
Donald Trump consolida su récord de candidato presidencial y presidente en activo con más intentos de magnicidio de la historia de Estados Unidos. Hasta cuatro veces han intentado matar al mandatario republicano y en todas salió ileso, excepto en el primer atentado, cuando un francotirador le disparó durante un mitin de campaña y resultó herido en la oreja porque en el último segundo giró la cabeza, algo que el magnate populista entendió como una señal de que es “el elegido y el protegido del Señor”.
Cualquier intento de magnicidio no solo debe ser condenado en los términos más firmes, sino que provoca un terremoto en un país ya de por sí extremadamente polarizado y donde la violencia política forma parte de la cultura nacional, alimentada por la anomalía de ser el país con más armas por persona del mundo y donde más personas mueren por impacto de bala.
Además, un magnicidio fallido puede provocar el efecto inverso del esperado por el agresor. La imagen de Trump, con sangre en la cara y gritando a sus seguidores “fight, fight” (“luchen, luchen”), disparó su popularidad y ayudó a su contundente victoria en las elecciones de noviembre de 2024.
Algo parecido le ocurrió en 1981 al también republicano Ronald Reagan, quien resultó herido en un pulmón en un atentado cuando saludaba a seguidores a la salida del hotel Hilton de Washington, precisamente el mismo donde el profesor de California Cole Allen intentó sin éxito la noche de este sábado matar a Trump y a todo su gabinete, durante la Cena de los Corresponsales.
La imagen de Reagan en el hospital, optimista y bromeando con médicos y enfermeros —“espero que todos sean republicanos”—, generó simpatía pública y reforzó su imagen de liderazgo. Su aprobación subió notablemente en las encuestas en los meses posteriores e influyó en su reelección en 1984, en unas elecciones en las que ganó en 49 de 50 estados; solo perdió en el estado natal de su contrincante, el demócrata Walter Mondale.
Sin embargo, el conservadurismo compasivo de Reagan —concedió la ciudadanía a tres millones de inmigrantes indocumentados— es diametralmente opuesto al conservadurismo xenófobo y agresivo de Trump. De igual manera, la manera de reaccionar tras sufrir un atentado ilustra la deriva fanática y divisionista del actual mandatario, frente a la de su antecesor hace 45 años, pese a que en ambos momentos la popularidad de ambos estaba marcada por la inflación y el descontento social.
Reagan nunca usó su atentado para generar división y mucho menos para acusar a la “izquierda lunática” de haber intentado matarle y de haber sobrevivido milagrosamente gracias a una intervención divina. Por el contrario, Trump aprovechó la agresión en plena campaña para decir “fue Dios quien evitó que una bala me matara”, para pedir a los votantes que “este ataque es un recordatorio de lo que nos enfrentamos: odio y violencia de quienes quieren silenciarnos”, y finalmente acabó endureciendo su discurso en sucesivos mítines advirtiendo a los estadounidenses que “no podemos permitir que la izquierda lunática destruya nuestro país”.
En este tercer intento de atentado contra Trump —el segundo ocurrió también en campaña cuando un agente del servicio secreto vio un fusil oculto en un arbusto mientras el candidato jugaba al golf—, el presidente no ha tardado ni 24 horas en decir que el agresor actuó motivado por su “odio profundo contra los cristianos”.
Sin embargo, la estrategia de victimización sectaria de Trump y de ahondar en la división de la sociedad entre “nosotros los buenos y ellos los malos” puede que ahora no le funcione de cara a las elecciones de medio término de noviembre, donde peligra la mayoría republicana en las dos cámaras del Congreso.
Desde luego le servirá para reforzar el voto ultra y del movimiento MAGA, pero las últimas encuestas de popularidad han batido su propio récord de desaprobación —67 %—, impulsado por el descontento con una guerra que los estadounidenses no ven como suya (fue impuesta por Israel) y por la subida del precio del combustible, mientras que si desglosamos la intención de voto hay señales alarmantes, como la brusca caída de apoyo entre los hispanos y los independientes.
El problema es que si el “factor atentado” no le funciona esta vez, Trump podría radicalizarse aún más y llevar la polarización social a una situación límite. En la campaña electoral estadounidense, siete meses son una eternidad, y más si quien lidera la nación está dando señales preocupantes de perturbación mental y generando odios, como el del profesor Cole Allen, quien en el manifiesto que envió a su familia confesó que no está dispuesto a permitir que un “pedófilo, violador y traidor” actúe en su nombre.
Para empezar, hay muchas cosas que no son normales en Estados Unidos. No es normal que un presidente haya sufrido tres intentos de asesinato, como tampoco lo es que el agresor haya podido tranquilamente hospedarse en el hotel donde se celebró el evento con todo el gobierno de Trump, sin que nadie se percatase de que metió en su habitación armas y sin arcos detectores de metales.
Tampoco es normal que el presidente indulto y llame “patriotas” a los que asaltaron el Capitolio para que no reconocieran la victoria de Joe Biden, que encierre a niños migrantes de cinco años o que cuelgue fotos de él mismo convertido en Papa o en Jesucristo.
Si Trump sigue alimentando la polarización en la sociedad, la probabilidad de que ocurra otro atentado es elevada, y si el presidente es asesinado, la probabilidad de que el país, que ya es un polvorín, acabe siendo arrastrado a una segunda guerra civil también es muy alta.
Qué lejos queda la imagen de unidad nacional tras el asesinato del presidente Kennedy.