
El 1 de julio se sabrá si el T-MEC se extiende 16 años o si continúa con revisiones anuales hasta 2036. Esa es la disyuntiva técnica. Pero hay algo que ya se sabe antes de esa fecha: la hipótesis del colapso no existe. El peor escenario es que el tratado siga diez años más.
Para entender por qué eso es una buena noticia hay que colocarse en el contexto correcto. El modelo de libre comercio que dominó durante décadas en América del Norte ya no existe. Lo que opera ahora es una lógica distinta, donde Washington antepone el empleo industrial doméstico, la reciprocidad arancelaria y el contenido regional por encima de la eficiencia global de las cadenas productivas. Ese es el mundo real en el que México negocia.
La premisa con la que México llegó a esta revisión no fue recuperar el modelo anterior. Fue garantizar que las exportaciones mexicanas mantengan mejores condiciones de acceso al mercado estadounidense que las de competidores como China, Vietnam o Corea del Sur. Es una distinción que parece menor pero no lo es: significa que la vara de medida cambió. El éxito no se mide contra un ideal de libre comercio que ya no opera, sino contra la posición relativa de México frente al resto del mundo. Y en ese parámetro, México y Canadá son los únicos países donde el 85 por ciento de sus exportaciones no pagan aranceles. Eso no es un detalle; es la ventaja competitiva que hay que proteger.
Las conversaciones no son fáciles. Los temas sobre la mesa incluyen aranceles automotrices, acero, aluminio y agricultura. Nadie lo ha ocultado. Pero hay una diferencia entre una negociación difícil y una negociación perdida. Marcelo Ebrard ha llevado esas mesas con propuestas propias y con interlocución directa con la contraparte estadounidense. Eso no es una postura defensiva; es la de un país que sabe lo que tiene y lo que quiere conservar.
Las armadoras y plantas tecnológicas basan sus planes de negocio en las reglas de origen vigentes. Si esas reglas cambian de forma anual, la incertidumbre jurídica frena la inversión industrial. Por eso la propuesta de acotar y excluir ciertos productos de las revisiones más frecuentes no es un gesto político; es una lectura técnica de lo que necesitan los inversionistas para tomar decisiones de largo plazo. El nearshoring que llega a México no busca condiciones perfectas: busca condiciones predecibles.
El T-MEC que emerge de este proceso no será idéntico al de 2020. Pero será un tratado vigente, administrable y con ventajas diferenciales que ningún otro país en el mundo tiene frente al mercado más grande del planeta. En política comercial, eso se llama una posición sólida.