
La autocrítica dentro de Morena rara vez ocurre en público. Por eso llamó la atención el mensaje que lanzó el senador mexiquense Higinio Martínez, quien decidió prender las alarmas desde dentro del propio movimiento. Y no fue un matiz menor. Habló de simulación, de incapacidad para resolver problemas y de la necesidad urgente de “sanar” al partido gobernante antes de que el desgaste político termine por cobrar factura.
El mensaje no es casual ni aislado. Llega en un momento donde la llamada Cuarta Transformación enfrenta crecientes tensiones internas: disputas de poder, señalamientos de corrupción, gobiernos locales cuestionados y personajes que, en palabras del propio Higinio, parecen haber olvidado el lema de “no robar, no mentir y no traicionar al pueblo”. La diferencia es que ahora ya no es la oposición quien lo dice, sino uno de los cuadros históricos del movimiento.
El senador fue más allá. Reconoció que el panorama para Morena “se observa difícil” y advirtió que no bastan los discursos encendidos ni cerrar los ojos ante los problemas para ayudar a la presidenta Claudia Sheinbaum. Habló de integridad moral, de ética y de honorabilidad; conceptos que, en la práctica política cotidiana, parecen cada vez más escasos.
Quizá el punto más delicado de su reflexión es el llamado implícito a terminar con la impunidad. Porque si la Presidenta ha insistido en que no hay espacio para la corrupción dentro de la 4T, entonces el verdadero reto no está en repetir el discurso, sino en actuar contra quienes lo contradicen desde el ejercicio del poder. Y ahí es donde Morena enfrenta su mayor prueba: demostrar que puede corregirse a sí mismo sin esperar a que los escándalos externos lo obliguen.
Higinio Martínez no habló como opositor ni como adversario. Habló como alguien que conoce las entrañas del movimiento y que entiende que el principal riesgo para Morena no viene de fuera, sino de adentro. Porque los partidos rara vez se derrumban por los ataques externos; normalmente empiezan a fracturarse cuando dejan de escuchar sus propias advertencias. Y si alguien en Morena necesita ejemplos de lo que ocurre cuando un partido deja crecer sus excesos, sus pleitos internos y su desconexión con la ciudadanía, ahí está el PRI… intentando sobrevivir.
Por cierto:
1. SEGURIDAD. Mientras en otras alcaldías la discusión sigue atorada entre diagnósticos y discursos, en Tlalpan presumen resultados y números. La administración de Gaby Osorio decidió apostarle fuerte al tema de seguridad y pasó de recibir apenas seis patrullas operativas a construir una flotilla de 53 unidades propias entre patrullas, motocicletas y cuatrimotos. El dato no es menor: durante el último mes y medio la demarcación se colocó consecutivamente como la alcaldía con mayor reducción de delitos de alto impacto en la CDMX. En el gobierno capitalino ven con buenos ojos la coordinación que mantiene Tlalpan con la estrategia de Clara Brugada y con las fuerzas federales. La apuesta, dicen al interior de la demarcación, no es solo llenar las calles de patrullas, sino evitar que la seguridad vuelva a convertirse en un territorio abandonado políticamente.
2. OJO. En Naucalpan comienzan a instalar una narrativa poco común en la política mexiquense: la de un gobierno que promete y ejecuta. La administración de Isaac Montoya apuesta a que las obras hablen por sí solas y, por ahora, los números empiezan a acompañarlo. Ahí están el avance del Mexicable impulsado junto a Delfina Gómez, la llegada de la Universidad Rosario Castellanos y la rehabilitación del Periférico Norte como parte del rescate histórico de más de 100 kilómetros en la entidad. En Naucalpan aseguran que no quieren gobiernos que inauguren bacheo disfrazado de transformación, sino proyectos de largo alcance que cambien movilidad, educación e infraestructura. El mensaje político también es claro: mientras otros municipios siguen atrapados entre anuncios y pretextos, Naucalpan busca posicionarse como el municipio que sí está entrando al llamado “Año de las Obras”.
Vivo la noticia, para contarle la historia
@juanmapregunta