
El modo violento, inhumano y degradante cómo fueron tratadas las 426 personas de 39 nacionalidades que viajaron en la Global Sumud Flotilla, por parte del Estado israelí -detenidos ilegalmente en aguas internacionales, amarrados y de rodillas, humillados y aterrorizados por agentes militares con el rostro cubierto, e insultados y maltratados por el fascista y supremacista judío Itamar Ben-Gvir, Ministro de Seguridad Nacional de Netanyahu-, marca una ruptura entre los valores de la civilización occidental de respeto por la dignidad de la persona y la forma en que la “única democracia en Oriente Medio” trata a quienes, sin importar ideologías, buscan detener el genocidio sistemático, automatizado y violento que los hebreos cometen contra los palestinos. La persistencia de la limpieza étnica y de las agresiones de los colonos judíos en contra de todo un pueblo marca una distancia cada vez más grande entre los violentos y los pacifistas, entre los genocidas y los humanitarios, entre los que abrazan el pragmatismo autoritario y quienes defienden los valores de la civilización democrática.
Aunque la polarización civilizatoria es permanente, existe una línea roja que marca la distancia entre ellos y nosotros. Es una separación cada vez más neta. Ellos son los regímenes violentos que aplastan los derechos humanos, ellos invocan el regreso del oscurantismo medieval y de sus intolerancias, ellos tienen nostalgia por el pasado por lo que construyen nuevos campos de concentración y exterminio. Por el contrario, el nosotros lo representan las democracias liberales y los estados de derecho, el nosotros es el conjunto de comunidades, entidades e instituciones que a lo largo de los siglos han metabolizado y traducido en normas legales el racionalismo ilustrado, el nosotros es la reacción ética contra cualquier forma de totalitarismo. No se trata ya de decidir qué cosa pensamos de la flotilla, si su acción es o no humanitaria o si por el contrario, es una provocación política contra la desastrosa destrucción de Gaza, el hecho concreto es que Israel se aleja cada vez más y de manera irreversible, de los valores fundamentales de la democracia.
La geometría política del ellos contra el nosotros constituye una de las formas más antiguas y persistentes de ordenar el espacio público. Toda comunidad política construye fronteras simbólicas para distinguir pertenencias, lealtades y adversarios. Sin embargo, cuando esta distinción deja de organizar la pluralidad democrática y comienza a justificar la exclusión absoluta del otro, la política abandona el terreno del conflicto legítimo y entra en la lógica de la brutalidad. Las democracias modernas nacieron precisamente para impedir que la diferencia se transformara en exterminio moral, político o físico. La democracia no elimina el antagonismo, lo regula. Reconoce que existen proyectos distintos, intereses contrapuestos y visiones incompatibles de la sociedad, pero establece límites éticos y jurídicos para que la disputa no destruya la convivencia.
La brutalidad política aparece cuando “ellos” se consideran depositarios exclusivos de la verdad, la nación, la moral o la seguridad. Entonces dejan de ser un interlocutor válido y se convierten en una amenaza absoluta. La diferencia política se criminaliza, la crítica se interpreta como traición, la protesta como sabotaje y la disidencia como contaminación. El lenguaje público se llena de metáforas bélicas y de categorías morales extremas: patriotas contra traidores, ciudadanos contra parásitos, orden contra caos, gente de bien contra enemigos internos. La geometría democrática es horizontal y plural, admite múltiples centros de legitimidad y reconoce la complejidad social. La geometría autoritaria, en cambio, es vertical y binaria, divide el mundo entre puros e impuros, entre obedientes y peligrosos. Mientras la primera construye puentes institucionales, la segunda levanta muros simbólicos.
Consecuentemente, resulta necesario distinguir entre quienes defienden la democracia y quienes defienden la brutalidad. Estos últimos, convierten la fuerza en argumento y piensan la política como espectáculo de sometimiento.