
En 1973, un grupo de amigos de Economía de la UNAM hicimos un trabajo de campo en las comunidades de La Mira y Playa Azul, en Michoacán. En este último lugar, entonces un pueblecito con una playa virgen, nos encontramos con un par de jóvenes suizos, quienes nos pidieron un aventón hasta Pátzcuaro. En el camino, le preguntamos a uno de ellos qué era lo que más le había sorprendido de México. No dudó en su respuesta.
- La gran cantidad de propaganda política que hay.
Quedamos sorprendidos, porque era una respuesta poco común. Pero no habían pasado tres minutos cuando divisamos, en un monte, unas piedras pintadas de blanco y ordenadas para que, desde muchos ángulos, se leyera: LEA, las siglas del presidente Echeverría. Con los ojos más despiertos, notamos luego pintas que rezaban “CNC” o ”CNOP” y, ya en las poblaciones, un montón de bardas pintadas con consignas. Era una cosa apabullante. Nosotros sabíamos que había mucha propaganda gubernamental, pero no nos habíamos dado cuenta de lo avasalladora que era. En palabras modernas, habíamos normalizado una situación anómala.
De pequeño, recuerdo haber visto una barda en Guadalajara que decía: “Ciudadano: coopera al engrandecimiento de la patria aprendiendo a leer y escribir”. Me dio mucha risa. Años después entendí que el contrasentido no importaba, la cuestión era mantener la lluvia de propaganda (y que el transeúnte alfabeta recordara que había una campaña nacional de alfabetización).
Obviamente que no todo eran bardas y piedras pintadas de blanco. A principios de los años sesenta, el más importante noticiero de la televisión, el de Ignacio Martínez Carpinteiro, iniciaba indefectible con una frase que empezaba así: “El presidente Adolfo López Mateos…”. Décadas después, lo mismo sucedía con el noticiero nocturno del Canal 13. Recuerdo bien esta: “El presidente Miguel de la Madrid condenó enérgicamente el asesinato de Indira Gandhi, primera ministra de la India”. La noticia era la reacción del Señor Presidente, no el asesinato de una dirigente mundial.
“¿Quién a México da brillo? Don José López Portillo”, rezaba la cantaleta, mientras que los tiempos oficiales en la televisión nos hablaban de los grandes hechos de gobierno y dejaban en los espectadores la impresión de que el país estaba nadando en petróleo, y la prosperidad estaba a la vuelta de la esquina. Una parte nada desdeñable del pueblo compró la primera parte de la propaganda, y todavía se la cree, lo que me recuerda una frase de Unamuno: “A un pueblo no se le convence sino de aquello de que quiere convencerse”.
No cambiaron mucho las cosas (aunque sí los precios) durante el sexenio de Miguel De la Madrid. Otra vez me tocó escuchar el comentario de un visitante extranjero a la Ciudad de México, esta vez acerca de lo vacías y cantinflescas que eran las frases del mandatario en turno, pintadas en las bardas. A él le parecieron graciosas; a mí, no. MMH no se detuvo ahí, hacia el final del sexenio, su gobierno lanzó una campaña para hablar bien el español. Los salarios reales estaban a la mitad de cuando empezó su administración, y en la tele regañaban a la gente por decir “chale”.
¿Alguien puede declararse inmune a este aguacero de propaganda? Yo no. Te salvas de algunas, las que puedes identificar, pero no de todas. Una ocasión, en los años 80, mientras veíamos la tele, mi hijo mayor, todavía un niño pequeño entonces, me preguntó por qué en México no había guerras como en tantos otros países. Lo primero que me salió de la boca fue: “por el PRI”. Y eso que era opositor de izquierda: no fue algo pensado, sino absorbido a lo largo de los años. Así como eso, muchas otras cosas.
Sobra decir que la característica mexicana de lanzar a la población una gran cantidad de propaganda política, centrada en las virtudes del partido en el poder y el jefe del Ejecutivo, sigue vigente. Si acaso pudimos encontrar un ligero declive de sus efectos en los tiempos de democracia con competitividad electoral, no fue por falta de voluntad de los gobernantes, ni por disminución en la cantidad, sino porque la creciente pluralidad de la sociedad la hizo menos efectiva. En el sexenio de Peña Nieto, la propaganda era más bien a la defensiva, aunque no faltara algún intento de faul rudo: empezó con lo de “contemos también lo bueno”, para pasar a “ya chole con tus quejas” y, al final, desesperados era: “hagamos bien las cuentas, es al revés”.
Todo el tiempo la propaganda ha servido para endulzar el camino enlodado de la política.
“Para convertirse en amo, el político se finge servidor”, declaró alguna vez Charles De Gaulle. Eso, más la verdad unamuniana de que al pueblo no se le convence sino de lo que quiere convencerse, se tradujo, desde hace siete años, en otro vendaval propagandístico, que usa todo tipo de medios y redes sociales, y que daría para varias columnas. Barriendo de arriba para abajo se acaba la corrupción, porque primero los pobres, y los pueblos originarios en el país más democrático del mundo (cuyo gobierno, por cierto, acaba de tomar el control mayoritario del órgano electoral), la austeridad republicana que combate a los privilegiados, y un largo etcétera. La novedad es que una buena parte de esa propaganda se hace intentando desmentir hechos comprobados y otra, minimizándolos de una manera ridícula para un observador racional e imparcial.
Esta columna es en reconocimiento-homenaje al Tren Suburbano Buenavista-AIFA, recién inaugurado de verdad. Habrá quien haya creído que se inauguró hace cuatro años, porque vio el video de AMLO y está convencido de que Andrés Manuel no miente, no engaña y no traiciona.
Twitter: @franciscobaez