Opinión

2026: propósitos y despropósitos

2026

Cada inicio de año reactiva una liturgia conocida: listas de buenos propósitos, balances hacia atrás y hacia delante de nuestras vidas, promesas formuladas con la seriedad de quien cree que el calendario posee una virtud moral. Se habla de propósitos como si el tiempo fuera una sustancia obediente, dispuesta a enderezar por sí sola aquello que no obtuvimos, o que deseamos reparar y mejorar con respecto del pasado inmediato. Enero vuelve a presentarse como un espacio liminar: de un lado, lo indeseable; del otro, la promesa de un nuevo comienzo.

Cambia el número -2026 ahora- pero no el gesto que se repite año con año. Como si el paso de diciembre a enero instaurara una frontera real entre lo que fuimos y lo que seremos, cuando en realidad el tiempo es menos una línea recta que un laberinto insondable. El año nuevo no inaugura nada por sí mismo, pero ofrece un buen pretexto. Y en ese pretexto se cuelan tanto los propósitos como sus inevitables despropósitos.

Enero se presenta como un umbral simbólico donde todo parece posible, incluso la ilusión de que el año nuevo nos concederá una versión más ordenada de nosotros mismos. Sin embargo, esa fe en el arranque suele ocultar una trampa: confunde el deseo con la realidad, la intención con la transformación.

El tiempo no es un aliado dócil. Jorge Luis Borges lo advirtió con insistencia al desmontar la noción de un tiempo lineal y progresivo. El tiempo no progresa, se repite, se pliega, se contradice. Lo decisivo no es el año que comienza, sino el criterio con el que asumiremos y administraremos el paso del tiempo, en algo más bien abstracto que sólo por una convención del almanaque lo asumimos como una “nueva etapa”.

Los propósitos tienen mala fama, y no sin razón. Suelen nacer de una mezcla de culpa retrospectiva y optimismo apresurado. Son hijos de un diagnóstico simplista: todo lo que ayer falló, mañana habrá de corregirse. Roland Barthes, en La preparación de la novela, advertía contra la ilusión de los comienzos absolutos. Todo inicio, decía, es siempre un reinicio; una continuidad disfrazada. El año nuevo no es una hoja en blanco: es una página más en un libro ya escrito en parte, con márgenes cada vez más estrechos para asentar en sus páginas la caligrafía de la improvisación.

Conviene detenerse ahí. No todo lo deseable es posible, ni es sostenible como un mero acto de la voluntad. La frase “nada es imposible si se le desea con fuerza”, es una forma ingenua e irracional de la fe. Actúa en el mejor de los casos en un campo imaginario, no en las trincheras de lo real. Por ello, los propósitos de año nuevo son menos una promesa que un síntoma. No expresan precisamente lo que haremos, sino lo que ignoramos de nosotros mismos y de un mundo exterior donde nuestra voluntad tiende a diluirse. Más que una meta, el propósito es una queja, un reproche que le formulamos al tiempo transcurrido.

Los “buenos propósitos” sobredimensionan las expectativas y le exigen al año que comienza una capacidad casi redentora. Que repare lo que se dañó, que acelere lo que se postergó, que corrija lo que se desordenó. En esa lógica, le adjudicamos al calendario un poder que no le pertenece.

Los buenos propósitos abren demasiados frentes. No amplían el horizonte, lo fragmentan; no ordenan el deseo, lo magnifican, y el deseo -sostiene la tradición budista- nos esclaviza. El despropósito no es el fracaso del propósito, es su sombra natural. Donde hay una promesa mal pensada, hay casi siempre una cadena de actos que la contradicen. Decir “este año sí” opera como un tranquilizante simbólico, y menos como una hoja de ruta trazada en el horizonte brumoso de nuestro libre albedrío.

Ítalo Calvino, en Seis propuestas para el próximo milenio, defendía la levedad como un recurso necesario de la literatura y de la vida: quitar peso a lo superfluo para permitir que lo esencial se sostenga. Trasladada al inicio de 2026, la levedad a la que aludía Calvino no implica frivolidad sino precisión. Menos frentes abiertos, menos urgencias artificiales, menos explicaciones innecesarias. Lo que permanece de un año a otro importa tanto o más que aquello que de desvanecerá o mutará en el porvenir inmediato. En todo caso no se trata sobrecargar al 2026 de objetivos, deseos y aspiraciones, sino de aligerarlo de las distracciones que aspiran a cambiarlo todo: de nuestro peso en la báscula a los dígitos de nuestra cuenta bancaria, de la prosperidad familiar a los saldos pendientes con las deudas del amor.

