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Ninguna cláusula del tratado, por bien negociada que esté, puede sustituir la productividad, la infraestructura, la certidumbre jurídica o el capital humano que México necesita para competir en la próxima década

El mito del libre comercio: el T-MEC no resolverá lo que México no construya

Ensenada, Baja California FOTO: OMAR MARTÍNEZ /CUARTOSCURO.COM (Omar Martínez Noyola)

Esta semana, del 15 al 18 de junio de 2026, representantes de México y Estados Unidos vuelven a sentarse a la mesa para una nueva ronda de negociaciones sobre la revisión del T-MEC. Como suele ocurrir en estos procesos, la atención se concentrará en las fricciones inmediatas: diferencias arancelarias, conflictos sectoriales como automotriz o agrícola, y riesgos latentes para las exportaciones mexicanas. Sin embargo, la discusión más importante no está ocurriendo dentro de la sala de negociación, sino fuera de ella.

Existe una narrativa de complacencia que asume que el marco legal de un tratado es suficiente para garantizar la prosperidad. La realidad es más severa: ninguna cláusula del tratado, por bien negociada que esté, puede sustituir la productividad, la infraestructura, la certidumbre jurídica o el capital humano que México necesita para competir en la próxima década.

El éxito indiscutible de la integración norteamericana

Antes de cualquier crítica, hay que reconocer lo evidente: el TLCAN, y su evolución hacia el T-MEC, transformó la economía mexicana. Pasamos de ser una economía cerrada y dependiente del petróleo a convertirnos en uno de los principales socios comerciales de Estados Unidos. Las exportaciones manufactureras se multiplicaron, llegó inversión extranjera directa y se crearon ecosistemas industriales enteros. Pocos instrumentos de política económica han tenido un impacto tan profundo sobre el comercio, la inversión y el empleo formal.

Pero el tratado también mostró sus límites estructurales, y esos límites no se resuelven en una mesa de negociación.

Lo que está sobre la mesa en Washington

En la primera ronda, celebrada a finales de mayo en la Ciudad de México, los temas centrales fueron las reglas de origen del sector automotriz, acero, aluminio y seguridad económica regional. Esta segunda ronda incorpora agricultura y condiciones de competencia equitativa. Estados Unidos plantea elevar el contenido regional de los vehículos a 80% y exigir que al menos 50% de sus componentes sean fabricados en territorio estadounidense, exigencias que presionarían fuertemente a la industria maquiladora mexicana.

El reloj corre: los tres países deben decidir si renuevan el tratado. México y Canadá ya han expresado su disposición, pero la postura estadounidense genera incertidumbre, pues el presidente ha sugerido dejar expirar el acuerdo mientras mantiene aranceles activos contra sus socios comerciales.

En ese contexto de presión, es comprensible que toda la energía política esté concentrada en Washington. El error es pensar que de ahí depende todo.

El cambio de contexto: regreso de la geopolítica económica

El mundo en el que se gestó el libre comercio ya no existe. Cuando nació el TLCAN, predominaba la idea de que la apertura irrestricta era el camino natural al desarrollo. Hoy el contexto es radicalmente distinto: competencia estratégica entre Estados Unidos y China, subsidios industriales agresivos como el Inflation Reduction Act y el CHIPS Act, y una preocupación por la seguridad nacional vinculada a la resiliencia de las cadenas de suministro. Washington ya no diseña su política pensando en la eficiencia de los mercados; ahora busca el reshoring de cadenas de suministro, priorizando la reindustrialización de su propio territorio.

México sigue operando bajo las reglas tradicionales del libre comercio, mientras Estados Unidos piensa en términos de geopolítica económica.

Si no entendemos este cambio de paradigma, corremos el riesgo de llegar a la revisión del T-MEC con un mapa obsoleto para el entorno global actual.

El verdadero reto está dentro de nuestras fronteras

La gran paradoja es que los obstáculos fundamentales para el crecimiento de México no provienen de las exigencias exteriores, sino de las asignaturas pendientes que arrastramos al interior de nuestras fronteras. Hay seis factores estructurales que debilitan nuestra competitividad y que ninguna representación diplomática resolverá por nosotros.

Energía. La capacidad eléctrica del país es hoy uno de los principales cuellos de botella para la instalación de nuevas plantas industriales. Múltiples proyectos de nearshoring han encontrado en la falta de suministro eléctrico confiable, y en la incertidumbre sobre las reglas de inversión en el sector, un obstáculo insalvable que ningún artículo del T-MEC puede resolver.

