
No puedo evitarlo. La Copa Mundial de Futbol es un fenómeno tan global, y tan entretenido, que merece algunos apuntes, aunque en esta ocasión sean estrictamente futbolísticos.
Primero hay que hablar de México como sede parcial del evento.
El mundillo politizado cifró demasiadas expectativas en el Mundial. Por una parte, el gobierno federal y los locales sin duda sobrestimaron el efecto económico y aprovecharon para hacer propaganda, lo que es lógico. A algunos les salió bien, a otros no tanto, señaladamente a la jefa de gobierno capitalina, Clara Brugada, quien cometió errores que empiezan por las prioridades mal entendidas y continúan con los de comunicación, los de pintura morada y los de mal gusto general.
Por otra, organizaciones sociales de diverso tipo aprovecharon la magnitud del evento para hacerse sentir en el mundo o para chantajear al gobierno. La decisión de lo uno y lo otro dependió de la relación que tuvieran esas organizaciones con el gobierno. Ejemplo del hacerse sentir por el mundo es la lucha de las madres buscadoras, que recordó, con eco en varios países, el drama que viven y el interesado desinterés del gobierno federal ante ese drama. Ejemplo de las posibilidades de chantaje es la actitud de la CNTE, que desquició la ciudad hasta el día de la inauguración y que, a pesar de las concesiones recibidas, mantiene sobre las autoridades la Espada de Damocles. Esto lo puede hacer porque le otorgaron, a partir de la alianza original con AMLO, una patente de corso.
Finalmente, está una parte de la oposición, esa que no entiende que no entiende. Pasó de las críticas puntuales y correctas a una suerte de profecía que era imposible de ser cumplida: que en el mundo se generara la idea de que México tiene un gobierno tan inepto que se demuestra incapaz de ser una sede digna del torneo. Este asunto lo aderezó con la nostalgia por aquellos Mundiales en los que México fue sede y que mostraban una sociedad feliz, a diferencia de la de ahora.
Aquí hay dos problemas. Empecemos con el aderezo. En 1970, la economía iba bien, pero el país iba mal, por la cerrazón política del todavía presidente Gustavo Díaz Ordaz. Vivíamos en una nación políticamente reprimida, profundamente desigual y tan ansiosa de presentar ante el mundo una imagen de orden y modernidad, que terminaba por transmitir la de un país grande, pero con complejo de inferioridad. En 1986 vivíamos tiempos de inflación galopante, de salarios pulverizados y recesión en la economía, de poca apertura política y de una cultura popular asfixiada por la de Televisa del Tigre Azcárraga, que eran los verdaderos dueños del Mundial. Y, aunque, en términos reales, equivalente a la décima parte de los de 2026, los precios de los boletos no estaban tan baratos como dicta la nostalgia. Ese Mundial muchos lo vivimos como un oasis, porque el pasado inmediato era terrible y no se avizoraba todavía el final del túnel. Que las cosas del México de 2026 no vayan nada bien no es razón para que la nostalgia nos endulce el pasado.
El otro asunto es toral: México fue escogido como sede, y el Azteca, como estadio inaugural, por una razón muy clara: fue la mejor manera de maquillar, aunque sea un poquito, la conversión descarada del Mundial de Futbol en un negocio voraz en manos de las grandes corporaciones. Es capitalismo, como siempre, pero en su versión más salvaje.
Este era un Mundial para Estados Unidos, y lo sigue siendo, pero la presencia de México como sede secundaria -y de Canadá, como comparsa- le da la legitimidad futbolística necesaria para presentarse ante el resto del mundo como continuador de una tradición que va para un siglo. Hoy uno puede caminar por Nueva York y no darse cuenta de que Estados Unidos está organizando un gran campeonato de futbol, pero en México, el ambiente mundialista se vive desde Mérida hasta Ensenada. Las camisetas del Tri, sobre todo en versión pirata, se ven por doquier y el futbol es el gran tema de conversación y de fiesta.
La fiesta, más que las calaveras o los mariachis, es el gran referente cultural del mundo acerca de México. Y los mexicanos no vamos a desperdiciar la oportunidad de fiesta. Serán siempre minorías ínfimas las que se molesten por el relajo futbolero (antes estaban los que decían “el futbol es el opio del pueblo”; hoy, los que dicen “es la manipulación morenista”).
Así, la imagen que está exportando México es la del alegre caos de los aficionados que echan relajo con los visitantes de los países afortunados en tener a nuestro país como sede de los juegos de sus selecciones. ¿Qué hay caos en otros aspectos, a veces propiciado por decisiones erróneas del gobierno? Sin duda, pero es parte integral de la visión que tienen afuera de nosotros. Las impericias del gobierno no le hacen perder imagen. Así nos ven, alegres, improvisados, capaces de armar fiesta por todo, una nación acogedora. Pensar en cambiar esa narrativa es ingenuo, por decir lo menos.
¿Y hay quien duda que la gente de México necesitaba, otra vez, un oasis en medio de la crisis multifactorial que vivimos?
Ya luego hablaremos del torneo en sí, que tiene varios aspectos interesantes en materia sociológica, deportiva, económica y cultural.
Twitter: @franciscobaez