio apenas unos meses antes de su muerte.
Su certificado de defunción señala como causas la insuficiencia pulmonar crónica y el síndrome pospolio, aunque su familia sostiene que el covid prolongado agravó su estado de salud.
El pulmón de acero: la máquina que en su época salvó vidas
Durante la primera mitad del siglo XX, pocas máquinas fueron tan importantes para combatir la poliomielitis como el pulmón de acero.
El paciente permanecía acostado dentro del aparato con todo el cuerpo encerrado, excepto la cabeza, que quedaba fuera mediante un sello hermético alrededor del cuello. Un sistema modificaba la presión del aire dentro de la cámara, obligando al tórax a expandirse y contraerse para que los pulmones inhalaran y expulsaran aire.
Aunque hoy puede parecer un aparato rudimentario, en su momento representó la tecnología de soporte vital más avanzada del mundo y permitió sobrevivir a las personas cuyos músculos habían quedado paralizados por la poliomielitis.
¿Cómo era vivir dependiendo de un pulmón de acero?
Muchos pacientes pasaban prácticamente las 24 horas del día dentro del cilindro metálico. Solo podían salir durante periodos muy breves si lograban respirar por sí mismos o dominaban técnicas especiales de respiración. En los casos más severos, cualquier interrupción del funcionamiento del aparato ponía en riesgo su vida.
Las actividades cotidianas requerían una enorme adaptación. Comer, asearse, cambiar de posición o recibir atención médica dependían de familiares o cuidadores.
El suministro eléctrico también era fundamental. Un apagón podía convertirse en una emergencia médica, ya que el respirador dejaba de funcionar. En esos casos, los familiares debían accionar manualmente el sistema de ventilación o recurrir a respiración asistida hasta que volviera la energía.
A pesar de estas limitaciones, muchas personas lograron estudiar, trabajar y desarrollar una vida social.
Los pulmones de acero comenzaron a desaparecer desde la década de 1950 por la combinación de dos factores: la llegada de las vacunas contra la poliomielitis, que redujeron drásticamente los contagios hasta que la enfermedad fue declarada eliminada en Estados Unidos en 1979, y el desarrollo de ventiladores mecánicos modernos, más pequeños, eficientes y cómodos, que sustituyeron al voluminoso cilindro metálico.
Con el paso de los años también dejaron de fabricarse refacciones y cada vez hubo menos especialistas capaces de repararlos. En sus últimos años de vida, Martha Lillard y su familia enfrentaron dificultades para encontrar a alguien que pudiera mantener en funcionamiento el pulmón de acero del que dependía para respirar.