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Víctor Alonzo Chávez Vega consolidó a GBIC como un grupo empresarial con presencia en infraestructura, telecomunicaciones, energía y tecnología, impulsando proyectos estratégicos para el desarrollo económico de México.

Víctor Alonzo Chávez Vega diversifica su presencia empresarial

El fundador de GBIC
El fundador de GBIC Cortesía

Hay trayectorias empresariales que no se cuentan en entrevistas ni en portadas, sino en obra. Se conocen por lo que dejan funcionando. Esa ha sido la ruta de Víctor Alonzo Chávez Vega, empresario michoacano de 34 años y fundador de GBIC, un grupo que hoy opera en infraestructura, telecomunicaciones, energía, construcción, seguridad, salud y una lista larga de servicios especializados.

Empezó en Michoacán, en una familia de origen humilde. Ese punto de partida no lo frenó; le dio, más bien, una idea muy concreta del trabajo: constancia, aprender sobre la marcha y no dejar pasar una oportunidad cuando aparece. Con los años, Chávez Vega fue trasladando esa forma de ver las cosas a una estructura empresarial que reúne compañías muy distintas entre sí, pero unidas por una misma apuesta: meterse en los sectores que el país necesita para funcionar todos los días y para crecer.

GBIC nunca se casó con una sola industria. Su expansión respondió a una lógica de diversificación que le permite entrar en proyectos de naturaleza muy variada y atender lo mismo al sector privado que a mercados regionales. Bajo el paraguas del grupo conviven telecomunicaciones, construcción de infraestructura, transporte y distribución de hidrocarburos, seguridad privada, servicios aéreos, ambulancias terrestres, estaciones de servicio, importación y exportación, además de iniciativas comerciales y de entretenimiento.

Entre las empresas y divisiones del grupo están GBIC Comunicaciones, Construcciones GBIC, Servicios Aéreos GBIC, Seguridad Privada GBIC y Ambulancias Terrestres GBIC. A eso se suman operaciones de movilidad, logística y abastecimiento energético. El conglomerado también ha volteado hacia el transporte de menores emisiones, con proyectos de estaciones de carga para vehículos eléctricos.

En lugar de tener cada compañía trabajando por su cuenta, el empresario armó un modelo en el que las áreas se prestan capacidades entre sí. Infraestructura, conectividad, transporte y servicios especializados funcionan como un ecosistema pensado para atender proyectos de mayor tamaño. Dentro de esa operación hay tres helipuertos y un aeródromo, que dan soporte a los vuelos, los traslados y la logística del grupo.

Uno de los proyectos que más peso tiene está en Morelia: una fábrica de fibra óptica. Es un giro con poca presencia todavía en México, y de ahí salen los materiales para instalar y ampliar redes de telecomunicaciones. Su producción no se queda en el país; una parte se va también a mercados de Latinoamérica.

Esa planta resume bien una de las obsesiones del grupo: que empresas mexicanas participen en cadenas productivas de alto valor tecnológico. La fibra óptica es pieza clave para dar más capacidad y velocidad a las redes, así que fabricarla toca directamente la modernización de la infraestructura digital y la posibilidad de llevar mejor conectividad a más regiones.

El comercio exterior redondea esa actividad. Por un lado, GBIC importa tecnología, equipo y materiales especializados de Asia; por el otro, empuja la salida de productos mexicanos al extranjero. En esa dinámica caben tanto la fibra óptica hecha en el país como productos de identidad regional, el mezcal entre ellos.

Para Chávez Vega, la conectividad es además una oportunidad para las empresas chicas que operan lejos de las grandes ciudades. Desde la Unión de Concesionarios de Redes Públicas de Telecomunicaciones ha participado en el fortalecimiento de 135 concesionarios repartidos por distintas zonas del país.

La idea es que esos operadores regionales puedan desarrollar, modernizar o ampliar sus redes. Para acompañarlos, una sociedad financiera de objeto múltiple ligada a GBIC ofrece esquemas de financiamiento pensados para empresarios del sector. El dinero suele ser el mayor cuello de botella para un concesionario local, sobre todo cuando toca comprar tecnología, desplegar infraestructura o llevar el servicio a comunidades de geografía complicada.

Así, el crecimiento no se queda dentro del conglomerado. También ayuda a formar una red de proveedores y operadores capaces de atender mercados que, por su ubicación o su tamaño, casi nunca reciben inversión suficiente. La conectividad regional termina moviendo otras cosas —la educación, el comercio, el acceso a información, la actividad productiva—, y por eso ampliarla se toma como una tarea de fondo para acortar la distancia entre comunidades.

El empleo es otro de los resultados de esa expansión. Según cifras del propio grupo, sus distintas áreas suman alrededor de tres mil puestos de trabajo directos. Por la variedad de giros, hay de todo: perfiles técnicos, operativos, administrativos, logísticos y especializados.

Algunas divisiones, además, tocan de cerca a la gente. Es el caso de las ambulancias terrestres, las operaciones aéreas y el respaldo logístico cuando hace falta una respuesta rápida. Ahí se ve que una estructura empresarial puede cumplir también una función social, cuando se pone a atender emergencias o a mover traslados especializados.

Con el tamaño que alcanzó el grupo, su fundador bien podría vivir bajo los reflectores. No es el caso. Chávez Vega ha mantenido un perfil discreto y su forma de dirigir se ha concentrado en lo operativo: planear, consolidar cada proyecto poco a poco. Antes que construir una imagen alrededor de su persona, ha preferido apostar por los resultados y por armar equipos capaces de sostener el crecimiento.

Esa discreción también es estrategia de largo plazo. Diversificar obliga a conocer mercados distintos, a medir riesgos y a cuidar que la expansión no ponga en jaque la estabilidad de la organización. En ese terreno, la innovación no se reduce a comprar tecnología nueva: es saber adaptar servicios, encontrar puentes entre industrias y moverse al ritmo del entorno.

Los próximos años no serán fáciles para los sectores donde juega GBIC. México tiene pendientes de sobra: ampliar sus redes de comunicación, modernizar infraestructura, mejorar la movilidad, incorporar tecnologías más eficientes y reforzar los servicios fuera de las grandes ciudades. Cada uno de esos pendientes es una puerta para empresas que puedan juntar experiencia técnica, músculo financiero y conocimiento regional.

Chávez Vega ve justo ahí la oportunidad de seguir con proyectos de conectividad, infraestructura y nuevas inversiones. El reto será sostener el equilibrio entre diversificar y especializarse, mantener una operación eficiente y lograr que el crecimiento se note en las regiones donde el grupo está presente.

A los 34 años, sigue en plena etapa de expansión. El conglomerado que arrancó desde Michoacán participa hoy en industrias que no se parecen en nada entre sí, de la fabricación de fibra óptica a los servicios aéreos y de atención terrestre. Más allá de cuántas empresas quepan bajo una misma estructura, lo que busca su proyecto es demostrar algo: que cuando los sectores colaboran, se generan empleos, se amplían capacidades productivas y se abren oportunidades para otras compañías.

Su historia entra en la de una generación de empresarios que entiende el desarrollo económico como un proceso que necesita infraestructura, tecnología y participación regional. Sin fórmulas mágicas ni ganas de figurar, Víctor Alonzo Chávez Vega sigue avanzando con una idea clara: construir organizaciones que duren, que cambien junto con su entorno y que aporten, desde varios frentes, al crecimiento de México.

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