Opinión

La final Pumas vs Cruz Azul altera por completo la lógica de una rivalidad obsesiva porque obliga a dejar atrás la repetición infinita y entrar en el terreno de la resolución.

El final de una obsesión

Clásico de la obsesión Pumas y Cruz Azul han desarrollado una rivalidad intensa en los últimos años. (Cuartoscuro)

Hay muchas razones por las que surge la obsesión, y una de ellas es cuando el rival futbolístico deja de ser sólo un adversario para convertirse en el centro emocional de la propia identidad colectiva. A partir de ese momento, la afición ya no vive únicamente para celebrar sus victorias, sino también para vigilar al otro y desear su derrota. La rivalidad deja entonces de manifestarse en el terreno de juego cada semestre y comienza a disputarse todos los días, en redes sociales, programas deportivos y conversaciones cotidianas. El rival ocupa tanto espacio simbólico que termina por organizar la experiencia afectiva de la afición.

Pumas y Cruz Azul siempre tuvieron una rivalidad importante dentro del futbol mexicano. La relación adquirió un tono obsesivo después de aquella semifinal de 2020 en la que Pumas consumó una de las remontadas más importantes de la historia de la liguilla. En ese momento ambos clubes cargaban largas sequías de título, aunque la de Cruz Azul parecía eterna. La eliminación abrió la sensación de que Pumas podía romper primero con su propia espera y ocupar el lugar simbólico que durante años había perseguido Cruz Azul. Pero la historia tomó otro rumbo: Pumas perdió aquella final y, unos meses después, Cruz Azul conquistó la liga.

Las redes sociales intensificaron esa relación obsesiva naciente hasta convertirla en una forma cotidiana de vigilancia mutua. La identidad digital suele construirse con especial énfasis sobre el otro y no alrededor de uno mismo. En política ocurre con frecuencia y en el futbol también. Las conversaciones comenzaron a organizarse alrededor de la comparación permanente y la administración diaria del resentimiento. El clásico pasó a disputarse cada hora en memes, videos, discusiones y estadísticas utilizadas como armas emocionales. Por eso el nombre terminó por imponerse con naturalidad: el clásico de la obsesión.

La obsesión existe porque ambas aficiones se acusan mutuamente de pensar más en el rival que en su propio equipo. La acusación tiene algo de verdad. Tanto Pumas como Cruz Azul colocan históricamente al América como principal adversario, pero la distancia reciente en títulos y éxito deportivo modificó la intensidad de esa relación. América habita otro escalón simbólico. Pumas y Cruz Azul, en cambio, compartieron durante años una experiencia parecida: la espera y la cercanía constante con el fracaso. Esa condición produjo una identificación incómoda entre ambos. Cruz Azul logró salir de esa larga espera y Pumas sigue ahí; pero Cruz Azul a su vez no puede sanar la herida de esa eliminación de 2020.

La final Pumas vs Cruz Azul altera por completo la lógica de una rivalidad obsesiva porque obliga a dejar atrás la repetición infinita y entrar en el terreno de la resolución. La obsesión necesita comparación constante y discusiones que nunca terminan de cerrarse:vive de los “hubiera”, de las cuentas pendientes y de la fantasía de superioridad moral o histórica. Una final coloca a ambos frente a frente en el escenario más importante posible y concentra años de burlas, heridas y relatos en dos partidos que ya no admiten escapatoria simbólica.

Después de la final, el antagonismo cambiará de naturaleza. La rivalidad seguirá viva, quizá incluso con más intensidad, aunque ya no funcionará como una neurosis repetitiva alimentada todos los días por la ausencia de resolución. El clásico regresará al lugar más antiguo y más trágico del futbol: ganar, perder y recordar. Uno cargará el peso de la derrota. El otro acariciará el recuerdo de la victoria.

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