
La semana pasada, la Organización Mundial de la Salud determinó que el brote de la enfermedad del ébola causado por el virus de Bundibugyo en la República Democrática del Congo y en Uganda constituye una emergencia de salud pública de alcance internacional. Esto no significa que sea una pandemia, pero pone en alerta a los sistemas de vigilancia, porque el brote detectado hasta el momento es poco usual y grave. De acuerdo al comunicado de la OMS, a partir de ahora se requiere “una coordinación regional e internacional en vigilancia, confirmación de laboratorio, rastreo de contactos, atención clínica, prevención de infecciones, salud fronteriza, logística, financiamiento y comunicación pública”.
Ébola es una enfermedad viral. Existen cinco subtipos del virus, nombrados por la región donde aparecieron por primera vez: Zaire, Bundibugyo, Sudán, Tai Forest y Bombali. No parece haber mucha diferencia en la virulencia entre ellos. Todos los brotes de esta enfermedad han ocurrido en África, la mayoría en la República del Congo y algunos en Uganda.
Como todas las enfermedades virales, el cuadro clínico inicia con datos inespecíficos como fiebre, malestar, dolor muscular y cefalea que puede autolimitarse o bien evolucionar a cuadros más serios con náusea, diarrea, vómito y dolor abdominal o bien el cuadro grave que incluye choque circulatorio, falla multisistémica y hemorragias importantes por las mucosas. El cuadro grave se desarrolla en la mitad de los casos con alta mortalidad. No existe tratamiento específico, sino únicamente el manejo del cuadro que se presente, en lo que la enfermedad se autolimita.
Existen diferencias importantes que comentar en relación con la experiencia reciente del COVID. La buena es que el ébola no parece transmitirse a través del aire. El contagio de ébola se da a través de los fluidos corporales que incluyen saliva, sangre, orina, heces, sudor, leche y semen, así como el contacto con objetos (fómites). Por lo tanto, la velocidad y el riesgo de propagación son menores. Aun así, el problema es que el tiempo de incubación del virus es de días a semanas, por lo que el contacto con fluidos de personas infectadas, pero aún asintomáticas, es el riesgo mayor, por lo que se da en los familiares y personas cercanas al enfermo. La mala es que a diferencia del COVID el ébola es una enfermedad muy grave, con una mortalidad sin atención médica adecuada de hasta el 90% y, aun con atención adecuada, alrededor del 50%.
El diagnóstico se hace mediante amplificación de alguna parte del virus con la reacción en cadena de la polimerasa (PCR) a partir de sangre o algún otro fluido del sujeto sospechoso. Los reportes hablan de alrededor de 200 defunciones en el Congo y se han detectado ya algunos casos fuera del lugar. Por eso, se requiere de alerta y estrategias bien establecidas para tratar de evitar que el virus se propague. El inminente inicio del mundial de fútbol en el que participará la selección del Congo, con un partido en Guadalajara y que además se asocia con movilidad internacional poco usual, se percibe como una situación de alto riesgo.
Esperemos que nuestro país esté mejor preparado para una posible eventualidad. Ojalá y hayamos dejado atrás estrategias como el “detente”, el “no pasa nada, abrancémonos todos”, el no liberar recursos para las pruebas de PCR necesarias para detectar casos asintomáticos antes de que contagien a los demás, el no proveer a personal de la salud con el equipo de protección personal adecuado y el repartir ivermectina gratis por toda la Ciudad de México. Por el momento no se ve peligro inminente, pero hay que prepararse para lo peor, esperando lo mejor.
Dr. Gerardo Gamba
Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán e
Instituto de Investigaciones Biomédicas, UNAM