
Hay semanas en las que la Tierra parece empeñada en recordarnos que está viva. Tiembla en Venezuela. Vuelve a estremecerse en Japón. En otros rincones del planeta, el calor bate récords, los ríos se desbordan, los incendios avanzan y los vientos transforman el paisaje. Cada fenómeno tiene un origen distinto, pero todos parecen formar parte de una misma conversación entre la naturaleza y la humanidad. Quizá el mayor error de nuestra época sea creer que habitamos un escenario inmóvil. No vivimos sobre una roca inerte, sino sobre un planeta dinámico. Bajo nuestros pies se desplazan continentes; sobre nuestras cabezas circulan océanos de aire; en sus entrañas asciende el magma que alimenta volcanes como el Popocatépetl. La Tierra respira en escalas de tiempo que apenas alcanzamos a comprender.
México conoce bien esa realidad. Durante siglos luchó contra las inundaciones del Valle de México, en las que perdieron la vida alrededor de 30 mil personas y un número similar se vio obligado a abandonar la ciudad. La tragedia de 1629 y las que le siguieron dieron paso a siglos de ingeniería; incluso obligaron a considerar el traslado de la capital. Enrico Martínez, nacido como Heinrich Martin, cosmógrafo alemán que llegó a México en 1589, quedó a cargo de la construcción del desagüe de la Ciudad de México. Su misión fue, y ha sido, imposible: solucionar las inundaciones de la ciudad. En 1629, la temporada de lluvias comenzó con aparente normalidad. Pero la lluvia pronto se convirtió en diluvio. Poco a poco, el agua inundó la ciudad. La mayor inundación que recordaría la Nueva España sumió a la ciudad en epidemias, con animales muertos flotando sobre el agua y un ambiente de olores fétidos. Duró cinco años. Sí, tal como lo lee. Cinco años de agua, de putrefacción y de cimientos derruidos. Tales hechos obligaron a iniciar las grandes obras hidráulicas; después vinieron el Gran Canal del Desagüe, inaugurado en 1900, y el Sistema de Drenaje Profundo, cuya apertura fue en 1975. Hoy cuenta con más de 80 kilómetros de interceptores y un emisor de 50 kilómetros. Cada generación creyó haber vencido al agua. Sin embargo, aún con esa infraestructura, cada temporada de lluvias nos recuerda que la naturaleza nunca concede victorias definitivas.
Mientras tanto, hacia el oriente del valle, el Popocatépetl permanece vigilante. Para los pueblos que viven a sus pies es Don Goyo; para la ciencia, uno de los volcanes mejor monitoreados del continente debido a los millones de personas que habitan dentro de su zona de influencia. Cada 12 de marzo la comunidad le lleva flores y alimentos como un gesto de respeto y, también, como una forma de reconocer que existen fuerzas frente a las cuales el conocimiento y la tecnología no sustituyen la humildad. Los terremotos de Venezuela y Japón no están relacionados con el cambio climático, pero ambos revelan una misma condición: la estabilidad sobre la que edificamos ciudades, economías y certezas es siempre provisional. Bajo nuestros pies, el planeta continúa su propia historia, ajena al ritmo de los calendarios humanos.
Quizá la mayor muestra de inteligencia no sea intentar someter la naturaleza, sino comprender que vivimos sobre un mundo dinámico, cuya transformación nunca se detiene. Cada erupción, cada sismo y cada marea recuerdan que la Tierra no responde a nuestra voluntad; somos nosotros quienes debemos aprender a vivir dentro de sus límites.