
En 2023, se estrenó la película “La contadora de historias”. La película está basada en el libro homónimo del autor Hernán Rivera Letelier, publicado por primera vez en 2009, que cuenta la historia de una familia de escasos recursos en un pueblo minero de Chile. El padre de la familia, fanático del cine, busca cómo llevar a su familia cada vez que puede a ver una película nueva. Cuando se queda sin ingresos, la tarea de ir al cine recae en una de sus hijas para que esta pueda contar la historia que ve en la pantalla grande. La forma de contar las películas de la protagonista es tan buena que, poco a poco, más vecinos empezaron a pagar para escuchar la narración de la película.
Esta metáfora sirve para hablar de la labor docente. Varios profesores universitarios han estudiado en las mejores universidades del mundo bajo la tutela de profesores ganadores de reconocimientos como el Nobel, que cuentan historias propias. Después, parte de la labor docente se convierte en “contar historias”. Es decir, el docente es el encargado de presentar lo que vio a una nueva audiencia que está dispuesta a pagar por este conocimiento. Algunos de estos miembros en la audiencia, después harán lo mismo. Contar lo que le contaron.
En la actualidad, con la inserción de la inteligencia artificial (IA) en nuestras vidas, apareció un nuevo actor que puede “contar historias”. Los estudiantes están recurriendo al uso de la IA, algunas veces como sustituto del docente. Más aún, se ha replanteado el rol de los profesores y de las universidades. ¿Para qué me sirve aprender el tema X si la IA lo puede hacer por mí?
Acá es donde la metáfora toma más valor. La IA se nutre de lo que escriben los profesores y docentes (esto es cierto en otras áreas del conocimiento también). Los estudiantes son quienes, en un futuro, van a seguir nutriendo la IA. Las formas en que las historias son contadas son lo que permite que haya mayor acceso a la información. En un escenario donde los profesores e investigadores dejan su labor y solo se deja que la IA haga todo por nosotros, se van a cortar las nuevas fuentes de información. Ya no habrá historias nuevas que contar. Surge entonces la pregunta, ¿cómo nos adaptamos?
Un artículo reciente publicado en la Revista IBERO, titulado “El valle de la muerte de la adaptación”, discute justamente los retos de la adaptación. Los autores sugieren que no todas las tecnologías llegan de la misma forma. Algunas cambian la estructura laboral de forma abrupta, como la máquina de vapor. Su irrupción cambió la estructura laboral y desplazó a trabajadores calificados. Otras tecnologías cambian la estructura laboral de tal forma que esta se adapta a ellas, como lo fue la computadora. La incursión de la computadora no eliminó el trabajo de mecanografía. Más aún, la transformó en una habilidad necesaria para todos los trabajos sin desplazar trabajadores.
El sistema educativo tiene el reto de hacer parte del segundo grupo. Si las universidades y los profesores no se adaptan a esta nueva época, no importa qué tan buenos sean contando historias estos últimos, lo más probable es que pierdan audiencia. Los estudiantes buscarán a los mejores contadores de historias. En este caso, caeríamos en el “valle de la muerte” que describen los autores.
Sin embargo, el sistema educativo tiene el reto de incorporar la IA poco a poco y para contextos adecuados. Por ejemplo, Suecia volvió al papel y lápiz al ver que los resultados en las pruebas PISA habían caído. Se dieron cuenta de la importancia de escribir a mano, de dejar que los estudiantes tengan sus propias ideas en lugar de que se las dé una IA. Otras investigaciones académicas también han puesto alertas sobre la creatividad y la capacidad de retención cuando los estudiantes dejan todas las tareas a las nuevas tecnologías.
En ese sentido, el desafío no consiste en elegir entre la inteligencia artificial y la educación tradicional, sino en encontrar un equilibrio que permita aprovechar las ventajas de ambas. La IA puede ampliar el acceso al conocimiento y facilitar numerosas tareas, pero sigue dependiendo de la capacidad humana para producir nuevas ideas, formular preguntas relevantes y generar conocimiento original. Por ello, el papel de los profesores y de las universidades continúa siendo fundamental: no solo para transmitir información, sino también para formar personas capaces de pensar críticamente, crear y contribuir a las historias que alimentarán el conocimiento del futuro.
Análisis de especialistas de la Universidad Iberoamericana son presentados a nuestros lectores cada 15 días en un espacio que coordina el Departamento de Economía de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México.
Comentarios: pablo.cotler@ibero.mx
El autor es profesor-investigador del Departamento de Economía.