
Cursaba el último año de la licenciatura en Derecho, y quería dar clases. Con el desparpajo propio de la juventud, me acerqué con el Dr. Salvador García Alcocer, titular de la materia de Teoría General del Proceso, y me ofrecí a apoyarle como adjunto. Tuvo la gentileza de aceptar.
Esto sucedió allá por 1996. Y desde entonces inicié en la docencia, sin dejarla hasta la fecha.
Tres son las actividades que más me gustan: leer, escribir y dar clase; evidentemente las tres se relacionan de manera íntima, pues quien lee siente la necesidad de transmitir lo aprendido, y quien da clase sueña con escribir un libro. Yo he tenido la suerte de lograr las tres cosas, y por ahí, por el mundo, vagan algunos libros míos a los que les deseo que sean útiles.
Inicié como profe cuando aún se usaban proyectores de transparencias, por ahí debo de tener las primeras que use. Y tuve la fortuna de ser muy joven docente en posgrado, de forma que buena parte de mi grupo era de mayor edad, eso me permitía aprender de otras experiencias.
Me enseñaron que una clase tiene tres momentos: el primero, cuando recapitulas lo que se vio en la sesión anterior; el segundo, en el que se da la exposición del tema que corresponde; y el tercero, en que anuncias el asunto que se verá en la siguiente ocasión. Me sigue pareciendo una división válida y, sobre todo, útil.
Y lo anterior debe ir acompañado de una preparación sistemática, de un conocimiento real de la materia. No dar clase de lo que no se conoce.
Aprendí de las y los docentes de excelencia. Pero confieso que también aprendí de los malos, y tal vez más de estos, porque cuando uno se fija mucho en sus ídolos tiende a la imitación, lo que impide el desarrollo de la propia personalidad.
De los malos docentes (y lo uso en masculino porque no recuerdo una profesora mala) tomé nota de lo que no quiero ser: un profe que ponga el grado como valladar, que use el conocimiento para presumir, y que se sienta más inteligente que sus estudiantes.
En una entrevista Jorge Luis Borges contó que su padre le dijo “nadie puede enseñarle nada a nadie”. No sé si la frase sea correcta, pero, particularmente en las clases de Doctorado, me parece que es cierto que la función que tengo es la de mostrar algunas ideas, textos, corrientes, y dejar que las y los estudiantes escojan su camino, que desde luego puede ser distinto del mío.
En licenciatura, me parece que sí se debe enseñar en el sentido clásico, pues quienes la cursan deben aprender las bases de una disciplina, el manejo de cierto lenguaje y el entendimiento de unas relaciones que le son totalmente nuevas.
No creo en docentes que quieren alumnos eternos, más como seguidores que como iguales. Me emociona cuando me topo con antiguos estudiantes que comparten conmigo un foro, en el que debatimos en absoluto pie de igualdad.
Hoy, apenas un día después del Día del maestro y la maestra, quiero agradecer a todas las personas que me formaron. Algunas tienen nombre y apellido, otras son apenas un rostro borroneado, pero todas son queridas y para todas tengo un profundo respeto.
Gracias a quienes me enseñaron. Gracias a quienes me dejan aprender a su lado.