
La llegada por segunda ocasión a la presidencia de su país, después de un intervalo de cuatro años, tras el ejercicio de su primer mandato, hablamos de Donald Trump, auguraba cosas malas para el mundo, aunque era difícil imaginar que pudieran ser tan negativas. Sin embargo, justo es decir que antes de él no es como que todo fuera mucho mejor, tal vez simplemente, parecía menos perjudicial. Pero un recuento apresurado de sucesos de lo que va del nuevo milenio bastaría para ejemplificar lo dicho.
De varias formas, lo que sucede hoy mismo, está relacionado con el antes del mandatario, pues el mundo, sin temor a equivocación, no estaba marchando por el camino correcto, guerras, invasiones, intolerancia, polarización, extremismo y más, son fenómenos que llevan tiempo gestándose y socavando la convivencia humana.
En ese desconcierto, dos voces se habían mantenido con la fortaleza ética y moral para denunciar los abusos y las injusticias, una fue la del finado papa Francisco, y la otra, la del secretario general de la ONU António Guterres, cuyo mandato finaliza a finales de 2026.
Por ello, resulta relevante que la persona que sea electa para sucederlo pueda no sólo enderezar la nave, sino regresar a la contundencia y la trascendencia a las Naciones Unidas como tribuna de denuncia sin duda, pero sobre todo como foro efectivo de resolución de las disputas, neutralizando el recurso a la violencia y su supremacía actual sobre el diálogo y el entendimiento.
Las denuncias de Francisco terminaron con su paso a mejor vida. Las de Guterres se apagaron, o al menos esa impresión queda, tras haber sido censurado por reprobar la matanza de palestinos por las fuerzas armadas israelíes y ante la incapacidad de la Organización para ponerle un alto a esas prácticas de aniquilación, justificadas por sus ejecutores tras los sucesos de octubre de 2023.
Sin embargo, de manera refrescante, pero sobre todo alentadora, el sucesor de Francisco, León XIV, electo como el 267º papa en la historia de la iglesia en mayo de 2025, ha venido dando continuidad a la extinta voz crítica de su antecesor.
Ya había dado muestras recientes en la diatriba que sostuvo justamente con el mandatario norteamericano al reconvenirlo a él y a su equipo de beligerantes (ha quedado para el anecdotario del ridículo el evangelio según Tarantino pronunciado como arenga religiosa para enaltecer los esfuerzos bélicos), de no usar el nombre de la iglesia y de la religión para justificar la guerra y la agresión en contra del país persa.
En alguna colaboración anterior, nos referimos al episodio sucedido en plenos días santos 1 en la tradición católica, cuando en clave de jefe mafioso el mandatario estadounidense se dirigió justo a ese país señalado anteriormente, y su autodenominado secretario de guerra dijo que la guerra contaba con respaldo divino. Como se recordará, el papa en plenas festividades de semana santa, dijo que no estaba de acuerdo y que el nombre de Jesús no podía utilizarse para justificar ninguna guerra.
A un año de haber tomado las riendas de la santa sede, León ha emitido hace unos días, su primera encíclica bajo el título de “Magnifica Humanitas”(magnífica humanidad), como un esfuerzo deliberado en estos tiempos de violencia y desigualdades, de subrayar la grandeza y la dignidad de la persona humana.
Más allá del tinte religioso, es una referencia fundamental al humanismo y a su esencia, frente al progreso tecnológico, particularmente en relación con el desarrollo de la inteligencia artificial, a fin de subrayar que el progreso y la tecnología deben estar al servicio del ser humano y no para reemplazarlo.
De acuerdo con lo que se lee en dicho documento, el papa busca promover la dignidad del trabajo, la justicia social y la paz, probablemente los tres aspectos más sustantivos para la construcción de un mundo más equitativo y justo.
Para los que no profesan la religión, no deja de llamar la atención que una institución conservadora como la iglesia, sostenga y promueva esos valores que van de la mano con los objetivos centrales que debe perseguir toda organización política, económica y social en lo individual pensando en los países, y de la comunidad internacional en su conjunto.
Más allá de las creencias y los valores doctrinales que enarbola esta encíclica, resulta encomiable que postula mantener a la inteligencia artificial como una herramienta tecnológica y no como un sustituto del ser humano, y muy destacadamente llama a superar la teoría de la guerra justa a través del diálogo y el multilateralismo.