Cuesta escribir estas líneas sin que la emoción desborde la razón. No se trata solo de la partida del dueño de La Crónica, ni del hombre que supo conducir con visión y carácter a este diario; se trata, sobre todo, de la pérdida de un amigo entrañable, de un compañero de vida que estuvo presente durante más de cincuenta años.

Nuestra amistad nació en la universidad, cuando el tiempo parecía infinito y los sueños no conocían límites. Desde entonces, la vida nos fue entrelazando en múltiples caminos: los personales, los profesionales, los inevitables claroscuros que solo las largas historias compartidas saben contener. Jorge fue siempre un hombre de convicciones firmes, de lealtades profundas y de una generosidad que no hacía ruido, pero que estaba ahí, constante.
En La Crónica, su legado es evidente. Supo apostar por un periodismo que no se conforma, que busca, que cuestiona y que entiende su responsabilidad frente a la sociedad. A ese legado se suma también la creación del Premio Crónica, concebido para reconocer a mexicanos e instituciones de excelencia, reflejo de su convicción de que el país se construye honrando a quienes lo engrandecen. Pero más allá de los logros visibles, queda su huella humana: la cercanía, la palabra franca, el compromiso con quienes formamos parte de este proyecto, su profundo amor por México y un rasgo que lo distinguió siempre: su genuino interés por ayudar a los demás.

Hoy no solo despedimos a un líder; despedimos a un amigo. A alguien con quien se compartieron risas, discusiones, proyectos y silencios. A alguien que formó parte esencial de una historia que no termina con su ausencia, pero que ya no será la misma.
La vida nos concedió el privilegio de caminar juntos durante medio siglo. Hoy toca asumir la tristeza de su partida, pero también la gratitud inmensa por todo lo vivido.
Descansa en paz, querido Jorge. Tu memoria permanecerá viva en estas páginas, en esta casa y en quienes tuvimos la fortuna de llamarte amigo.