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Toque de queda en París, militares en Milán, manifestaciones en Lisboa y Tirana, plantón en Madrid... Los nacidos en el cambio de milenio temen ser la primera generación que viva peor que sus padres

La rebelión de la Generación Z prende en Europa: “No queremos ser parásitos de nuestros padres”

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Protestas en Italia Choque entre carabineros italianos y jóvenes en el centro de Milán

Cuando se declaró la pandemia de COVID-19, en marzo de 2020, y el mundo se confinó como nunca antes, los nacidos entre 1997 y 2012, conocidos como la Generación Z, tenían realidades muy distintas: los mayores, de 19 a 24 años, estaban entrando en la edad adulta, finalizando estudios y preparándose para incorporarse al mercado laboral; los más pequeños, de entre 8 y 11 años, se encontraban en plena infancia; mientras que los que cumplían de 12 a 18 años entraban en la adolescencia, la etapa crucial en la que se forman las relaciones sociales y la identidad personal.

Esta generación, la del cambio del milenio y cuyos miembros tienen en la actualidad entre 14 y 29 años, es la que está protagonizando protestas sociales y movilizaciones masivas en distintas partes del mundo, a la que se han sumado también muchos integrantes de la generación anterior, los millennials (de 30 a 45 años).

Son jóvenes como los que lograron en septiembre del año pasado derribar el gobierno de Nepal y a sus líderes corruptos; pasando por la vecina India, donde el movimiento de las Cucarachas (como llamó un juez del Supremo a los jóvenes desempleados) se preparan para manifestaciones masivas contra el gobierno autoritario de Narendra Modi.

Sin embargo, si hay un lugar donde la Generación Z —la más vulnerable durante el confinamiento de la pandemia— lleva años incubando la indignación juvenil, ese es Europa.

Los estallidos sociales en Francia, España, Portugal, Italia, Bélgica, Serbia y Albania amenazan con extenderse por todo el viejo continente debido a síntomas compartidos: deterioro de la educación pública y de los servicios esenciales, precariedad laboral, salarios bajos que impiden la emancipación juvenil y dificultades extremas para acceder a una vivienda digna, ya sea para rentar o comprar.

En América Latina, pese al crecimiento acelerado de las grandes metrópolis, la protesta por la crisis de vivienda es más tenue (limitada a manifestaciones puntuales contra la gentrificación en colonias de moda de la Ciudad de México). No obstante, la región comparte deficiencias estructurales con Europa: trabajo precario, sueldos insuficientes y servicios públicos deficientes (como las recientes protestas en Guadalajara por agua contaminada), a los que hay que añadir altos índices de violencia y corrupción.

Aunque esta oleada de protestas juveniles tiene su epicentro en Europa, las autoridades latinoamericanas deben poner sus barbas a remojar. Millones de jóvenes comparten una misma certeza: la primera generación nativa digital, que creció con internet, teléfonos inteligentes y redes sociales, parece condenada a tener un nivel de vida inferior al de sus padres, a pesar de contar con mayor nivel de estudios.

Qué lejos quedan los “Treinta Gloriosos”

Los padres y abuelos de esta juventud indignada europea pertenecen a la generación baby boomer (nacidos entre 1946 y 1964). Ellos crecieron durante un periodo de fuerte crecimiento económico, pleno empleo, consolidación del Estado del bienestar y facilidades de acceso a la propiedad inmobiliaria tras la Segunda Guerra Mundial, impulsados por la reconstrucción del Plan Marshall y la industrialización liderada por Alemania.

Aunque en muchos casos no contaban con formación universitaria, aquel modelo social garantizó a millones de ciudadanos una vivienda digna y cobertura médica, facilitando que sus hijos —la Generación X (nacidos entre 1965 y 1980, hoy de 46 a 61 años) y gran parte de los millennials (1981-1996, hoy de 30 a 45 años)— accedieran masivamente a la educación superior.

Si bien los millennials sufrieron los primeros efectos de la crisis financiera de 2008, la precarización del empleo y el alza del precio de la vivienda, estos problemas —unidos a la ansiedad por el cambio climático— se profundizaron en la Generación Z. Ante la permanente falta de respuesta de los gobiernos a sus demandas de empleo digno y acceso a la vivienda, parte del movimiento se polariza tanto hacia la extrema izquierda como hacia posturas de extrema derecha, impulsadas por la xenofobia, el rechazo a la inmigración masiva y el descontento social.

En este escenario, formaciones de extrema derecha en países como Francia y España buscan capitalizar el descontento —que en casos extremos ha derivado en toques de queda nocturnos en regiones francesas o en protestas y acampadas por la vivienda en la Puerta del Sol de Madrid— para forzar un adelanto electoral y desestabilizar a los gobiernos bajo la lógica de “cuanto peor, mejor”.

Frente a las acusaciones de apatía o radicalismo —el presidente Emmanuel Macron culpa a los estudiantes de unirse a la extrema izquierda para incendiar Francia—, el grito de protesta de la Generación Z no nace de un capricho ideológico, sino del deseo legítimo de construir una vida autónoma: “no queremos ser parásitos de nuestros padres”.

Si las instituciones y los gobiernos siguen ignorando esta advertencia global, la indignación juvenil continuará reescribiendo el mapa político de Europa en la actualidad, y tal vez el de América Latina en un futuro no tan lejano.

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