
Si se quiere hacer una mezcla decente, dicen los constructores, hay que dosificar las partes de cal y de arena. Si la arena es excesiva, el resultado es que la mezcla no pega, se desmorona, no es resistente, el muro se agrieta y se presta a filtraciones dañinas.
En política exterior, México acaba de poner algo de cal a su política de diversificación, con la firma de un acuerdo general con la Unión Europea, que implicará, de seguro, un crecimiento del comercio mutuo y, posiblemente, un aumento en las inversiones europeas en nuestro país. Se trata de una respuesta estratégica, y en los hechos, al proteccionismo global estadunidense y de una búsqueda por no quedar a expensas de nuestro vecino y principal socio comercial.
Pero de los hechos pasamos a la retórica y de Europa pasamos a América Latina. Ahí lo que tenemos son muchos botes de arena. A la hora de abordar las relaciones con el subcontinente, el gobierno pone por delante las simpatías ideológicas, disfrazadas de una supuesta defensa de la soberanía, y echa, a son de declaraciones, kilos y kilos de arena a la política exterior, con el obvio resultado de reblandecerla en sus flancos más críticos. Lo peor del caso es que esas simpatías no son con la izquierda moderna del continente, la de Uruguay, Brasil o Chile, sino con la más atrasada y autoritaria. Van dos ejemplos.
México ha sido un amigo histórico de Cuba y ha servido muchas veces de puente en sus complicadas relaciones con Estados Unidos. Tiene la capacidad de mediar para evitar que Cuba se convierta en una tragedia humanitaria de grandes proporciones o en un protectorado de Estados Unidos. Una mediación de ese tipo implica dejar el apoyo incondicional a una dictadura que no lo merece y actuar con inteligencia para inducir una transición no traumática e impedir, al tiempo, una intervención directa de los estadunidenses.
Pero, a pesar de ser el gozne ideal, el gobierno de México ha elegido la vía de la defensa de la dictadura. Y lo ha hecho con argumentos malos, como aducir que el derribo de las avionetas de la organización cubano-americana Hermanos al Rescate, ocurrió hace 30 años. (De hecho, lo que buscaban, tanto la organización de exiliados de Miami como Fidel Castro, era dinamitar el acercamiento del gobierno de Bill Clinton con el régimen de La Habana, cosa que lograron: una victoria de la línea dura de ambos lados del mar).
Ese tipo de argumentos pueden caer bien en Palenque, o entre los puros del morenismo, pero tienen un efecto de debilitamiento de la capacidad negociadora de México a nivel internacional. No solamente se aleja la posibilidad de fungir como mediadores privilegiados, también se pierde en imagen en un momento de negociación importante con EU (y aun a nivel mundial).
En otra parte del continente, en Bolivia, Evo Morales está encabezando un intento de derrocamiento del presidente constitucional legítimo de ese país, Rodrigo Paz, ganador de las elecciones de 2025. Lo hace, entre otras cosas, porque ha sido imputado de varios delitos, trata de personas y pedofilia, entre ellos.
Recordemos que, en las elecciones del año pasado, el partido de Evo, el MAS, obtuvo apenas el 3 por ciento de los votos y que toda la izquierda -contando como “evistas” los votos nulos- no llegó a la tercera parte de los sufragios. Aquella izquierda perdió por dos razones: una es su excesiva dependencia respecto al líder carismático, que se revirtió cuando éste trató abiertamente de dominar el movimiento por encima de las leyes y de los otros intereses legítimos; la otra, el mal manejo de la economía, creyendo que las subvenciones sociales bastaban para asegurar el respaldo mayoritario. Alta inflación, escasez de productos y harto subempleo y desempleo terminan pesando más que los apoyos sociales
Desde hace casi un mes, Morales ha estrangulado el país con bloqueos, que han roto las líneas de distribución. Ya casi no hay alimentos en mercados y supermercados, no hay gasolina o diésel, escasean las medicinas, se ven camiones parados en las rutas. Quedan sólo cebolla y papa al triple de precio… y algunos productos de lujo para quien los pueda comprar. El gobierno de Paz ha sido incapaz de acabar con los bloqueos y hay frustración social al respecto.
¿Y qué hace el gobierno de México? Tenía al menos una gran ocasión para quedarse callado, de espectador. Pero no. La presidenta de México decidió involucrarse y declarar que a Evo lo habían acusado de narcotraficante por ser indígena y que el suyo fue “el mejor gobierno en la historia de Bolivia”. Le extiende una carta de inocencia al amigo, y ve de lado el hecho de que ese amigo está generando un caos de proporciones en un país con el que México tiene relaciones. Como decía el divo: ¿Pero qué necesidad?
Y así hemos ido. Lo que podía ser una mezcla rica, donde la diversificación de socios se acompaña de políticas de defensa real de la soberanía de las naciones (que no es nada más evitar la injerencia de EU) y de las decisiones de los pueblos, se convierte en un mazacote que es, a la vez, rígido y quebradizo.
¿Añadir cemento a la política exterior, para que la construcción sea más resistente? No. Mejor ponerle salivita.
Twitter: @franciscobaez