Opinión

Filtrar, impugnar, desmentir y arrepentirse

Roxana Guzmán: ¿Quién es la periodista de Veracruz que documentó el momento exacto de su secuestro en Nanchital, Veracruz?
Roxana Guzmán: ¿Quién es la periodista de Veracruz que documentó el momento exacto de su secuestro en Nanchital, Veracruz?

Nunca antes como ahora el periodismo había dado lugar a tantos cuestionamientos e interés extra informativo y al mismo tiempo campo de batalla en muy diversos frentes.

Jamás se habían creado espacios institucionales para defender al gobierno de lo publicado en los periódicos (es una sinécdoque, conste) ni se había intentado gobernar con el fragoroso conflicto del triángulo nota-escándalo-desmentido y a veces arrepentido como herramienta imprescindible.

No había antes tribunas (y tribunales) de medición de veracidad y exactitud, tampoco se tenían escaparates para exhibir falsedades y mentiras, jefaturas de información desde la jefatura del Estado y el gobierno, así sea mediante otras mentiras y otras falsedades; mendacidad sesgada y protegida por la propia administración desde la mañanera o el programa de la tarde en manos de la consejería jurídica y su discutble estilo de aguda conversación; sínodo de comportamiento editorial formados por legiones de murmuradores a través de las redes sociales o los medios estatales devenidos en casa de abogacía para el régimen, y todo un conjunto de estrategias para desvirtuar toda publicación y todo comentario adverso, así se trate de un ex director de Pemex y su “punching bag” conyugal, retirado de su nuevo cargo antes de tomarlo, dicen, a pesar de los boletines oficiales de cuando asumió el cargo en el Instituto Nacional de Electricidad y Energías Limpias a principios de este mes. Ya se le forma cuadro en el Salón de la Tesorería

Pero si eso no fuera suficiente, la persistencia en construir una imagen de perversidad en los medios, camina --quizá sin advertirlo--, en la ruta paralela de la violencia y el crimen contra comunicadores.

El caso más reciente --y vendrán más, con toda seguridad-- ha sido el secuestro videograbado y el asesinato de Roxana Guzmán, en Veracruz; horror ante el cual de seguro la autoridad estatal podrá disfrazar el crimen con un patatús, como sucedió cuando Irma Hernández arrodillada suplicaba por su vida rodeada de matones armados y la humanista gobernadora Rocío Nahle, diagnósticó un infarto como causa del deceso, “les guste o no les guste”. Como la gastritis de Ernestina.

Pero si algo le faltara a este cóctel para agravarse, desde dentro de un periódico tradicional, aparecen los refritos de una vieja entrevista al sacerdote de la izquierda quien --en un texto añadido a lo ya publicado y en su tiempo censurado-- osa mal hablar del Papa Andrés I de quien sugiere delirios neronianos, insaciable ambición crematística (como las maletas de billetes denunciadas por Carlos Navarrete), y devaneos parecidos a los de Oscar Wilde, sin haber escrito ninguno de los dos la Balada de la cárcel de Reading.

Falta de rigor profesional, exhumación de palabras sin sustento, combustible para la hoguera contra los medios en general por causa de la “volada” ajena. Como diría el otro, pero qué necesidad.

Nunca atendieron el sabio consejo de René Arteaga: si te mientan la madre checa la fuente, no vaya a ser una “volada”.

Hasta quienes se montaron en la ola --del diario al comentario-- no hallan sino la esquina de la disculpa y el arrepentimiento:

“El universal, una empresa con 110 años de trayectoria periodística, no ha buscado con esta colaboración provocar daño a la imagen de persona o institución alguna, y se compromete con sus lectores a hacer pública la grabación requerida al autor de la entrevista. De lo contrario, ofrecerá una disculpa y retirará el contenido de su página digital”.

“Ofrezco una sincera disculpa a los lectores --dice Héctor De Mauleón, en otro tiempo víctima de censura y acoso judicial--, por haber compartido un contenido que “El Universal”, mi casa editorial, reconoce como no verificado. Me equivoqué. Elimino la publicación y prometo ser más cuidadoso en lo sucesivo.”

Redacción, publicación, contrición. Muy bonita la canción. Tan, tan…

Pero por encima de esos casos queda nuevamente la oportunidad de analizar los medios desde su intención. ¿Cuál es el sentido de divulgar difuntas opiniones chismosas sean de quien sean? ¿Tiene caso hurgar en archivos o buscar respaldo en dichos del pasado y revolver el basurero para incomodar a los actores del presente?

¿Significa algo importante, realmente importante, la opinión de un cronista sobrevalorado por su parroquia sobre el caligulesco temperamento del ex presidente o su improbable y sugerida visita al “closet de cristal”? No me lo parece. Tampoco saber si tiene mal olor de pies o halitosis en alta dosis.

Los medios han sido colocados en un terreno fuera de su dominio. Por eso hay tanto desconcierto. Por eso se publica cualquier “trascendido”, categoría periodística de nuevo cuño en cuyo nombre se denuncia la falta de comprobación. Eso comenzó --casi simultáneamente-- en los años del surgimiento de la mañanera del entonces jefe de Gobierno, obviamente sin relación causa-efecto.

La nueva política impuso nuevas formas editoriales.

Atraer a los reporteros como el queso a la ratonera con una oferta informativa sin utilidad social, pero con visibilidad política fue un recurso audaz y provechoso para su autor. Romper el cerco informativo, se decía.

Desde entonces. Todos escucharon y atendieron la prestigiosa convocatoria y con el paso del tiempo el flautista de Hamelin tocó su melodía desde el Palacio Nacional. Y su sucesora lo sigue haciendo con mayor o menor éxito según quien juzgue, pero con idéntica intención: controlar temáticamente y al mismo tiempo la opinión pública y la publicada.

La naturaleza de esta nueva relación se basa en un argumento falso pero imbatible: la superioridad moral. El monopolio de la verdad. No importa si en el pasado se comprobaron miles de mentiras, falsedades o hechos no verificables desde la mañanera.

En muchos casos se debe rectificar.

Pero nada cambia, como cuando las piernas del balcón le fueron atribuidas a un perverso montaje de la I.A., por ejemplo, y terminaron corriendo a la bañista solar, no a los falsarios de la supuesta corrección mediática.

De todos modos, los medios fueron condenados por alharaquientos y exagerados.

Las consecuencias de creer en la veracidad como patrimonio exclusivo del gobierno y don inherente al poder político, llegan más allá de las fronteras: la prensa estadunidense, siempre utilizada como altoparlante de las intenciones políticas del Departamento de Estado, publica las filtraciones de la narcopolítica nacional y enloquece al corral morenista: Durazo y Villarreal --entre otros--, están siendo investigados y para evitarse complicaciones mayores (junto con otros y otras de cola pisada) se aprestan a convertirse en testigos pre-protegidos. Antes de cantar en medio de un proceso, prefieren derramar la sopa para salvar el cutis desde ahora.

Los Angeles Times, el Washington Post y el New York Times, entre otros, ya han sido catalogados desde hace mucho tiempo como inmundos pasquines al servicio del intervencionismo. Los aludidos les envían cartas y les exigen rectificación, pero no es lo mismo: a ninguno de ellos lo sofocarán con el retiro de la publicidad oficial o la cancelación de los negocios de los dueños, como aquí.

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