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En la Ciudad de México miles de familias pueden tener acceso a educación y salud y, aun así, experimentar menores niveles de bienestar, esto se debe a que el bienestar en los hogares con niñas y niños en primera infancia depende en gran medida de las condiciones de quienes los cuidan

La paradoja del bienestar en los hogares con primera infancia

. CIUDAD DE MÉXICO, 03AGOSTO2025.- Una madre carga a su bebé durante la Tetada en el marco de la Semana Mundial de la Lactancia Materna realizada en el Kiosco Morisco. FOTO: GRACIELA LÓPEZ/CUARTOSCURO.COM (Graciela López Herrera)

En los gobiernos de la llamada Cuarta Transformación, una de las palabras que más se ha utilizado desde su inicio es “bienestar”. El término aparece como lema central y ha sido incorporado en el nombre de numerosos programas sociales, aunque no necesariamente todos ellos logran generarlo. En ese contexto, en la Ciudad de México miles de familias viven una paradoja silenciosa: pueden tener acceso a educación y salud y, aun así, experimentar menores niveles de bienestar.

Esta situación se vuelve especialmente visible en los hogares donde viven niñas y niños en primera infancia (menores de cinco años). Aunque en más del 90 % de estos hogares no existe rezago educativo ni carencias en la calidad y los espacios de la vivienda —es decir, viven sin hacinamiento y con materiales adecuados de construcción—, su bienestar general suele ser menor que el de los hogares donde no hay niños pequeños. Esta realidad aparece con claridad en una investigación reciente titulada “Bienestar social bajo presión: desigualdades estructurales en la primera infancia en la Ciudad de México”, elaborada por un equipo interdisciplinario de investigación a partir de una encuesta representativa a nivel de hogar en la capital.

El análisis muestra que los hogares con primera infancia enfrentan presiones estructurales que no siempre aparecen en los indicadores tradicionales con los que se suele medir el bienestar. Durante décadas, las políticas sociales han evaluado el bienestar principalmente a partir del ingreso o del acceso a servicios. Sin embargo, estos indicadores no capturan las condiciones cotidianas en las que viven este tipo de familias, pues el bienestar depende de una combinación más amplia de factores económicos, sociales y emocionales que operan simultáneamente.

Uno de los hallazgos más reveladores es que en estos hogares los cuidadores —que en la mayoría de los casos son mujeres— tienen niveles extremadamente bajos de tiempo libre, inferiores al 1% de su semana. El tiempo libre se entiende como el disponible después de cubrir las actividades necesarias de la vida cotidiana, como dormir, comer, trabajar, realizar labores domésticas, estudiar o trasladarse. Este umbral puede variar según la edad y el nivel educativo (Evalúa, 2024). Al mismo tiempo, se observan señales importantes de afectación a la salud mental: 45.16% reporta depresión y 24.31% ansiedad.

Estos datos reflejan una realidad que rara vez aparece en el debate público: cuidar también consume tiempo, y mucho. La crianza implica largas jornadas de trabajo no remunerado —quehacer doméstico, traslados, alimentación, acompañamiento escolar y cuidado emocional—. Cuando estas tareas se combinan además con el trabajo remunerado, muchas veces en condiciones laborales inestables, el resultado es una vida cotidiana marcada por el cansancio, la falta de descanso y mayores problemas de salud mental.

Bienestar con servicios, pero con menos estabilidad

El estudio también revela otra paradoja. En muchos de estos hogares se observa un alto nivel de seguridad alimentaria (89.31%). Esto significa que el hogar cuenta con alimentos suficientes para todos sus integrantes y no enfrenta preocupaciones constantes por que la comida se termine o por tener que reducir las porciones debido a la falta de dinero (FAO, 2013). Este resultado sugiere que algunos programas sociales basados en transferencias monetarias, así como el incremento del salario mínimo, podrían haber contribuido a mejorar esta dimensión del bienestar.

Sin embargo, estas condiciones no siempre se traducen en mayor estabilidad para las familias. Por ejemplo, el 47.66% de las y los cuidadores no tienen seguridad social, pues trabajan en empleos precarios o en el sector informal, lo que implica mayor inestabilidad laboral. En este contexto, la crianza ocurre bajo condiciones de mayor incertidumbre.

El bienestar del hogar, por lo tanto, no depende únicamente de tener acceso a ciertos servicios (drenaje, agua o electricidad) o alimentos disponibles. También está relacionado con la estabilidad laboral, el acceso a protección social y la existencia de redes de apoyo (Martínez-Martínez et al., 2026).

La ciudad también pesa

El entorno urbano también influye en estas condiciones. En una metrópoli como la Ciudad de México, el bienestar no depende solo del hogar, sino también del contexto en el que viven las familias. La investigación encontró que la percepción de inseguridad sigue siendo elevada en muchos barrios de la ciudad, lo que limita la movilidad cotidiana y reduce las oportunidades de participación comunitaria.

Cuando los espacios públicos se perciben como inseguros, las actividades recreativas, culturales o comunitarias tienden a disminuir. Para las familias con niños pequeños, esto significa menos oportunidades de juego, socialización e interacción con otras personas. La vida urbana, en este sentido, ofrece acceso a servicios y oportunidades, pero también genera presiones asociadas al estrés, la inseguridad y la fragmentación social.

El bienestar también depende de quienes cuidan

Quizá una de las lecciones más importantes es que el bienestar en los hogares con niñas y niños en primera infancia depende en gran medida de las condiciones de quienes los cuidan. En ese sentido, no es solo una cuestión de políticas dirigidas directamente a la niñez. También requiere políticas que fortalezcan las condiciones de vida de las y los cuidadores.

En México existen diversos programas orientados a apoyar a los hogares con primera infancia. Entre ellos se encuentran iniciativas de apoyo alimentario, transferencias monetarias y algunos servicios de cuidado infantil. Sin embargo, estas políticas suelen operar de forma fragmentada y no siempre consideran de manera integral las condiciones de quienes cuidan: el tiempo disponible, la sobrecarga de trabajo doméstico y de cuidados, así como las afectaciones a la salud mental. Fortalecer el bienestar de manera integral implica avanzar hacia políticas que no solo atiendan a las niñas y los niños, sino también a las personas que sostienen su cuidado cotidiano. En ese sentido, cuidar a quienes cuidan debe convertirse en uno de los retos prioritarios del país.

Análisis de especialistas de la Universidad Iberoamericana son presentados a nuestros lectores cada 15 días en un espacio que coordina el Departamento de Economía de la Universidad Iberoamericana, CDMXComentarios: pablo.cotler@ibero.mx

* El es profesor-investigador del Departamento de Ciencias Sociales

y Políticas y miembro del Instituto de Investigaciones para el Desarrollo con Equidad (Equide)

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