La pelota, esfera definida por Jean-Paul Sartre como extensión de la libertad humana condicionada por las leyes del juego, regresó a las avenidas de la Ciudad de México. En un desfile, con su pretexto, se exhibió luz carnavalesca y comunitaria mientras permanecen los bloqueos de los organismos radicales, unos con legitimidad reconocida, otros como la CNTE.
Una alternante marea humana desborda tramos de Paseo de la Reforma durante el desfile La Pelota Vuelve a Casa el sábado, como el jueves previo del inolvidable dos cero. La identidad nacional se despliega en asfalto compartido. El pulso de una sociedad donde el Mundial en casa supone renegociar pactos comunitarios. También revisamos capacidades colectivas: vimos a Estados Unidos anotar un terminante gol de casi último segundo ante el cuasi inexistente Paraguay, a Marruecos exhibir los límites de Brasil y a Japón ganarse el corazón de los espectadores empatando ante Países Bajos sin rendirse nunca.
La geografía del festejo en Reforma inicia con el rumor ancestral de bailes prehispánicos, sonido de los caracoles y el golpe rítmico de los pies; se abre paso a iconos de la biodiversidad y del imaginario popular: un ajolote gigante —identitario de la transformación desde la CDMX y en el segundo piso simbólico del pejelagarto de AMLO— y un colibrí colosal acompañados por catrinas, chineros, comparsas y alebrijes. “La verdadera transformación se vive así: con cultura y una calidez comunitaria”, dice la Jefa de Gobierno, Clara Brugada, luego de tres semanas de asedio y vaticinios tan incumplidos como debatibles respecto al arranque de la fiesta futbolera, la seguridad y los encharcamientos.
La primera gran estación del museo rodante fue el carro de las pioneras del Mundial de 1971. Justicia histórica, reivindicación dialogante con el tiempo de mujeres, justicia social y entusiasmo público. El vehículo dedicado al Mundial de 1970, coronado por el globo gigante de Juanito, aquella mascota de sombrero de paja y camiseta corta, y las imágenes de futbolistas como Enrique Borja y el Cuate Calderón —“Coladerón” recuerdan los americanistas— son contraste con la narrativa de lo trinacional.
El 2026 pertenece a una compleja red de interdependencia con Estados Unidos y Canadá, recordatorio de una globalización siempre discutida en el detalle de sus límites. Algunos se niegan a los méritos “nacionales” de quienes de otros orígenes se naturalizan, como Quiñones o el portero japonés Suzuki, nacido en Estados Unidos, de madre nipona y padre ghanés.
El globo gigante del Piqué de 1986, el chile con bigote y sombrero. “Chilote”, bromean. A su paso en celulares se revisan los videos de un machismo redivivo. Entre ellos, el de la viralizada ironía alburera de los mexicanos frente los coreanos retomada por un noticiero de aquel país con ingenuidad respecto de los gritos intraducibles; el reportero piensa que son de apoyo. Esto también es parte del Mundial.
En Reforma, desfilan las delegaciones de los estados envueltas en el color de sus trajes regionales. Orgullo de vestimentas en un entorno donde las profundas dificultades perviven respecto de las madres buscadoras.
Ante la CNTE, en otro desfile, este estratégico, la anotación es, diría bien Ciro Gómez Leyva, de la Presidenta Claudia Sheinbaum. Una jugada de pizarrón. Se inicia el proceso de desplazamiento de los liderazgos extorsivos de la CNTE al convocarse una consulta directa a la base. Y de ahí para todas y todos los demás: “quien apuesta contra México siempre le va a ir mal. Le va a ir mal en la cancha, en la política, en la vida”.
El cierre del desfile se desborda hasta tomar la Glorieta de La Diana al compás de Payaso del Rodeo. Protocolos burocráticos y humanos se difuminan. Se integran al baile miles de ciudadanas y ciudadanos en la avenida que alguna vez fue el paseo exclusivo del emperador Maximiliano.