Opinión

México no tiene una crisis de emprendimiento.

Ángel Virgilio Estrada Berlanga
Ángel Virgilio Estrada Berlanga Especial

El verdadero reto no está en abrir más negocios, sino en construir organizaciones capaces de sostener criterio, estructura y dirección cuando la presión vuelve incómodas las decisiones correctas.

México no está fracasando porque la gente emprenda. Está fracasando porque hemos romantizado iniciar negocios mucho más de lo que exigimos prepararnos para sostenerlos.

Hoy emprender se vende como símbolo de independencia, estatus y éxito. Las redes sociales están llenas de discursos sobre crecer rápido, vender más, escalar y “ser tu propio jefe”. Incluso las plataformas digitales ya clasifican “emprendedor” como una identidad aspiracional.

Pero construir una empresa y mantenerla viva en el tiempo exige algo mucho menos popular: estructura, disciplina y capacidad de dirección cuando la complejidad deja de ser emocionante y comienza a exigir criterio.

Y ahí empieza el verdadero problema.

México crea negocios casi al mismo ritmo con el que los pierde. De acuerdo con el Global Entrepreneurship Monitor, 19.4% de los adultos participa en actividades emprendedoras. Al mismo tiempo, datos del INEGI muestran que entre 2019 y 2023 nacieron cerca de 1.7 millones de establecimientos y desaparecieron alrededor de 1.4 millones.

Eso significa que el país genera movimiento empresarial constantemente, pero construye muy pocas organizaciones capaces de permanecer en el tiempo.

Durante años insistimos en la misma solución: más financiamiento, más incubadoras, más crédito y más apoyo al emprendimiento. Como si el principal reto empresarial fuera abrir negocios. Pero abrir nunca fue la parte más difícil. Lo verdaderamente complejo es sostener una organización cuando el crecimiento supera la intuición del fundador.

Porque emprender y construir empresa requieren habilidades completamente distintas.

Muchas personas comienzan negocios porque necesitan sobrevivir, porque nacieron sin oportunidades o porque el trabajo formal nunca fue suficiente. El problema no es empezar así. El problema aparece cuando la empresa crece y el fundador permanece exactamente igual. Llegar sin preparación puede ser una condición. Negarse a evolucionar ya es una responsabilidad.

Con los años entendí algo incómodo: la mayoría de las empresas no mueren el día que se quedan sin dinero. Empiezan a deteriorarse mucho antes.

Mueren cuando comienzan a normalizar decisiones mediocres. Cuando la urgencia reemplaza el criterio. Cuando se oculta información incómoda para sostener una apariencia de estabilidad. Cuando el fundador empieza a administrar emociones en lugar de enfrentar la realidad. Cuando vender más se vuelve más importante que entender si la empresa realmente está generando valor.

El problema es que, mientras todavía exista dinero entrando, el deterioro puede permanecer oculto durante años.

Por eso existen empresas que continúan creciendo mientras internamente ya comenzaron a fracturarse.

He visto negocios celebrar incrementos de ventas mientras destruían margen en silencio. Organizaciones creciendo en ingresos mientras perdían liquidez. Empresas expandiéndose mientras deterioraban su operación, su talento y su flujo.

Porque crecer no siempre fortalece. Muchas veces solamente amplifica el desorden.

Y ese es uno de los errores más peligrosos de la cultura empresarial contemporánea: confundimos crecimiento con madurez, movimiento con construcción y ventas con viabilidad.

Hay empresas que venden mucho sin haber desarrollado todavía capacidad operativa real. Empresas que expanden sucursales sin entender verdaderamente sus costos. Empresas que consiguen financiamiento sin haber construido capacidad administrativa suficiente.

En América Latina existen organizaciones con años de ventas que todavía operan como extensiones emocionales del fundador.

No siempre estamos viendo crecimiento. Muchas veces estamos viendo deterioro aplazado.

Hay empresas que crecen más rápido de lo que madura su dirección. La complejidad organizacional avanza más rápido que la capacidad de sostenerla. Y entonces ocurre algo silencioso: la empresa empieza a financiar su propio desgaste.

Mientras todavía exista efectivo, el deterioro puede confundirse con expansión.

Y cuando finalmente aparecen las crisis externas —inflación, crédito caro, desaceleración, presión competitiva o volatilidad cambiaria— normalmente el problema se interpreta mal. Primero se culpa al entorno.

Pero el entorno rara vez destruye empresas sanas. Lo que hace es acelerar fracturas que ya existían.

