En las últimas décadas México ha experimentado una transformación profunda en uno de los indicadores sociales más importantes para el desarrollo: la educación de las mujeres. Lo que durante gran parte del siglo XX fue una clara desventaja femenina frente a los hombres ha cambiado de manera notable. Las jóvenes mexicanas de hoy no sólo han cerrado la brecha educativa, sino que en varios grupos de edad han logrado incluso superar a sus compañeros varones.
Durante décadas, las mujeres estuvieron sobrerrepresentadas entre la población con menor nivel educativo. En 1990, el 15% de las mujeres en México era analfabeta, frente a 9.6% de los hombres. Esa brecha reflejaba desigualdades históricas en el acceso a la educación, particularmente en contextos rurales y en generaciones mayores.
Para 2020, la proporción de personas analfabetas se había reducido de forma considerable para ambos sexos, pero también se había acortado la brecha de género: 5.5% de las mujeres y 3.9% de los hombres permanecían en condición de analfabetismo. Además, en los grupos de edad menores de 40 años, ya no se observan diferencias de género en este indicador.

Actualmente, no se observan diferencias de género en asistencia escolar, de hecho, durante la adolescencia y los primeros años de la vida adulta las mujeres presentan niveles de asistencia escolar superiores a los de los hombres, lo cual, se refleja en lo que observamos en los años de escolaridad. En 2020 las mujeres presentan mayor número de años de escolaridad que los hombres en todos los grupos de edad por debajo de los 40 años. Es decir, las generaciones jóvenes de mujeres mexicanas han logrado niveles educativos iguales o superiores a los de sus pares masculinos. Como ya se ha discutido en la literatura, la expansión del sistema educativo mexicano, al acercar la escuela a las diferentes localidades rurales, posibilitó de manera particular la participación escolar de niñas y adolescentes en comunidades rurales. Además, algunos programas sociales como Progresa/Oportunidades tuvieron un enfoque de género que favoreció la escolaridad de las niñas y adolescentes.

En la literatura se ha establecido con claridad que, mientras que para los hombres el nivel educativo no afecta la entrada al mercado de trabajo, en el caso de las mujeres, la educación cambia sus valores e intereses, alterando sus patrones matrimoniales y reproductivos y mejorando su posición competitiva en el mercado laboral.
En el caso de México, los avances educativos de las mujeres han ocurrido al mismo tiempo que nuestro país ha experimentado de manera acelerada un proceso de transición demográfica. En apenas medio siglo, el número promedio de hijos por mujer ha disminuido de manera drástica. Mientras que en la década de 1970 las mujeres mexicanas presentaban en promedio una tasa global de fecundidad (número promedio de hijos que tendría una mujer a lo largo de su vida reproductiva bajo los niveles de fecundidad observados en un determinado periodo) mayor a los seis hijos, para 2020 este indicador se ubica por debajo de los dos hijos.
La reducción de la fecundidad disminuye las responsabilidades de cuidado que tradicionalmente recaen sobre las mujeres. Cuando las familias tienen menos hijos, el tiempo necesario para la crianza intensiva también se reduce, lo que potencialmente libera tiempo para otras actividades, como la educación o el trabajo remunerado.
En muchos países, la reducción de la fecundidad ha estado acompañada por un aumento significativo de la participación laboral femenina. la lógica parece clara: mujeres con mayor educación y menos responsabilidades de cuidado deberían tener mayores oportunidades e incentivos para incorporarse al mercado de trabajo.
Sin embargo, en México esta relación no se ha materializado plenamente. A pesar de los avances educativos y de los cambios en la fecundidad, la participación laboral femenina ha crecido de manera moderada.

En comparación internacional, México destaca precisamente por presentar uno de los niveles más bajos de participación laboral femenina entre las mujeres de 15 años y más, incluso en comparación con otros países de América Latina con niveles de desarrollo similares. Además, cuando las mujeres participan en el mercado laboral, lo hacen con frecuencia en condiciones menos favorables. Muchas se concentran en empleos de menor remuneración o en sectores donde los salarios son más bajos. Esta situación está asociada, en parte, con la persistencia de una fuerte segmentación de género en los campos de estudio y en las ocupaciones, acentuada por la búsqueda de ocupaciones que sean compatibles con el cuidado de los hijos y de las personas mayores en el hogar.
Aunque las mujeres mexicanas tienen hoy niveles de escolaridad mucho más altos y, en promedio, muchos menos hijos que sus madres y abuelas, su participación en el trabajo fuera del hogar sigue siendo baja. Esto puede explicarse en parte por el peso que aún tienen las normas sociales y los roles de género en la organización de la vida familiar y, por lo tanto, en las oportunidades de participación laboral.
En México, como en muchos otros países, las mujeres siguen siendo las principales responsables del trabajo doméstico y del cuidado de los hijos, incluso cuando participan en el mercado laboral. Esto significa que muchas mujeres enfrentan una doble carga: el trabajo remunerado y el trabajo no remunerado dentro del hogar.
Además, la falta de infraestructura institucional para apoyar las responsabilidades de cuidado representa una barrera importante. La disponibilidad limitada de guarderías, los horarios laborales poco flexibles y la escasa corresponsabilidad masculina en las tareas domésticas dificultan que muchas mujeres puedan integrarse plenamente al mercado laboral. En este contexto, incluso mujeres con altos niveles de educación pueden enfrentar restricciones importantes para aprovechar plenamente su capital humano.
Para eliminar los obstáculos que enfrentan las mujeres para incorporarse al trabajo remunerado, es necesaria la implementación de políticas públicas que faciliten la conciliación entre el trabajo y la vida familiar. La expansión de servicios de cuidado infantil, la promoción de esquemas de trabajo más flexibles y la reducción de las barreras de género en el mercado laboral son elementos clave. También se necesitan otros cambios culturales más profundos y difíciles de implementar. Lograr una mayor corresponsabilidad entre hombres y mujeres en las tareas domésticas y de cuidado es una condición fundamental para que las mujeres puedan ejercer plenamente sus capacidades.
De la educación a la igualdad real
El avance educativo de las mujeres mexicanas es una de las historias de éxito más claras del país en las últimas décadas. La brecha de género en educación prácticamente ha desaparecido entre las generaciones jóvenes y, en algunos casos, incluso se ha invertido.
El reto ahora es que este progreso educativo se traduzca en igualdad real de oportunidades en la vida económica y social. De lo contrario, México seguirá enfrentando una paradoja difícil de justificar: un país en el que las mujeres estudian cada vez más, pero donde muchas de ellas aún encuentran grandes obstáculos para participar plenamente en el mundo del trabajo.
* La autora es profesora-investigadora del Departamento de Economía de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México. Su correo es carla.pederzini@ibero.mx.