
Durante gran parte del siglo XX la izquierda mexicana representó una alternativa política, ética e intelectual frente al autoritarismo, la desigualdad y la concentración del poder. Su identidad se construyó en torno a la defensa de los trabajadores, la democratización del Estado, la aspiración a la justicia social y la ampliación de los derechos ciudadanos. Sin embargo, durante los últimos años la izquierda como modalidad de acción y cultura política está desapareciendo o, al menos, se diluye profundamente. La paradoja que vivimos en México es evidente, mientras que las fuerzas políticas que se reivindican de izquierda han alcanzado el mayor poder institucional de la historia reciente, la izquierda como pensamiento crítico y acción transformadora aparece cada vez más débil. Existen tres razones que explican este fenómeno.
La primera causa de crisis es la desaparición de sus sujetos históricos tradicionales. La izquierda clásica se organizó alrededor del movimiento obrero, sindicatos, campesinos y movimientos populares. La globalización económica, la desindustrialización y la expansión del trabajo precario fragmentaron esos actores colectivos. La figura del obrero industrial fue sustituida por la de trabajadores informales, empleados de servicios, comerciantes populares, plataformas digitales y otros sectores sociales sometidos a la flexibilidad laboral.
La segunda razón es la crisis de los grandes relatos ideológicos. La caída del bloque soviético, el fracaso de distintas experiencias revolucionarias y la expansión mundial del neoliberalismo provocaron una profunda y persistente desorientación teórica. La izquierda perdió la capacidad para ofrecer una visión alternativa de la sociedad, cancelando su propuesta de una armoniosa “sociedad superior”. En lugar de disputar el modelo económico dominante, muchas organizaciones presuntamente de izquierda acabaron adaptándose al mismo.
El tercer factor es la personalización de la política. La izquierda mexicana históricamente se articuló alrededor de organizaciones, movimientos y programas colectivos. Hoy predominan principalmente liderazgos carismáticos, campañas mediáticas y estructuras políticas centradas en figuras individuales. La discusión ideológica ha sido desplazada por la comunicación política y la administración de la popularidad. Durante décadas la izquierda luchó por la democratización, pero una vez en el gobierno sustituyó la construcción del proyecto de emancipación social por otras prioridades.
También desapareció una importante dimensión intelectual y teórica de la izquierda. Durante buena parte del siglo XX existieron importantes espacios de debate donde se discutían modelos de desarrollo, teorías de la democracia, relaciones entre Estado y sociedad, así como las dimensiones de la justicia distributiva o de la participación ciudadana. Actualmente, la polarización política ha reducido la necesaria reflexión crítica y el debate de las ideas, a la lógica binaria de la adhesión o rechazo al gobierno en turno.
La izquierda mexicana enfrenta, además, una contradicción fundamental. Históricamente fue una fuerza anti-sistémica que cuestionaba las estructuras del poder. Hoy es una fuerza gobernante. Al asumir el Ejecutivo, muchas de sus organizaciones dejaron de actuar como instrumentos de movilización social para convertirse en administradoras del aparato estatal. El desafío de gobernar desplazó parcialmente la vocación de lucha social.
Afirmar que la izquierda ha desaparecido completamente sería un despropósito. Lo que ha desaparecido es una determinada forma histórica de entenderla. Aún hoy persisten demandas profundamente vinculadas a la tradición de izquierda como la lucha contra las desigualdades, la defensa de los derechos sociales adquiridos, el feminismo, la diversidad sexual, la justicia ambiental y la profundización de la democracia en la vida pública.
La cuestión central es que estas demandas ya no se articulan necesariamente bajo las viejas categorías de clase, revolución o socialismo. El declive de la izquierda en México no significa la desaparición de las aspiraciones de igualdad y justicia. Significa, más bien, el agotamiento de una tradición política que aún no encuentra una nueva forma de organizarse, de pensarse y de actuar en una sociedad marcada por la ausencia de alternativas y la crisis de representación.