Opinión

El coro griego y la democracia

Teatro griego

En el teatro griego el coro cumple una función insustituible: es la voz de la conciencia, es el llamado moral que se hace constantemente a los personajes. Es un conjunto que no tiene nombre individual, porque su función no es personal sino colectiva.

El coro se lamenta, señala, rechaza o azuza. No es un eco, es una voz que aprueba o reprocha.

Pero así como en la tragedia el coro debe estar presente, también en la democracia el coro es absolutamente indispensable. Todos los actores (políticos) pasan bajo su examen y reciben lo que, según cree ese personaje múltiple de individualidad anónima, merecen.

Hagamos juntos, tú y yo, un esfuerzo de distinción. En la democracia como representación, no política sino teatral (lo que no es degradarla sino una forma de mostrar su funcionamiento) están los actores principales, que son de tipo diverso. Por un lado, quienes se dedican a la política, al gobierno, ya sea porque se encuentren en los cargos o porque los busquen. Suelen ser los más visibles.

Pero también están otros participantes, como los jerarcas del dinero o de la comunicación, que tienen intereses y voz propias, con acciones que sin duda impactan en la democracia. O al menos, pretenden impactar.

Al lado de estos se encuentran (¿encontramos?) los intelectuales. Quienes cuentan con una voz pública y opiniones propias, que expresan de manera recurrente lo mismo en la prensa que en programas de TV, podcast o lives, con muy diversos grados de relevancia.

Y no, estos últimos no son el coro. También son actores.

El coro es la sociedad que se expresa de muy diversas maneras, pero observa y juzga a los actores. Requiere, para cumplir su función, de una libertad muy amplia, que sirve no solo para que se exprese, sino también para que quienes son las estrellas de la obra puedan orientar sus acciones.

Comunica sus inquietudes de diversas maneras: a veces parecen susurros, cuando lo hace por medio del chiste o del rumor, que se cuentan en voz baja pero hacen ruido; en otras con una expresión ruidosa, cuando funa o cancela (esa forma moderna de la antigua práctica romana de la damnatio memoriae) a un personaje por considerar sus actos profundamente reprobables.

Y no, el coro no es uniforme, o más bien, puede dividirse en distintas voces inconexas, contradictorias pero siempre audibles. Pero cuando se unifica en la aprobación o en la condena, su voz es más fuerte que la de cualquier primer actor.

El ser político, como también el potentado o quien expresa sus ideas en público, deben escuchar al coro, no para servirlo o adularlo, sino para obtener una guía moral que vaya más allá de su conciencia. Y tienen ese deber porque su labor no es privada, sus objetivos son generales, así que no pueden simplemente ignorar, mucho menos pretender callarle.

Vasconcelos, esa llama que iluminaba y quemaba, afirmó una vez que no reconocía en la multitud el derecho a juzgar sus actos. Esta afirmación, que podría entenderse respecto de las opiniones privadas, no cabe en el espacio público, en la práctica democrática, porque desaparece el coro implica perder la conciencia, la orientación moral, y entonces los actores deambularían sueltos a sus apetitos o a sus criterios, tan buenos o malos como cualquiera.

Sin coro no hay tragedia, pero tampoco democracia.

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