Pensar el año nuevo como una secuencia de decisiones pequeñas, sostenidas y a veces invisibles, exige una renuncia previa: abandonar la idea de que todo debe comenzar con la promesa de una revolución, cuando las revoluciones -lo sabemos- conducen siempre al callejón de los sueños rotos.

Los propósitos de año nuevo pueden ser un despropósito si apelan a la motivación personal como impulso voluntarioso, eco y remedo de los manuales de autoayuda. La frase, “hoy me propongo ser mejor y lo decreto” encierra un engaño cuando esa aparente evolución supone otro dictamen, “hoy me propongo dejar de ser quien soy”. Entusiasmo volátil y banal carente de la estructura que permite las repeticiones, la rutina sin heroísmos, y, sobre todo, la conciencia de un presente continuo, despojado de las promesas del futuro, y liberado de los descalabros del pasado.

El pensamiento de largo plazo consciente de su historicidad -tan poco atractivo a la urgencia coyuntural de los buenos propósitos- es el gran ausente en la medianoche del 31 de diciembre ausente de enero. Se promete cambiar en los próximos doce meses lo que se solidificó en décadas. En ese punto el despropósito no es no cumplir el propósito, sino haberlo formulado sin consideración por el tiempo transcurrido, ni por la experiencia acumulada.

Hay, además, un despropósito más sutil: confundir movimiento con avance. La hiperactividad se presenta como virtud, cuando en realidad suele ser una forma sofisticada de la dispersión. Se hacen muchas cosas, pero pocas se concluyen; se abren frentes que no se sostienen; se acumulan tareas que no responden a una dirección clara ni a una necesidad vital. Walter Benjamin, en sus tesis sobre la historia, advertía contra la ilusión del progreso automático. Avanzar no es desplazarse hacia un tiempo necesariamente mejor, sino otorgarle un sentido inteligible al trayecto. Los despropósitos no son simples errores de cálculo, sino síntomas de una relación ansiosa con el tiempo

Hay que desconfiar siempre de la ilusión del comienzo absoluto. Todo inicio está atravesado y contaminado por lo anterior. No se empieza desde cero, en todo caso se reorganiza lo que ya existe. No se trata de prometer una transformación radical, sino de diseñar condiciones mínimas para que los cambios se verifiquen. La constancia, a diferencia de la motivación indulgente, no depende del estado de ánimo, ni del credo del “yo sí puedo”, sino del diseño complejo e inteligente de nuestra voluntad traducida al lenguaje de lo cotidiano.

Hay, además, una dimensión temporal que los propósitos suelen ignorar. El año se concibe como una unidad cerrada, cuando en realidad es apenas un segmento arbitrario. En contraste, el verdadero propósito -si todavía queremos usar la palabra- podría ser la simplificación de las metas. Reducir el ruido, las urgencias artificiales, las decisiones reactivas. Elegir menos no es empobrecer la experiencia, sino densificarla. En un mundo saturado de estímulos, la renuncia selectiva de lo que está por hacerse se convierte en una forma de la inteligencia. Decidir qué no hacer es tan importante como decidir qué sostener.

Cuando se viene, además, de un descalabro emocional mayúsculo, estas ideas adquieren otra densidad. La tentación inmediata suele ser la del impulso: actuar donde ya no hay escenario, hablar de más cuando lo que hay es un monólogo, rehacer de prisa lo que todavía está en ruinas. Sin embargo, también ahí el criterio importa más que el deseo mismo. La reconstrucción individual no se produce por acumulación de preguntas, sino por reordenamiento interno. Decidir qué vínculos simbólicos se conservarán, qué narrativas del pasado deberá abandonarse y qué silencios convendrá sostener, es una forma de trabajo invisible pero decisiva en el cruce de un año al otro. No todo cierre necesita palabras; algunos necesitan únicamente un poco de estructura para transitar a lo nuevo.

Los despropósitos de 2026 no vendrán de la falta de propósitos, sino de su mala formulación. El inicio del año ofrece una oportunidad más sobria: reordenar, reducir, diseñar, sostener. Menos ruido, menos promesas, más intención. Entre los propósitos y su reverso, los despropósitos, lo que queda es el ejercicio paciente de elegir, estructurar y habitar el tiempo presente. Todo lo demás pertenece al calendario, un constructo social al que solemos aferrarnos de más.

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