
Cuarenta y dos kilómetros en el maratón número 42 con el hervidero deportivo en el Zócalo, con los símbolos del mundo metafóricamente recuperado de Tenochtitlán a 700 años de aquella su fundación, con la imagen correspondiente habitando la medalla de la ocasión en el diseño de la faz de Cihuacóatl, diosa dual, mujer serpiente para nacer y hacer la guerra.
Semicorrí apenas la cuarta parte, con la migraña de la ocasión. Me prometo en mi próximo cumpleaños concluirlo, en el año del Mundial de Futbol. Para acercarme así a la épica disciplinada de un par de decenas de miles quienes corrieron completa y exitosamente en este 2025.
El XLII Maratón de la Ciudad de México es uno de territorio, de calle por calle, como una analogía del esfuerzo enfático de los gobiernos del cambio de régimen, para acercarse a la gente como lo hace la titular del ejecutivo local, Clara Brugada, aplaudiéndoles en reconocimiento, además de a los premiados, a quienes arriban a la principal plaza comunitario-política de la nación.
Ocho horas de atletas y ciudadanía en el más concurrido evento deportivo donde los participantes son su propio campeón o campeona, dueños del espacio público de la mano de “el doble de extranjeros participantes en lo que es un récord”, subraya Brugada.
Paso seguro y seguridad disponible en la realidad y en la atmósfera. Por primera vez, una unidad móvil del Centro de Comando, Control, Cómputo, Comunicaciones y Contacto Ciudadano (C5) está presente en la ruta. El gesto aparentemente técnico, acompaña y revela un aparato de seguridad más sofisticado de videovigilancia ahora con un dispositivo de control cercano y de territorio, en acompañamiento de los corredores.
El maratón es disciplina, resistencia, constancia. Quienes lo corren, como los etíopes Gudeta Borech y Tadu Abate Deme, ganadores de la rama femenil y varonil, son maestros de la administración de la propia energía. Como con la seguridad: se gana día a día en la capacidad de sostener el paso, mantener el ritmo, resistir el desgaste e imponer la voluntad sobre el cuerpo de la amenaza. La victoria de José Frías y Brenda Osnaya en la categoría de silla de ruedas amplía aún más la metáfora: la ciudad es diversa y la vigilancia debe estar a la altura de todas y todos sin distinciones.
La decisión de llevar al maratón el C2 Móvil —una de las dos unidades del C5 equipadas con mástiles telescópicos para la visión de las cámaras de 360 grados— es un recordatorio de que la seguridad no puede confinarse en un búnker. Ese desplazamiento de perspectiva es clave para el gobierno de Brugada cuya marca política se ha forjado en territorio, no en escritorios.
Este 2025, la Ciudad de México sembrará 15 mil 200 nuevos tótems con 30 mil 400 cámaras, con un despliegue territorial acompañado de un trabajo comunitario que explica el ecosistema de atención de emergencias: el 9-1-1, el 089 para denuncia anónima, SOS Mujeres *765 o la Línea Antiextorsión 55 5036 3301. La socialización de estas herramientas es tan importante como las cámaras mismas en la colaboración permanente con la policía y el aparato de procuración de justicia. Antes que nada, previsión y cultura cívica, maratónicamente sublimada en el respeto fundamental al prójimo corredor.
El C5 ha iniciado brigadas para identificar zonas ciegas, puntos inseguros, calles donde las y los vecinos piden más cámaras para lo cual es indispensable la aportación empresarial y vecinal con equipos propios aun cuando fortaleceremos en la CDMX el sistema más robusto del continente.
Una urbe convertida en “gran pista urbana”, define Brugada. Para acompañar a 30 mil corredores y miles de asistentes hubo enorme esfuerzo logístico, institucional y empresarial. Por encima de todo, el dueño de la “Soledad del corredor de fondo”, el de todos los Allan Sillitoe, autor de la película —antes novela— del mismo año de nacimiento de quien por casualidad esto escribe.