Infraestructura y Agua. México requiere carreteras, puertos y ferrocarriles a la altura de una economía que aspira a ser la plataforma manufacturera de América del Norte. La crisis del agua ha dejado de ser un problema exclusivamente ambiental para convertirse en una restricción económica directa que frena nuevas inversiones en diversas regiones del país.

Capital humano. La demanda de ingenieros, técnicos especializados y trabajadores con capacitación avanzada supera con creces la oferta disponible. México forma pocos ingenieros en relación con su tamaño económico y los requerimientos de una industria moderna. Esta brecha no se cierra con una cláusula comercial.

Adopción tecnológica e innovación. México sigue compitiendo principalmente por costo de mano de obra, no por productividad ni contenido tecnológico. La vinculación entre universidades, centros de investigación y sector productivo es débil, y la inversión en desarrollo tecnológico ha sido históricamente insuficiente. El resultado es una economía que ensambla productos de alto valor, pero que genera poco de ese valor dentro de sus fronteras. El nearshoring que más le conviene al país (el de manufactura avanzada, electromovilidad y semiconductores) exige exactamente las capacidades tecnológicas que México no ha construido.

Calidad Institucional. La inseguridad jurídica, la corrupción y la violencia representan un impuesto implícito sobre la inversión. Las empresas que evalúan instalarse en México calculan ese costo antes de firmar cualquier contrato. Una negociación exitosa en Washington no baja ese costo.

La Figura 1 y la Tabla 1 ilustran con precisión la magnitud del rezago. En el Índice Global de Competitividad del Foro Económico Mundial, México ocupa el lugar 48 de 141 países en el indicador general, posición aparentemente razonable hasta que se desagrega. En infraestructura cae al lugar 54; en capital humano, al 89; en adopción tecnológica, al 74; y en capacidad de innovación, al 52. En todos los casos, Polonia, Malasia y Taiwán nos superan con claridad. Lo más revelador es el indicador de instituciones: México ocupa el lugar 98, frente al 60 de Polonia, el 25 de Malasia y el 24 de Taiwán. Esa brecha institucional no es un dato menor, es la raíz de casi todos los demás rezagos.

Índice Global de Competitividad (internet)

¿Por qué el nearshoring no ha transformado aún la economía?

La oportunidad es real. La reconfiguración de cadenas de suministro globales tras la pandemia y la guerra comercial entre Estados Unidos y China colocó a México en una posición privilegiada, en el papel. Sin embargo, los datos muestran que esa oportunidad se está aprovechando de manera parcial y desigual.

La razón es simple: el nearshoring no llega a donde no hay electricidad, agua, trabajadores calificados, ni seguridad. Llega a donde ya existe capacidad instalada, concentrando los beneficios en un número reducido de regiones y empresas, sin transformar la trayectoria productiva del país en su conjunto.

Aquí radica la distinción que más importa: el nearshoring no es una política económica; es una oportunidad económica. La política económica consiste en crear las condiciones para aprovecharla. Y esas condiciones se construyen en México, no en Washington.

Conclusión: aprovechar revisión para replantear prioridades

La revisión del T-MEC importa. Define las reglas de una de las relaciones económicas más relevantes del mundo y puede generar o destruir certidumbre para millones de empleos. Que México tenga una posición negociadora sólida, coherente y bien respaldada técnicamente es indispensable.

Pero sería un error histórico que el gobierno, el sector privado y la sociedad mexicana agotaran toda su energía en lo que ocurre en Washington, descuidando la agenda de transformaciones internas que nadie más puede hacer por nosotros.

Los tratados comerciales pueden abrir puertas. La competitividad nacional determina si somos capaces de cruzarlas.

México tiene frente a sí una oportunidad que difícilmente se repetirá en las próximas décadas. La pregunta no es si el T-MEC se renueva. La pregunta es si cuando esa puerta esté abierta, México habrá construido la capacidad para cruzarla. Hasta ahora, la respuesta honesta es que no. Y eso no lo negocia el gobierno en Washington.

Posición de cada país en el IGC (internet)

Análisis de especialistas de la Universidad Iberoamericana son presentados a nuestros lectores cada 15 días en un espacio que coordina el Departamento de Economía de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México.

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pablo.cotler@ibero.mx

El autor es profesor-investigador del Departamento de Economía.

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