La mayoría de las empresas no colapsan porque el mercado las traicione. Colapsan porque crecieron sin desarrollar capacidad organizacional real.

El problema rara vez es únicamente financiero. Es la incapacidad de sostener dirección cuando la presión comienza a superar emocionalmente a la organización.

El Banco Mundial ha insistido durante años en que las brechas de productividad en pequeñas y medianas empresas no se explican únicamente por acceso al financiamiento. También intervienen factores de gestión, operación, información, competencia e instituciones.

Dicho de forma más directa: los problemas externos golpean con mayor fuerza a las empresas internamente desordenadas.

Porque la empresa no existe aislada. Existe dentro de un sector, dentro de una economía y dentro de una estructura específica. Y cuando esas dimensiones se desalinean, el riesgo deja de ser teórico.

Durante mi investigación doctoral sobre insolvencia empresarial, analizando empresas públicas a lo largo de más de dos décadas, encontré algo importante: la quiebra rara vez depende de una sola variable.

Intervienen factores financieros —rentabilidad, liquidez, endeudamiento y flujo—, así como factores no financieros —tamaño, crecimiento y edad—; variables macroeconómicas —tipo de cambio, condiciones de mercado y riesgo país—; además de dinámicas sectoriales que modifican completamente el nivel de exposición.

Pero detrás de todas esas variables aparecía constantemente el mismo patrón: organizaciones que crecieron sin desarrollar suficiente capacidad para sostener complejidad.

Gran parte de nuestras empresas nunca fueron construidas para desarrollar instituciones sostenibles. Fueron construidas para sobrevivir el mes.

Esa lógica puede mantener vivo un negocio. Difícilmente construye una empresa capaz de sobrevivir una década.

Todavía hay una enorme cantidad de negocios funcionando sin estructura real: empresas que no entienden sus números, que mezclan finanzas personales con operación y que dependen excesivamente de la intuición del fundador.

Eso no necesariamente impide abrir negocios. Pero sí limita brutalmente su capacidad de permanencia.

Porque sin estructura no existe empresa. Solo existe actividad.

Aquí es donde muchos empresarios intentan resolver con dinero lo que en realidad es un problema de dirección. Pero el financiamiento no corrige el desorden operativo. Muchas veces simplemente lo amplifica. El crédito puede acelerar el crecimiento. También puede acelerar los errores.

Y esa es una de las grandes contradicciones del emprendimiento moderno: muchas empresas mueren no porque crecieron poco, sino porque crecieron más rápido de lo que aprendieron a sostener.

Después de analizar variables financieras, operativas, sectoriales y macroeconómicas durante años, apareció una constante imposible de ignorar: la capacidad —o incapacidad— de sostener decisiones correctas cuando la complejidad deja de ser cómoda.

A eso lo llamo El Quinto Elemento. No es una habilidad emocional ni una frase motivacional. Es una capacidad organizacional de dirección bajo presión.

No reemplaza el flujo, el margen, la liquidez ni la operación. Las alinea.

Es la capacidad de mantener criterio cuando las decisiones correctas dejan de ser populares, cómodas o rentables en el corto plazo.

El Quinto Elemento es reducir gastos antes de que el ego lo impida. Es profesionalizar la organización antes de que el desorden obligue. Es entender que vender más no siempre significa estar mejor. Es rechazar expansión cuando la estructura todavía no puede sostenerla. Es dejar de administrar emocionalmente la empresa.

Muchas organizaciones no fracasan por falta de inteligencia. Fracasan porque sus fundadores ya no pudieron sostener la complejidad que ellos mismos crearon.

Y ahí es donde la conversación deja de tratar sobre emprendimiento.

Las economías no se transforman únicamente cuando más personas logran vender algo. Se transforman cuando desarrollan instituciones capaces de sobrevivir más allá del fundador, más allá de la presión y más allá de la urgencia del corto plazo.

Porque abrir negocios puede tomar semanas. Construir organizaciones capaces de sostener dirección durante generaciones requiere algo mucho más escaso: criterio.

Sobre el autor

Ángel Virgilio Estrada Berlanga es empresario, investigador y doctor en contabilidad. Su trabajo se centra en analizar los factores financieros, operativos, sectoriales y macroeconómicos asociados a la insolvencia y permanencia empresarial en México. Es autor del modelo El Quinto Elemento, una propuesta que plantea la capacidad de sostener decisiones correctas bajo presión como una variable determinante en la supervivencia de las organizaciones.

Tendencias