
«Me la imagino así: un grupo de estudiantes de todas las edades sumadas en una sola, la edad de la plena aptitud intelectual, (…) se proponga la nacionalización de la ciencia, la mexicanización del saber.»
Justo Sierra
La Universidad nació antes que muchos de los países que hoy forman América Latina. Primero fue la Real y Pontificia Universidad de México, levantada en el siglo XVI bajo el eco de Salamanca y Bolonia. Siglos después, en 1910, Justo Sierra imaginó otra cosa: una institución capaz de pensar el país desde el país mismo. Quería “mexicanizar” el conocimiento. La expresión conserva una fuerza intacta porque encierra una aspiración profunda: dejar de mirar el saber como un espejo europeo y convertirlo en una conversación propia. El decreto del 26 de mayo de 1910 abrió esa puerta. La Universidad Nacional de México apareció en vísperas de una Revolución, en medio de un país que buscaba definirse entre el porfiriato exhausto y la violencia que se aproximaba. Desde entonces, la Universidad quedó ligada a la historia nacional como una conciencia incómoda, luminosa y contradictoria. Ahí han convivido la excelencia académica y la rebeldía, la ciencia y el muralismo, la solemnidad y el grito de los estudiantes.
La autonomía de 1929 terminó por darle un carácter singular. La Universidad aprendió a defender un territorio invisible: la libertad de pensar. En sus aulas caben ideologías enfrentadas, discusiones interminables, descubrimientos científicos, poemas, huelgas y silencios. Esa amplitud explica su permanencia. Ninguna institución resiste más de un siglo sin una capacidad real de transformarse junto con su tiempo.
Un dato fascinante de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) es que su campus central fue construido sobre un enorme campo de lava volcánica, producto de la erupción del volcán Xitle, ocurrida hace casi dos mil años. Los arquitectos decidieron no borrar ese paisaje áspero y negro, sino integrarlo al diseño de Ciudad Universitaria. Por eso, cuando uno camina por las islas o alrededor de Rectoría, todavía puede ver la piedra volcánica original mezclada con jardines, murales y edificios. Esa unión entre naturaleza, arquitectura y arte fue tan singular que la UNESCO declaró el campus Patrimonio Cultural de la Humanidad en 2007.
La Biblioteca Central quizá sea el símbolo más poderoso de esa idea. El mural de Juan O’Gorman, hecho con piedras de colores naturales, contiene el pasado indígena, el mundo colonial, la modernidad científica y el universo contemporáneo. El edificio parece decir que México está hecho de capas superpuestas, nunca resueltas del todo. Frente a sus muros, miles de estudiantes atraviesan cada día una escena que mezcla rutina y trascendencia sin darse cuenta.
La grandeza de la UNAM no se explica únicamente por sus edificios o su historia, sino por las generaciones de alumnos, profesores, investigadores y trabajadores que le han dado vida. En sus aulas impartieron cátedra figuras como Rosario Castellanos, Julieta Fierro, Graciela Hierro y Margo Glantz, junto a maestros como José Vasconcelos, Octavio Paz, Miguel León-Portilla, Pablo González Casanova, Juan José Arreola y Mario Molina.
La UNAM ha sobrevivido a huelgas, crisis políticas y disputas internas porque representa algo más grande que un conjunto de edificios. Representa mucho más que una institución de educación pública, laica y abierta. Es un territorio donde conviven la ciencia, el arte, la memoria histórica y la creación contemporánea. Sus murales, museos, bibliotecas, salas de concierto, teatros y centros de investigación forman uno de los ecosistemas culturales más importantes de América Latina.
En Ciudad Universitaria dialogan el pasado prehispánico, la arquitectura modernista y las ideas del presente. Sus museos son reconocidos internacionalmente, sus espacios públicos funcionan como laboratorios de pensamiento y sus aulas han sido semillero de escritores, cineastas, científicos, filósofos y artistas. La UNAM es una institución magnífica para crear, discutir, imaginar al país y entender el mundo desde México.