
Recientemente, con motivo del Mundial de Futbol 2026, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en coedición con la Universidad Autónoma de Nuevo León y la Universidad de Guadalajara, publicó Tiro libre. Relatos cancheros sobre futbol. El libro reúne textos de Rosa Beltrán, Amandititita, Martín Caparrós, Antonio Ortuño, Jesús Ramírez-Bermúdez, entre otras y otros autores, que ofrecen diversas miradas sobre este deporte.
Su lectura me obligó a admitir algo: Durante años miré al futbol con una mezcla de distancia, prejuicio e incomprensión. No alcanzaba a ver todo lo que ocurría alrededor suyo: sus raíces profundamente populares, su capacidad para producir identidad colectiva, conectar generaciones enteras y condensar emociones que pocas experiencias sociales logran convocar con semejante intensidad.
El futbol, sugieren estos autores, es mucho más que un deporte: es una forma de mirar una sociedad y sus contradicciones; los grandes eventos deportivos, como el Mundial, son también espejos de la sociedad que los organiza.
Pocas veces esa tensión ha sido tan evidente como en el Mundial que hoy se despliega en México, Estados Unidos y Canadá. Las narrativas oficiales se ven desbordadas por realidades que se imponen desde fuera de los estadios.
Y lo que estamos viviendo en la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey son excesos de gobiernos dispuestos a subordinar lo público a intereses corporativos privados; decisiones tomadas con opacidad; invisibilización de tragedias sociales tan urgentes como las más de 133 mil personas desaparecidas o las fosas clandestinas localizadas a menos de 20 kilómetros del estadio Akron, en Guadalajara.
De ahí la enorme lección que deja el hecho de que, en los últimos meses, colectivos de madres y familias buscadoras, así como organizaciones defensoras del territorio estén aprovechado esta coyuntura para recordar aquello que el espectáculo oculta. Porque una de las características del espectáculo contemporáneo consiste precisamente en eso: iluminar intensamente ciertos espacios mientras que deja otros en la sombra.
Entre esas sombras se encuentra una de las formas de violencia contemporánea más radicales: la trata de personas. Es a esta sombra a la que, desde hace más de una década, dedicamos el trabajo que llevamos a cabo en la Cátedra Extraordinaria sobre Trata de Personas y Violencias y en el grupo de investigación sobre Nuevos Riesgos Sociales del PUED, ambos de la UNAM. Bajo el liderazgo del Doctor Mario Luis Fuentes –pionero en México en el estudio, la discusión pública y la visibilización de este fenómeno desde inicios de los años dos mil– hemos insistido en que la trata de personas es mucho más que un fenómeno criminal, pues lo que encarna es una expresión extrema de las desigualdades, la exclusión y desprotección por parte del Estado.

Los datos disponibles son de verdadero horror: las víctimas registradas en carpetas de investigación suman un total de 9,018 personas en la última década. Sabemos que la cifra real es mucho mayor. Por otro lado, hay una tendencia creciente en la incidencia de delitos considerados como conexos a la trata por la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC): entre 2015 y 2025 la violación equiparada se incrementó en prácticamente un 200%, el abuso sexual en un 176%, mientras que el feminicidio en un 72% (Gráfica 1).
Y hay que considerar, también, aquellas violencias que, por distintas razones, no figuran en las estadísticas. La trata y las violencias entrelazadas con ella son fenómenos cuya verdadera magnitud permanece, en buena medida, oculta.
En este contexto, desde la Cátedra estamos impulsando la campaña No es un juego, orientada a visibilizar las múltiples formas de abuso que se exacerban alrededor del Mundial, incluyendo la trata de personas. Como parte de ella difundimos los mensajes de alerta diseñados por la organización internacional It’s a Penalty1, Fin de la Esclavitud, A.C. y otras organizaciones de la sociedad civil mexicanas y a través de la cual se difunden también las líneas telefónicas nacionales de reporte (800 55 33 000 y 089).
Con No es un juego2 buscamos también disputar sentidos, sobre todo entre la población universitaria: recordar que detrás de las cifras existen personas concretas y que ninguna forma de explotación puede ser normalizada o aceptada como inevitable.
Pero hacerlo exige, tal como lo ha señalado Mario Luis Fuentes, reconocer que existe una disputa cultural profunda en la que avanzan narrativas que normalizan la violencia y a partir de las cuales, por ejemplo, el crimen organizado llega a ser visto como una vía de reconocimiento, pertenencia e incluso empleo. Muchas de estas dinámicas operan mediante mecanismos de seducción simbólica y construcción de imaginarios donde la violencia aparece romantizada o espectacularizada.
Frente a ello, los derechos humanos continúan siendo una de las herramientas éticas y políticas más importantes con las que contamos para defender la dignidad humana frente a la lógica de explotación. La esclavitud contemporánea funciona mediante la coerción económica, manipulación afectiva, amenazas, control digital y aprovechamiento de contextos de vulnerabilidad. La trata de personas implica no solo la explotación de cuerpos; también de emociones, deseos y necesidad de reconocimiento.
Pero quizá lo más grave sea nuestra creciente capacidad de acostumbrarnos.
La trata no sólo genera ganancias criminales; también produce subjetividades.
Produce sociedades que aprenden a convivir con la explotación, instituciones que administran el sufrimiento de manera burocrática e individuos que terminan percibiendo la violencia como parte del paisaje social.
Tal vez ahí radique la contradicción más profunda del Mundial, pero también la gran oportunidad que representa: mientras millones de personas miran hacia la cancha buscando celebración, identidad colectiva o incluso un breve respiro frente a la dureza cotidiana, este megaevento también puede convertirse en un momento para mirar aquello que normalmente permanece fuera de cuadro. Cuando el último partido termine y las cámaras se apaguen, las desapariciones, la explotación y la trata de personas seguirán ahí, probablemente agudizadas.
La pregunta es si, cuando el espectáculo termine, seremos capaces de mirar la sombra e iluminarla.
Efectivamente: no es un juego.