Opinión

Hiroshima: todo lo que Sadako no conoció

Sadako Sasaki
Sadako Sasaki (Sadako Legacy NPO)

Sadako Sasaki habría cumplido 81 años en este 2026. No ocurrió así. El 25 de octubre de 1955 murió en Hiroshima a los doce años. Tenía dos cuando la bomba atómica estalló sobre la ciudad la mañana del 6 de agosto de 1945. Sobrevivió a la explosión, al incendio, al viento abrasador, a la lluvia negra. No sobrevivió, en cambio, a los efectos letales la radiación. La bomba terminó por cegar su vida en la cama de hospital donde murió de leucemia.

La biografía de Sadako terminó antes de comenzar; la del mundo, en cambio, apenas entraba en una de sus etapas más vertiginosas. Desde que ella pereció el planeta cambió tantas veces que resulta difícil creer que todo haya sucedido dentro de una sola existencia humana. Todo ocurrió sin ella.

No conoció el milagro económico japonés. Aquella nación reducida a cenizas aprendió a reconstruirse con una disciplina casi inconcebible. En apenas dos décadas dejó de ser el país derrotado de la guerra para convertirse en una potencia industrial. Las ruinas se transformaron en fábricas; las fábricas, en innovación; la innovación, en prestigio. El país que había sido símbolo de la devastación terminó siendo símbolo de la excelencia tecnológica.

No vio inaugurarse el tren bala que en 1964 comenzó a recorrer Japón a velocidades que entonces parecían de ciencia ficción. Mientras buena parte del mundo seguía contemplando locomotoras de vapor, los japoneses ya viajaban hacia el futuro.

Tampoco alcanzó a presenciar los Juegos Olímpicos de Tokio de 1964. Aquella ceremonia fue mucho más que un evento deportivo: fue el regreso de Japón al concierto de las naciones. Apenas diecinueve años después de la derrota, el país se presentaba ante el mundo no como un imperio militar, sino como una democracia moderna capaz de organizar una celebración global.

No supo que un director llamado Akira Kurosawa terminaría por modificar para siempre el lenguaje del cine; que un novelista llamado Yukio Mishima convertiría su propia muerte en una representación estética; que otro escritor, Kenzaburō Ōe, haría de Hiroshima una reflexión permanente sobre la responsabilidad moral y que ganaría el Nobel de literatura; que décadas más tarde Haruki Murakami poblaría de gatos, pozos, jazz y melancolía la imaginación de millones de lectores.

No conoció el nacimiento del manga contemporáneo ni el ascenso del anime como uno de los lenguajes culturales más influyentes del planeta. Nunca supo que un niño llamado Gokú sería reconocido en todos los continentes; que un robot azul llamado Doraemon enseñaría ternura a generaciones enteras; que Hayao Miyazaki demostraría que la animación podía alcanzar la altura de la gran literatura.

No escuchó un Walkman. No vio aparecer un reproductor de discos compactos. No sostuvo una cámara digital. Nunca imaginó que empresas nacidas en su país -Sony, Panasonic, Canon, Nikon, Toyota, Honda, Nintendo- formarían parte de la vida cotidiana de millones de personas que jamás aprenderían una palabra de japonés.

Mientras Japón renacía, el mundo también cambiaba de piel.Sadako nunca supo que un hombre caminaría sobre la Luna. Que un muro levantaría una frontera física entre dos maneras de entender el siglo XX y que, casi treinta años después, otro grupo de jóvenes lo derribaría a martillazos. Nunca conoció la crisis de los misiles en Cuba, el asesinato de John F. Kennedy, Mayo del 68, la caída del Muro de Berlín, el derrumbe de la Unión Soviética ni el final de la Guerra Fría.

No alcanzó a ver cómo Europa intentaba convertir siglos de guerras en una comunidad política; ni cómo China, otro país devastado por el siglo XX, se transformaría en una potencia económica cuya influencia hoy atraviesa todos los continentes.

Ignoró que los seres humanos aprenderíamos a conversar instantáneamente desde extremos opuestos del planeta; que la información dejaría de habitar bibliotecas para instalarse en pantallas que cabrían en un bolsillo; que internet modificaría el comercio, la política, el amor, la memoria y hasta la soledad.No conoció el correo electrónico, ni Google, ni Wikipedia, ni los teléfonos inteligentes, ni las redes sociales. Nunca supo que un adolescente podría recorrer los museos del mundo sin salir de su habitación o asistir en tiempo real a una guerra transmitida desde el teléfono de quienes la padecen.

No vio caer las Torres Gemelas una mañana de septiembre de 2001, ni las guerras que siguieron, ni el regreso del miedo nuclear cada vez que una potencia amenaza con pulsar el botón que Hiroshima convirtió para siempre en una metáfora del fin.Tampoco alcanzó a saber que Japón volvería a enfrentarse a otra tragedia inimaginable cuando, en 2011, un terremoto y un tsunami desencadenaron el accidente nuclear de Fukushima. Fue como si la historia le recordara al país que el dominio de la energía nunca deja de convivir con la posibilidad del desastre.

No conoció la pandemia de COVID-19. Durante meses el planeta entero experimentó algo parecido a una suspensión del tiempo. Las ciudades quedaron vacías. Los aviones dejaron de despegar. Los abrazos se volvieron peligrosos. Millones comprendieron, quizá por primera vez desde 1945, que la fragilidad podía convertirse en una experiencia compartida por toda la humanidad.

Y ahora tampoco conocerá otra revolución silenciosa: la inteligencia artificial. Máquinas capaces de traducir, escribir, pintar, diagnosticar enfermedades, responder preguntas y producir imágenes que hace apenas unos años parecían imposibles.

La lista de todo cuanto Sadako no conoció no es sólo una enunciación de su ausencia, también es una pregunta. ¿Qué habría pensado aquella niña si hubiera visto a dos antiguos enemigos -Japón y Estados Unidos- convertidos en aliados estratégicos? ¿Qué sentiría al recorrer una Hiroshima reconstruida, llena de árboles, tranvías, estudiantes, librerías y cafés? El país que sufrió el primer bombardeo atómico de la historia eligió convertir el recuerdo en pedagogía antes que en venganza. Hiroshima no es únicamente un museo del horror. Es también una escuela de la paz.

La historia suele celebrar a los vencedores, a los inventores, a los conquistadores, a quienes descubren continentes o fundan imperios. Mucho menos frecuente es que conserve el nombre de una niña que apenas tuvo tiempo para Ocho décadas después seguimos pronunciando el nombre de Sadako porque representa exactamente lo contrario del poder. Representa aquello que la historia casi siempre olvida: la vida anónima interrumpida por decisiones tomadas muy lejos de quienes terminan padeciéndolas.

Quizá ésa sea la verdadera herencia de Hiroshima. No consiste únicamente en haber inaugurado la era nuclear. Consiste en haber modificado para siempre la escala moral con la que juzgamos el progreso. Desde aquel amanecer sabemos que ningún avance científico puede considerarse verdaderamente civilizado si no está acompañado por un progreso equivalente de la conciencia.

Sadako no llegó a conocer el mundo que vino después de Hiroshima. Somos nosotros quienes, ochenta y un años más tarde, seguimos intentando comprender el mundo que comenzó el día en que ella tenía apenas dos años y una luz más brillante que el sol convirtió una ciudad en memoria, desolación y, pese a todo, esperanza.

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