
Hace un cuarto de siglo, el mundo occidental despertó de la manera más espantosa de la resaca que dejó la fiesta de casi doce años: 4,324 días, los que van de la caída del Muro de Berlín, la noche del 9 de noviembre de 1989, a la fatídica y soleada mañana del 11 de septiembre de 2001.
El mundo entero siguió estupefacto cómo los dos tótems por antonomasia del capitalismo, las Torres Gemelas de Nueva York, se desplomaron, hiriendo de muerte el orgullo de la potencia ganadora de la Guerra Fría: Estados Unidos.
Si hay un instante exacto en el que cambió la historia moderna ocurrió a las 9 horas, tres minutos y dos segundos (hora de la costa Este), cuando el vuelo 175 de United Airlines, secuestrado por un comando de Al Qaeda, impactó contra la Torre Sur del World Trade Center. El primer avión había impactado contra la Torre Norte 16 minutos antes, pero todavía se pensaba que podía haber sido un accidente. Cuando las cadenas de televisión transmitieron en directo a todo el planeta cómo la segunda torre era engullida por el avión, todo el mundo entendió que se trataba de un ataque terrorista como nunca antes había ocurrido.
En periodismo, un titular corto puede resumir con más fuerza el horror de aquel día de hace 25 años. Fue lo que hizo The New York Times, a diferencia del resto de las portadas: US Attacked (EU atacado; dos palabras).
De las 2,977 personas que murieron el 11-S, incluidas las que se encontraban en el Pentágono y las del avión que los pasajeros lograron estrellar en el campo (antes de que llegara a su objetivo), 2,753 fallecieron en el ataque a las Torres Gemelas, de las cuales 343 eran bomberos de Nueva York.
Pero el ataque dejó muchas más víctimas. Según el September 11 Victim Compensation Fund y el World Trade Center Health Program, cerca de 10,000 personas han fallecido en estos 25 años de enfermedades causadas por el polvo tóxico.
Las otras miles de víctimas
En el momento en que se conoció que Al Qaeda fue la autora del ataque más grave contra EU, superando al de Pearl Harbor, la islamofobia se disparó en una sociedad que se había acostumbrado a ser intocable e invencible.
Cuatro días después del 11-S, un hombre llamado Frank Silva Roque mató a tiros al empresario y ciudadano estadounidense Balbir Singh Sodhi, en Mesa (Arizona). En su ignorancia, el asesino creyó que era musulmán porque la víctima llevaba un turbante de la religión sij (sin relación alguna con el islam).
En el momento exacto en que fue acribillado desde una camioneta, Balbir estaba ayudando a plantar flores a las afueras de su gasolinera para rendir homenaje a las víctimas de las Torres Gemelas. Esa misma mañana había donado todo el dinero que llevaba en su billetera a los fondos de socorro para las víctimas del 11-S.
En vez de calmar a una sociedad en shock y prometer que el autor del crimen, Osama bin Laden, y sus secuaces serían llevados ante la justicia, el presidente George W. Bush clamó venganza, condenando al pueblo afgano a una invasión que causó en los siguientes años cientos de miles de muertos, para finalmente regresar al poder los talibanes a los que habían expulsado. En un año desde el 11-S, los crímenes de odio contra musulmanes se dispararon un 1,600%.
La Ley PATRIOT, que firmó Bush el 26 de octubre de 2001, tan solo 45 días después del 11-S, autorizó la vigilancia masiva, intervenciones telefónicas y detenciones sin cargos de cientos de hombres de origen árabe o musulmán. Las miles de imágenes filtradas en 2004 de soldados estadounidenses torturando a presos tras la invasión de Irak no solo escandalizaron al mundo por la revelación de las cárceles secretas de la CIA, sino que opacaron las del 11-S, como la de la soldado Lynndie England, sonriendo a la cámara mientras arrastraba por el suelo a un preso atado del cuello.
La evidencia de que con la excusa de la Guerra contra el Terrorismo Estados Unidos estaba cometiendo crímenes de guerra impunemente rompió la unidad entre los estadounidenses tras el 11-S y provocó un creciente rechazo en la sociedad; entre ellos, un joven senador, Barack Obama, cuyo rechazo a la guerra de Irak fue clave para su victoria en las elecciones de 2008. El 2 de mayo de 2011, el primer presidente negro de la historia anunció a sus conciudadanos la noticia más anhelada: Bin Laden había sido cazado y abatido en Pakistán.
Pero el crack de 2008 y la posterior recesión, unidos al cansancio de la guerra en Irak, fueron astutamente capitalizados por un magnate neoyorquino dispuesto a devolver a los patriotas blancos el poder y la gloria, reavivando la islamofobia y añadiendo un nuevo enemigo: los inmigrantes.
Si su primer mandato (2017-2021) fue polémico, su regreso al poder en 2025 (tras negar que le robaron las elecciones en 2020) se ha convertido en una deriva autoritaria sin freno, polarizando a la sociedad como nunca antes. Una de las consecuencias de su gobierno extremista de derechas es que despertó la reacción opuesta donde más le duele: su ciudad natal.
El 1 de enero de 2026, el demócrata Zohran Mamdani hizo historia al convertirse no solo en el primer alcalde socialista de Nueva York, sino en el primero de confesión musulmana.
El mensaje de los neoyorquinos tras votar abrumadoramente por Mamdani traspasó la frontera de la metrópolis que este 11 de septiembre de 2026 recordará el mayor ataque de su historia: la herida sigue abierta, pero el diagnóstico ha cambiado. Veinticinco años, dos guerras fallidas, un viraje autoritario y miles de vidas después, Nueva York ha completado un ciclo histórico imprevisto.
Al llevar a la alcaldía al primer líder musulmán de su historia, la cuna del 11-S deja un mensaje claro para el resto del país y del mundo: el verdadero triunfo sobre el terror nunca estuvo en la venganza ni en el aislamiento, sino en la capacidad de redefinir la libertad en el mismo lugar donde intentaron destruirla.