
Cada vez es más innecesario repetir el lugar común en relación con la FIFA cuya autoridad marca modas, voces, tonos, colores, destinos y designios: supera a la ONU en número de afiliados.
¿Y?
Su presencia global no tiene mayor importancia, excepto por una cosa: a diferencia de las Naciones Unidas la FIFA manda y los demás obedecen. A la ONU nadie le hace caso.
El control de la Federación Internacional de Futbol Asociación sobre el espectáculo y la comunicación global a través de televisoras, satélites, plataformas y demás medios de divulgación, es eficiente, implacable, certero y despiadado.
La FIFA tiene, indirectamente, influencia y a veces control sobre los gobiernos de los países cuyos políticos se disputan (muchas veces con beneficio propio) los favores del populismo deportivo.
El balón –y la corrupción esférica-- mueven, montañas porque a fin de cuentas la obsesión por el espectáculo deportivo --no por el deporte, sino por el Estadio-Lounge y la mercadotecnia ubicua--, es sólo eso: un fanatismo aprovechable con el cual los políticos entretienen a sus ciudadanos a veces hasta con pretextos pueriles como ese llamado “mundial social” ahora anunciado por el gobierno de México.
Esa socialización implica adaptar 4 mil 208 canchas para practicar futbol. ¿Quién regará el césped o el terregal? No hay dinero para vigilar las 194 zonas arqueológicas registradas por el INAH, como Teotihuacán, por ejemplo, ¿y ahora se van a hacer 74 “mundialitos” y 7 copas?
Pero a pesar de todo este entusiasmo a remolque de la competencia mercantil, la participación real de México en esta copa del mundo es raquítica: nada más se realizará aquí el 10 por ciento de los juegos. Y para acabarla, el equipo verde (o morado) se encamina, otra vez, al fracaso de la media tabla. Nos conformamos con la trivia del Guiness: el estadio es único en el mundo con tres inauguraciones; “Pacomemo” jugará su sexta copa, etc... Pura baba de loro.
La FIFA tiene grandes capacidades políticas, ejecutivas y mercantiles. Su negocio implica –al menos para este año— un movimiento económico y comercial cercano a los 80 mil millones de dólares. Sólo en sus arcas se mueven para este certamen, 2 mil 661 millones de dólares, de acuerdo con su informe de 2025.
“...La cifra, superior a lo presupuestado, confirma su fuerza a un año de la Copa Mundial 2026, que se perfila como el evento deportivo más relevante del planeta en términos de negocio y audiencia...”
Si México queda entre los lugares 5° y 8° puesto recibirá 19 millones de dólares. Por debajo del trigésimo tercer puesto, nada más 9. La mediocridad de todos modos gana.
Con esa potencia económica la federación internacional, en el sentido exacto de la palabra, dicta comportamientos a los gobiernos de los países sede, pero también a otros. Por su decisión Rusia ha quedado fuera del torneo y también por su inexplicada mudanza se autorizó a última hora la participación de la República Democrática del Congo (parece chiste), cuya inclusión había sido vetada por la corrupción de los dirigentes africanos.
Sin embargo, y por sorpresa (ahora diríamos a pesar del Ébola), hace poco se divulgó esta noticia:
“...la FIFA tomó una medida inesperada que modifica el escenario de las Eliminatorias africanas. En ese sentido, el organismo levantó la suspensión que pesaba sobre la Federación Congoleña de Fútbol y habilitó a su selección para continuar con el proceso clasificatorio.
Los malos manejos de la FIFA, históricamente comprobados desde el tiempo ya lejanos de Joao Havelange, compadre de la televisión mexicana y su federación de futbol, no le impiden aliarse siempre con las buenas causas y presumir su buena conciencia.
Por eso se ha declarado –entre otras cosas--, en contra del llamado grito “homófobo” usado por los mexicanos para distraer y poner nervioso al arquero del equipo rival, a quien --sin conocimiento real de sus preferencias-- le gritan peyorativamente ¡EEEE... PUTTOOO!, con un escándalo lúdico y de relajo pachanguero sin fines probadamente discriminatorios.
Los mexicanos, ansiosos por acudir al alarido en los estadios, no podrán putear a los porteros, pero tampoco usar máscaras de lucha libre como ha acostumbrado el folclore de sombrerotes, mascotas (axolotes incluidos) cornetas, banderas gigantes, punteros de láser (tampoco) y silbatos ¿El pretexto? la seguridad. Cuando no hay razón para algo, siempre se invoca la seguridad.
El control de la FIFA impide –además--, hasta el uso del nuevo nombre del estadio. Banorte le financió al grupo Ollamani la renovación del vejestorio con 2 mil 300 millones de pesos y el nuevo bautizo del Azteca.
Sí, pero hasta después del mundial, cuando su inversión ya no se divulgue por el mundo, pues la inauguración se calcula en 5 o 6 mil millones de espectadores. El planeta tiene 8 mil 500 millones de habitantes.
Para todos ellos el estadio se llamará, Ciudad de México.
La codicia y la corrupción no frenan el balón. Con el apoyo irrestricto del gobierno (sea de derecha, neoliberal o populista), la FIFA se asocia con cualquier régimen e impone sus condiciones por encima de cualquier soberanía en el juego bifronte entre lo privado y lo público.
Como una muestra del orgullo condescendiente, el gobierno de la ciudad de México adorna y pinta trenes, autobuses y paredes con imágenes de axolotes (con X) de caricatura.
¡AH! “GOL-OTE” (superlativo de gol).
Ajolote. Animalejo cuya correcta grafía, para no ser ni omiso ni Ayuso, debería ser (viva la X), Axolote.
¿Por qué escribimos “aJolote” con la J de los hispanistas e hispanófilos? Quien sabe. Ni en eso somos adecuadamente nacionalistas. Defendamos la soberanía de la X.
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