Opinión

El desastre es tal que parece que el gobierno ya lo aceptó y se limita a realizar ajustes menores para poder afirmar que, al menos durante el Mundial, estaba haciendo algo.

Lo que el Mundial dice sobre México

Mundial en apuros Integrantes de la de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Eduación (CNTE) derribaron estatuas alusivas a la Copa Mundial que se encontraban en avenida Paseo de la Reforma durante su segundo día de huelga nacional. En la imagen, transeúntes observa una de las estatuas (Cuartoscuro)

El Mundial de futbol funciona como un prisma capaz de condensar, durante partidos de noventa minutos, múltiples rostros de una época. En él se reflejan conflictos geopolíticos, tensiones nacionales, disputas locales, identidades colectivas y un amplio repertorio de emociones que atraviesan a sociedades enteras.

Entre esos reflejos aparece hoy el desgaste de la integración norteamericana. Si esta Copa del Mundo se hubiera celebrado a comienzos de los años dos mil, habría sido presentada como una de las expresiones más visibles del triunfo de la globalización y de la consolidación de una mirada regional compartida. El contexto actual es completamente distinto. La organización conjunta entre Estados Unidos, Canadá y México avanza a contracorriente de la coyuntura política del continente. La administración estadounidense, impulsada por una nueva agenda hemisférica, ha redefinido sus vínculos con sus dos vecinos. La relación con México atraviesa uno de sus momentos más tensos de las últimas décadas. No resulta casual que la presidenta Claudia Sheinbaum haya afirmado que el vínculo bilateral ya no se sostiene sobre la cooperación, sino sobre formas crecientes de injerencia.

En el plano local, la Ciudad de México llega al Mundial en uno de los momentos más grises de su historia reciente. Durante siglos se pensó a sí misma como una de las grandes capitales del mundo. Su arquitectura, su vida intelectual, sus espacios públicos y su densidad cultural alimentaron una ambición cosmopolita que acompañó a la ciudad desde la época virreinal. Por ejemplo, el franciscano Agustín de Vetancurt explicó que “la Ciudad de México no tiene nada que envidiar a las ciudades antiguas de Roma, Génova, Florencia, Milán, Venecia, Bolonia o Salamanca”.

Esa aspiración luce hoy muy distante. Bajo la administración de Clara Brugada, la capital ha dejado de proyectarse como una metrópoli global para concentrarse en la mala administración de sus propias carencias. Mientras el Metro acumula fallas, el Aeropuerto sufre colapsos en su infraestructura, las lluvias inundan las calles, las protestas se multiplican sin encontrar resolución y los problemas cotidianos rebasan la capacidad de respuesta institucional, la política pública capitalina lleva semanas enfocada en adornar con ajolotes y pintar de morado las calles, los puentes, las banquetas y hasta el asfalto con todo y sus baches.

El desastre es tal que parece que el gobierno ya lo aceptó y se limita a realizar ajustes menores para poder afirmar que, al menos durante el Mundial, estaba haciendo algo. Obras inconclusas y de escaso sentido, como los candelabros en la estación Hidalgo del Metro, parecen responder más a la necesidad de mostrar actividad que a la intención de resolver los problemas de fondo.

El gobierno de México, por su parte, se encuentra inmerso en una recuperación narrativa de la soberanía nacional. Una idea que podría encajar con el momento deportivo que vive el país, de no ser porque, desde que se anunció que México sería una de las sedes del Mundial, no se articuló una estrategia integral orientada a fortalecer los recursos materiales y simbólicos del Estado. La infraestructura urbana avanzó sin una visión de conjunto y tampoco se impulsaron de manera decidida algunos de los instrumentos clásicos del poder de atracción internacional: la cultura, la innovación tecnológica, la diplomacia pública o la presencia global del país. Según la encuesta de Enkoll, la narrativa soberanista del gobierno no ha producido los efectos esperados. Tampoco se percibe un ánimo nacionalista particularmente intenso en torno al torneo ni alrededor de la selección mexicana.

A esto hay que sumarle la ingobernabilidad cotidiana del país, cuya expresión coyuntural más visible son las manifestaciones de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), que incluso han cerrado el paso hacia el aeropuerto y derribado algunas estatuas conmemorativas relacionadas con el Mundial. Como ya dije, al ser el Mundial un prisma de múltiples fenómenos, es natural esperar manifestaciones como estas. Sin embargo, este caso destaca por la incapacidad de mostrar posibilidades de resolución; por el contrario, pareciera que el gobierno está acechado e incapaz de hacer algo. En medio de esto, la presidenta, Claudia Sheinbaum, regaló su boleto para asistir al Mundial y, con ello, además de verse bien con el gesto simbólico, evitará someterse al escrutinio del Estadio Azteca, que no perdonó ni a Gustavo Díaz Ordaz ni a Miguel de la Madrid.

Y en el terreno deportivo, la selección mexicana enfrenta el Mundial con Javier Aguirre al frente del equipo. Como apuntó Veka Duncan, Aguirre permite comprender bien la figura de Antonio López de Santa Anna: alguien que nunca dio grandes resultados como presidente, pero que, ante el desorden político e institucional, fue requerido en más de una ocasión por distintos grupos de poder. Aguirre carga ya con dos Mundiales, ambos marcados por polémicas en las convocatorias, y ambos con el mismo desenlace: la eliminación en octavos de final.

¿Puede ser diferente esta vez? La experiencia diría que no hay razones para esperar algo nuevo cuando se hace siempre lo mismo. Sin embargo, afortunadamente, en el futbol todo puede ocurrir. Sólo esperemos que no se lesione Johan Vásquez, porque el próximo tres veces técnico mundialista decidió no convocó a nadie, además de él, para cubrir esa posición.

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