
¿Quiénes se enfrentan?
Por un lado está el gobierno sunita yemení —reconocido por la ONU— y sus aliados sunitas de la coalición militar liderada por Arabia Saudí: Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Kuwait, Egipto (y Catar, hasta que fue expulsado en 2017 entre acusaciones de financiar a grupos rebeldes musulmanes en la región y por la cobertura de su canal Al Jazeera, condescendiente con Irán y sus grupos armados como Hezbolá y Hamás). Fuera de la coalición árabe están Reino Unido y Estados Unidos, que proporcionan puntualmente logística e inteligencia militar.
En el otro bando se encuentran los rebeldes hutíes (conocidos internacionalmente por el apellido del fundador del movimiento insurgente, Hussein Badreddin al-Hutí), quienes reciben apoyo militar, financiero y de inteligencia de Irán, con quienes comparten la misma visión antioccidental, los mismos enemigos declarados —Estados Unidos, Israel y Arabia Saudí— y la misma religión: la corriente minoritaria chiita escindida y enfrentada a la mayoritaria sunita. Asimismo, los hutíes han sido entrenados en Yemen por milicianos de Hezbolá, Hamás, milicias chiitas de Irak e incluso mandos militares sirios, antes de que cayera el régimen chiita de Bachar al Asad.
¿Por qué estalló la guerra civil?
El conflicto yemení se arrastra desde el estallido de la Primavera Árabe en 2010, la rebelión popular para derrocar a los regímenes represores y depredadores de riquezas que se desató en varios países árabes: Túnez, Libia, Egipto, Siria y finalmente Yemen, en 2011, que logró derrocar al dictador sunita Alí Abdullah Saleh. Su vicepresidente, Abdrabbuh Mansur Hadi, asumió la presidencia en un proceso de transición política sumamente frágil, pero respaldado por la comunidad internacional.
Las nuevas autoridades anunciaron la división de Yemen en seis regiones federales, propuesta que fue rechazada por los hutíes, quienes consideraban que la medida marginaba sus territorios históricos en el noroeste del país y reducía sus recursos económicos.
Saleh aprovechó para aliarse con sus enemigos chiitas, armados secretamente por Irán, y les entregó las tropas aún leales, con las que lograron tomar en 2014 la capital, Saná, y derrocar al nuevo gobierno, cuyas tropas huyeron al este de Yemen. Hadi huyó a la vecina Arabia Saudí, donde pidió ayuda para evitar que Yemen se convirtiera en un nuevo Irán, pero esta vez en la península arábiga.
¿Cómo se convirtió la guerra civil en un conflicto regional o Proxy War?
Como era de esperar, Arabia Saudita interpretó el avance hutí como un intento de Irán de establecer una milicia aliada en su frontera sur. En marzo de 2015, Riad organizó una coalición internacional de países árabes para bombardear e intervenir militarmente en Yemen con la meta de restituir al gobierno legítimo de Hadi. Esto transformó una disputa interna en una proxy war (guerra subsidiaria entre dos potencias en terceros países), en la que Arabia Saudita e Irán, las dos potencias que se disputan la hegemonía en la región del Golfo Pérsico, se enfrentan indirectamente en Yemen para imponer un gobierno satélite.
La extensión del conflicto en Oriente Medio estalló tras los ataques terroristas de Hamás en Israel, en octubre de 2023, que dio paso, desde entonces y hasta la actualidad, a la venganza del Estado judío contra Hamás en Gaza, Hezbolá en Líbano y Siria, y finalmente contra Irán y los territorios controlados por los hutíes en Yemen, luego de que los rebeldes yemeníes empezaran a lanzar misiles balísticos contra Israel y a secuestrar barcos en la entrada del Mar Rojo.
De hecho, el control por parte de los hutíes del estrecho de Bab el-Mandeb, por donde circula el 15 % del petróleo en dirección al Canal de Suez, convierte la guerra de Yemen en un conflicto geopolítico muy peligroso para el comercio marítimo y la estabilidad mundial.
¿Por qué la superioridad militar saudí no ha logrado derrotar a los hutíes en una década?
La impotencia de la superpotencia militar saudí para derrotar a los hutíes (el presupuesto militar de los saudíes es diez veces mayor que el de los rebeldes yemeníes), casi once años después de declarar la guerra junto a otros aliados de la región, es uno de los fenómenos más estudiados en la geopolítica contemporánea y en las guerras asimétricas.
Una razón fundamental es tan antigua como el arte de la guerra: el dominio absoluto y el control del territorio. El núcleo del poder hutí se asienta en las provincias montañosas del norte (como Saada, Amran y Saná). Este relieve anula la eficacia de los blindados pesados y dificulta la detección de objetivos por aire. Además, a lo largo de los años, los hutíes han construido y perfeccionado un entramado de túneles, búnkeres y depósitos subterráneos excavados en la roca madre, protegiendo sus arsenales.
En un intervalo sorprendentemente corto, los hutíes han mostrado una capacidad excepcional para ensamblar y adaptar localmente misiles balísticos y drones de largo alcance (algunos teledirigidos mediante inteligencia artificial), que despliegan y disparan desde camiones convencionales reconvertidos en lanzadores de misiles, los cuales camuflan en cuestión de minutos.
Los cazas de combate y misiles de la coalición árabe son capaces de bombardear campamentos y ciudades yemeníes controladas por los hutíes, pero estos son capaces de contraatacar con igual o mayor dureza, como el ataque militar del 10 de octubre contra el Aeropuerto Internacional de Riad, la capital saudí, con el resultado de 13 muertos y más de 350 heridos, además de soportar la humillación de decenas de videos circulando por las redes de pasajeros huyendo despavoridos de la terminal de uno de los países más militarizados y vigilados del mundo.
¿Por qué Trump no ha acudido en socorro de su aliado petrolero saudí?
El presidente de Estados Unidos, muy locuaz en asuntos internos de otros países, se ha mostrado sorprendentemente silencioso ante la ofensiva hutí, pese a que la reciente toma del puerto yemení de Moca refuerza el control de los aliados de Teherán sobre el estrecho de Bab el-Mandeb.
La razón principal es que hay elecciones al Congreso de EU dentro de dos martes y su decisión de declarar la guerra a Irán, aunque se niegue a reconocerlo, lo ha hundido en las encuestas y podrían pagarlo muy caro los candidatos republicanos. Otro frente de guerra más no haría sino agravar el desencanto de la opinión pública.
En vez de caer en el ridículo, como hace su secretario de Guerra, Pete Hegseth, que insiste en la invencibilidad de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, Trump se ha limitado a tchar de “reprobable” los ataques a territorio saudí, y sugiere que otros países aliados musulmanes, como Turquía, sean los que se involucren activamente en la guerra.
Solo una situación podría hacer cambiar de opinión a Trump: que su aliado en Riad se harte y presione con su arma más poderosa: el control del precio del petróleo.