
Esas frases son lugares comunes, pero no por ello imprecisas o inútiles para describir un asunto en desarrollo.
Cuando alguien extiende negociaciones o persevera en actitudes cada vez más riesgosas, se dice: estira la liga hasta el límite. En otros casos, si una parte en conflicto con otra presiona y empuja incesantemente, se habla del giro de la tuerca.
En la actual relación con los Estados Unidos (no con la ultraderecha americana, como dice la señora presidenta [con A]) la liga mexicana se tensa y la tuerca estadounidense aprieta y comprime cada vez más.
¿Hasta dónde resistirán el elástico y la rosca?
Eso nadie lo sabe ahora, pero lo preocupante es una relación cuyos términos fueron derivándose de la sociedad a la cooperación; de la conciliación a la pugna; de la colaboración a la divergencia y de la concordia a la pugnacidad.
Aquí no importa si fue primero la gallina o el huevo (otro lugar común), porque si Trump comenzó, los mexicanos en el gobierno no han sabido darle la lidia adecuada. Y si los mexicanos con su aparente rebelión soberana disimularon las presiones y no lograron mutuas concesiones con habilidad diplomática y política, entonces el resultado es el mismo. Y en ambos casos favorable para el más fuerte. La relación es mala. Punto. Así sólo fuera verbalmente mala.
Atrapada en la teoría del disimulo como herramienta eficaz para enfrentar un problema, la señora presidenta (con A) de México ha dicho. Todo está bien con los Estados Unidos. Antes se ha guardado las injurias de Donald Trump en su contra: incapaz, medrosa, temerosa de los cárteles y con una administración controlada por el crimen organizado.
Una buena relación no consiste en insultar a una parte cuyo disimulo mantienen vivas las palabras ajenas mientras disimula el dolor o la rabia. Hay un grado de tolerancia resignada cuando se dice, el señor Trump a veces habla así. Es su manera de comunicarse. Sí, pero no es igual con todo el mundo. No se dirige así por ejemplo a Xi Ying Ping.
Ronald Johnson, el embajador de EU, tampoco abona en favor de la concordia cuando con la mano en la cintura le dice a Claudia Sheinbaum, señora no pierda el tiempo con sus con sus arengas nacionalistas como la del pasado domingo.
Como todos sabemos el gobierno de las República, transformado todo en un enorme mitin de Morena, la emprendió contra el intervencionismo estadunidense, al cual no hace mucho llamaba cooperación, corresponsabilidad, coordinación y sociedad y frente a la asamblea callejera preguntó si su interés por combatir el, narcotráfico en México proviene de un legítimo afán o encubre otros fines de índole (obviamente) supremacista.
El embajador Johnson de inmediato respondió también con palabras nada constructivas en el camino de la restauración ahora ya imposible al parecer.
Cada minuto perdido en llevar estos temas al campo de la diferencia política, es un minuto perdido en la solución del problema binacional de restablecer la paz en ambos lados de la frontera.
Y en respuesta recibió un cállate (chachalaca) disimulado con una generalidad: los embajadores no deben opinar de política interna. Pues serán los suyos porque los de Trump opinan e intervienen sin nadie para frenarlos. No todos son como el viejecito ñoño Ken Salazar, de grotesca memoria, quien sin embargo terminó vetado en el Palacio Nacional cuando el caudillo mandaba intramuros.
Y además para colmo de la política dúctil, la exculpación inverosímil, de inocencia de Donald Trump en todo este colmenar.
No es él. Es la ultraderecha americana como si no fueran lo mismo mi suegra y la madre de mi esposa. Un paso lateral sobre una cáscara de plátano.
La tuerca americana ahora da otra vuelta.
Alfonso Durazo (“casi sudo agua bendita”) y Américo Villarreal, gobernadores de Sonora y Tamaulipas, siguen escuchando los pasos en el tejado. Cuando debieron remojar las barbas tras el caso de su vecino sinaloense, Rocha Moya (“Mayo”), saltaron al callejón de los pretextos y la protección interna. Sí, pero el toro sigue en el ruedo y también puede brincar.
Hoy rechazan las publicaciones de los medios estadunidenses, como L.A.Times, bajo un supuesto erróneo: desmentir a un periódico no desaparece a sus fuentes. Es una añosa estrategia del gobierno americano. Filtrar información para preparar el terreno.
“De acuerdo con un reportaje de Los Ángeles Times publicado este miércoles 3 de junio, el gobierno de los Estados Unidos, encabezado por Donald Trump, sigue en busca de políticos presuntamente ligados a grupos del crimen organizado como parte de su estrategia de seguridad nacional y ha comenzado a mirar de cerca a los gobernadores de Sonora y Tamaulipas.
“Según este reportaje, (Alfonso) Durazo es uno de los perfiles que más interés ha despertado, pues fue secretario de Seguridad de México durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador (y presidente del Consejo Nacional de Morena).
“Por su parte, Américo Villarreal estaría siendo observado por sospecha de ser parte de un esquema de contrabando de combustible conocido como “huachicol fiscal” en la zona fronteriza de Tamaulipas.
“Aunque todavía no existe una acusación formal, Américo Villarreal negó los señalamientos que se hacen en el reportaje de LA Times, asegurando que ni su visa se encuentra cancelada ni que haya incurrido en actos de corrupción...”
El actual entorno político no puede ser más desafortunado.
Ninguno de los dos países va a ceder, aunque previsiblemente México lleve la peor parte, ahora y en lo sucesivo, sobre todo si para proteger a quienes de antemano sabe responsables (como Rocha y otros muchos más) sigue resistiendo sin horizonte. La tuerca se romperá y la liga reventará.
Este no es un conflicto con la ultraderecha. Esta no se llevórhh al “Mayo” a la Corte de N.Y., ni siquiera estaba Trump en el gobierno. Estaban los demócratas. Por eso resistir hasta ver disminuido el poder (interno) de Trump en las elecciones de noviembre --cuya naturaleza ni siquiera comprenden en el Palacio Nacional-- es un recurso estéril.
Esta es una política permanente de los americanos y el gobierno cuatroteista no la logra comprender o al menos admitir como tal. Tampoco entiende los efectos de la disparidad o asimetría (como eufónicamente le llaman) entre ambas naciones.
No es posible una relación cuya situación se deteriora día con día mientras en un infinito juego de acusaciones, desmentidos, elusiones y reclamaciones se aparentan normalidad y buena vecindad. La presión va en aumento; la resistencia en merma (a pesar del griterío de la plaza pública) y la marea sube.